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viernes, 13 de marzo de 2015

El oficio del editor y la poesía ilustrada en Taquititán de poemas

En la segunda entrega de Conversamos con los editores, Fundación Cuatrogatos realizó una entrevista a María Francisca Mayobre, editora de Taquititán de poemas, a propósito de los ganadores del Premio Fundación Cuatrogatos 2014.
 

Ediciones Ekaré es una editorial pionera en Venezuela y América Latina que este año celebra sus 35 años. Llegar a este aniversario en un territorio tan inestable y con políticas del libro tan cambiantes como lo es América Latina no es cosa fácil. Creo que Ekaré lo ha logrado por tener clara su línea editorial, por no hacer concesiones, por su flexibilidad y apertura ante las circunstancias que se le presentan; y sobre todo por el trabajo en equipo que nos caracteriza. La visión de Ekaré de hacer libros de alta calidad gráfica y literaria se ha mantenido en el tiempo; desde sus orígenes como un programa de promoción de lectura del Banco del Libro hasta hoy en día como editorial independiente con pequeñas oficinas en Venezuela, España y Chile. También se mantiene la apuesta por el libro álbum. Ekaré es una rara avis que envejece pero que no quiere crecer: sabemos que sólo siendo independientes y relativamente pequeños podemos hacer los libros que nos gustan, nos caracterizan y que queremos hacer, más allá de lo que nos dictamine el mercado y las tendencias en boga.


Me gusta la poesía. Me gusta su ritmo, leérsela a los niños, que ellos la repitan y la memoricen. Me gusta cuando los mediadores recitan y toman en cuenta este género. Suena lindo y es gratificante. En Ekaré nos gusta mucho la poesía. Así que en principio lo publicamos por eso. Por otra parte pensamos que había una deuda en nuestro catálogo con escritores emblemáticos venezolanos que de muchas formas abrieron camino a la literatura para niños en Venezuela; y a la vez por medio de sus profesiones y oficios fueron pioneros de una forma novedosa de educar y abordar la literatura en el aula y desde las políticas públicas. Así que también está presente el rescate de la memoria. Y claro, está el tema de las ilustraciones: no queríamos que fuese un libro donde se "decorarán los versos", nuestra meta era inspirarnos en el libro álbum y conseguir hacer también poesías con hermosas ilustraciones. Emprender un juego armonioso de ires y venires entre el texto y la ilustración.


Lo mejor es que siempre es nuevo y cambiante. No hay monotonía posible, y cuando la hay es porque no estás haciendo bien tu trabajo. Cada libro y cada proyecto son una novedad, un camino a emprender, insondable y lleno de incógnitas desde el manuscrito hasta el lector más reciente. Lo peor –que también tiene su gracia si eres peleón– es luchar contra corriente, y en este caso la monotonía de toparte una y otra vez con problemáticas reiteradas que atañen a los libros, al mercado, a las bibliotecas, a las políticas públicas, a la infancia y a la educación. Así te puedes llegar a sentir como Sísifo… una y otra vez.

jueves, 30 de octubre de 2014

La tortilla corredora: Book trailer



Una tortilla muy traviesa logra escapar de una madre y sus sietes hijos hambrientos. La huida no será fácil, pero, con mucha astucia y humor, esta historia tradicional del sur de Chile tomará un giro inesperado. Para lograr las expresivas imágenes del libro, las ilustradora Scarlet Narciso mezcló técnicas analógicas (gouache, acrílico y lápiz) con técnicas digitales. Este libro pertenece a la colección Hojas sueltas y, como proviene de la tradición oral chilena, es ideal para leer en voz alta. 

domingo, 9 de junio de 2013

Sin heterónimos: Eugenio Montejo por Pez Linterna



Viajar a Puerto Malo puede ser toda una aventura: subir a la lancha, defender la gorra del poderoso viento y tratar de descubrir rastros de tinta en el agua. Cuenta una leyenda que bajo el mar se esconde la obra de Eduardo Polo, uno de los colígrafos más importantes de Blas Coll. Polo era tan talentoso que la gente del pueblo lo llamaba “el mago”, por su increíble capacidad de rimar, jugar con las palabras y construir un particular ritmo poético. Y fue el ritmo lo que lo llevó a buscar la música en otro país del Caribe. Pero también existen muchas teorías sobre Eduardo Polo, y una de ellas cuenta el día en que Blas Coll lo conoció en una plaza junto a Tomás Linden y Sergio Sandoval. Algunos dicen que tomaban café, otros que compartían una botella de guarapita de cacao, lo importante es que brindaban en nombre de su creador: Eugenio Montejo.

Premio Nacional de Literatura en Venezuela (1998) y Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo (2004) son solo dos de los reconocimientos que preceden la obra de Eugenio Montejo, un poeta vital que sabe jugar con el lenguaje, como si caminara por una casa de espejos: quiebra, cambia, transforma y hasta crea identidades diferentes para algunas de sus obras literarias. Eduardo Polo fue uno de ellas, de quien, además, subraya una supuesta fama en Puerto Malo por anunciar en el periódico local: “Todavía no comprendemos que escribir para niños es algo perfectamente serio”. Polo existió en el genio poético de Montejo y sobrevive en los restos de una obra que recopiló Ediciones Ekaré en el 2004, en su colección Rimas y Adivinanzas. Chamario, como se titula el libro, proviene de una derivación de la palabra chamo, con la que involucra al niño como principal lector de estos poemas. 20 poemas que rompen con el sentido del lenguaje, se sobreponen al absurdo de sus composiciones, e invitan a apropiarse del lenguaje para descomponerlo… y así entenderlo. El lector juega y también siente o reflexiona con los temas que varían dentro del lirismo de los textos. Si a eso se le suma la compañía de las ilustraciones del Premio Nacional de Ilustración en España (2008), Arnal Ballester, obtienes un libro de doble dimensión: las poderosas imágenes poéticas se refuerzan con la abstracta y también humorística visión de las ilustraciones. Si Montejo (Polo) cuenta sobre una variación de animales, Ballester muestra una serpiente eterna sobre la que caminan estas variantes; es un libro ilustrado que invita, como el poema, a visitar la imagen, desmontarla y disfrutarla.

A casi diez años de la publicación de Chamario, Ekaré presentó en la librería Lugar Común, Caracas, su nuevo libro Disparate, un poema de Eugenio Montejo (ahora sin heterónimos) e ilustrado por Gerald Espinoza. En un homenaje a la obra poética de este autor, fallecido hace casi cinco años, se publica un poema llevado a un nivel de lectura distinto: el libro álbum. Gerald Espinoza, ilustrador venezolano conocido por sus obras Perro Picado, Los pollitos dicen, Gallo Gali Galo, ABCirco, entre otras, asume introducir una nueva historia dentro de este país imaginado por Montejo, en el que todo ocurre al revés. Un país de absurdos en el que un niño se lanza a la aventura de reencontrarse con uno de sus seres queridos. (...)

Este tránsito por lo disparatado, hace reflexionar sobre la construcción de la infancia en Montejo que estaba muy relacionada a su propia experiencia. En una entrevista para el blog Literaturas.com, Montejo contaba que “la infancia de quienes cuentan más o menos mi edad estuvo más cerca de los árboles, los animales, el campo. El muchacho de hoy, cuando no tiene la fortuna de salir a las aldeas, debe resignarse al mundo virtual, en el cual sólo conoce a los animales por imágenes. Digamos que este no es un fenómeno solamente venezolano; en nuestra época se tiende a ser más urbano en la medida en que se afirma la ciudad nueva. Y en esa misma medida se aleja también la posibilidad de la contemplación”. En Disparate, el álbum da pie a una contemplación distinta de este lenguaje poético: desde los detalles de las guardas hasta las imágenes plásticas y surreales, existe un rescate de esa infancia de la que Montejo habla, enmarcada en el viaje de un niño en la búsqueda de su mascota.
Eugenio Montejo es un poeta pilar, es una identidad y un imaginario. Introducir al niño a su lectura, sin el andamiaje de ser un gran nombre de la literatura, permite pensar sobre la lengua y ejercitar el músculo de la imaginación y la reflexión. Estos libros publicados por Ekaré mantienen vigente su obra infantil y hacen que sus palabras resistan al tiempo. O como diría el mismo Eduardo Polo, en el poema Cuando yo sea de Chamario: “Cuando no sea nada / sino sombra y humo, / guárdame en tu almohada / que yo la perfumo.”

Texto escrito por Freddy Gonçalves e Isabella Saturno como una colaboración de PezLinterna para el portal Prodavinci

martes, 21 de mayo de 2013

Un "Disparate" en vivo

Gerald Espinoza, ilustrador del libro Disparate de Eugenio Montejo, realizó un performance en la Librería Lugar Común, Caracas. Acá una antología de sus trazos y música: ¡véanlo en la mejor resolución y disfruten!

 

lunes, 13 de mayo de 2013

Intentos de Disparate

Eugenio Montejo y Gerald Espinoza se unieron para dar forma a un completo Disparate. Para lograrlo, Gerald trabajó en sus bocetos y storyboards. Acá se los dejamos.

Pruebas de autor







 
  
Storyboard

 

lunes, 6 de agosto de 2012

Un recuerdo en acuarela

Picuyo me hizo adentrarme en las costas caribeñas, junto a los pescadores. 
Pasear con Juan por el manglar, sentir la arena blanca bajo los pies.
Leticia Ruifernández

Para ilustrar Picuyo busqué algunas imágenes que me inspiraran y acudí a mis recuerdos de tiempos americanos. Trabajé con acuarela, por ser una técnica rápida que permite la fluidez del color y el juego con lo inesperado. Al principio, hice algunos dibujos y un pequeño story board para luego lanzarme directamente con la acuarela a ver a dónde me llevaba. Es una técnica muy fluida, que no admite retoques, donde no se puede borrar y que muestra la huella directa del trazo. A continuación algunas pruebas de imágenes que no funcionaban y repetí:

Los colores de la izquierda no eran los rosados del atardecer que el texto describe, así que lo volví a pintar para ajustarme más a la atmósfera (derecha)
La figura de la izquierda requería mostrar más desesperación: ¡es un momento dramático! La que finalmente se publicó (derecha) es más desgarrada...
Imagen no utilizada finalmente; representa el momento del reencuentro de Juan y Picuyo

En este libro hay un trabajo muy importante de diseño que hace la directora artística de Ekaré, Irene Savino. Un buen diseño hace que todos los elementos del libro se junten para que la historia pueda salir. A mí me gusta que las ilustraciones caminen también en esa dirección: la de crear, junto con el texto, buenas historias.
 Texto: Leticia Ruifernández

lunes, 23 de julio de 2012

Picuyo y la experiencia del color

Irene Savino, diseñadora y directora de arte de Ekaré y Picuyo, cuenta cómo coincidieron los elementos para la realización del libro:

Es usual que al leer una historia le demos forma en nuestra mente a los personajes y espacios del relato. Para un director de arte, esta acción casi inconsciente, puede ser el primer paso hacia la materialización de un futuro libro ilustrado. Cuando leí por primera vez el manuscrito de Picuyo, lo imaginé en acuarelas de colores impactantes. El mar, con intensos tonos de azul diluido y, cruzando el cielo como una llamarada, Picuyo, el pájaro del sol.

Años atras, en una Feria de Bologna, conocí el trabajo de Leticia Ruifernandez. Inolvidables sus cuadernos de viaje, donde registra con frescas pinceladas de acuarela los pasajes, pueblos y gentes que va encontrando en sus andanzas. Algunos de sus cuadernos los había realizado en los meses que pasó en Latinoamérica.

Al buscar ilustrador para Picuyo no pensé en nadie mas. Por una parte valoraba la destreza plástica de Leticia y por otra me parecía fundamental que hubiese estado en la costa caribeña, lugar donde trascurre este cuento.

En Ekaré pensamos que las mejores ilustraciones surgen cuando el ilustrador apela a experiencias propias y las mezcla con las exigencias de la historia que ilustra. El paso de Leticia por lugares similares a la ambientación de Picuyo iban a servir para brindar veracidad a sus ilustraciones.

Enviamos el manuscrito a Leticia y nos alegró mucho que le entusiasmara ilustrarlo. A diferencia de la mayoría de los ilustradores Leticia no hace bocetos. Generalmente, en esbozos muy sueltos, los ilustradores apuntan una primera puesta en escena que continuarán desarrollando hasta llegar a las ilustraciones finales. En Picuyo no pasó así. La primera imagen de Leticia para un libro es ya un original. No obstante, si el resultado no termina de convencer, está dispuesta a corregir o repetir lo que haga falta hasta un resultado totalmente satisfactorio. Es una ilustradora que trabaja rápido, cuando entra de lleno en el libro, no para hasta acabarlo.

A los pocos meses, Leticia nos sorprendió: enviaba las ilustraciones. Allí estaba el mar Caribe en intensos azules,



Juan y su abuela,


Y, como una llamarada, Picuyo, el pájaro del sol, dejando “en la arena una delicada trilla de diminutas huellas.”


martes, 17 de julio de 2012

Picuyo: una alegoría de esperanza y equilibrio


"El cuento comienza el día en que Juan cumple 10 años. En su familia de pescadores, cada vez que un varón llega a esa edad se le regala la tarraya (red de pesca) que perteneció al abuelo, al padre y a cada uno de los hermanos. Dicen que si ese día el joven logra buena pesca, será un buen pescador.

Con la ilusión que provoca el rito de iniciación, Juan pasa todo el día en la orilla del mar, intentando capturar algo. Cuando finalmente logra atrapar un parguito, un ave del color del sol baja del cielo, se lo arrebata y lo devuelve al agua. Entre la sorpresa, el orgullo tocado y la admiración, el niño persigue al pájaro que lo ha despojado de su primera presa y que, además, se burla de él con su canto: “Picu picuu”. Juan lo atrapa con la tarraya y, al desenredarlo, se da cuenta de que le ha roto un ala. Lo lleva a su casa para que su abuela le ayude a curarlo. Más tarde, cuando los hermanos se enteran de lo sucedido, dicen a Juan: “¿No sabes que es mala suerte tirarle una tarraya a un pájaro? […] ¡Sácalo de aquí!”.
Sin necesidad de esperar más pruebas, los hermanos de Juan le arrebatan al pájaro color incendio, lo meten en un saco y, al amanecer, mar adentro, dejan que se hunda, con la esperanza de sumergir la mala suerte. Al cuarto día, Juan decide internarse en el desierto marítimo para buscar al pájaro que le devolverá los colores al sol. Pasa al lado de barcos varados, camina kilómetros de arena y, al anochecer, cuando ya no se ve nada, tropieza con un saco… ¿Lo habrá conseguido?"

Paulina Ugarte en El Economista.
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"Picuyo habla de la fe, de la amistad, de la responsabilidad de cuidar al animal que te pertenece, que se convierte en compañero y amigo. De entender cuándo se debe actuar, aún en contra de lo que todos creen, por un bien común. Es una alegoría a la esperanza. 

Narrado con soltura, los personajes hacen gala de un lenguaje coloquial que resuena en el oído y deja la sabrosura llana del hombre de mar –incluyendo algunas palabras altisonantes que sustentan la veracidad de los personajes-, la del candor de los 10 años y de la complicidad de una abuela sabia y consentidora, que estimula la valentía de su pequeño nieto. Las acuarelas de las ilustraciones captan el dinamismo y la calidez de la historia; sugieren atmósferas melancólicas, dinámicas o alegres según el momento que acompañan, recreándolos con sutileza. Picuyo es una lectura para niños que ya pueden leer por su cuenta con fluidez o para adultos que quieren compartir una historia con sus niños. Un libro que sin duda abrirá espacios para conversar y propiciar acercamientos afectivos gracias a la lectura."

Linsabel Noguera en Qué Leer.

jueves, 15 de marzo de 2012

La doble autoría en la narración visual


En casa de mis abuelos es un álbum ilustrado que corre cierto riesgo de pasar desapercibido, si lo reducimos a un resumen argumental que es tópico en la literatura infantil: los abuelos son gente simpática, con la que pasan cosas especiales. Pero la propuesta de Arianna Squilloni y Alba Marina Rivera va mucho más allá de un par de anécdotas graciosas o un suceso divertido.

En primer lugar, formalmente, porque es de los casos de elaboración conjunta donde no tiene sentido hablar de texto e ilustraciones, sino más bien de una doble autoría que hace despegar el conjunto. En segundo lugar, narrativamente, e incluyendo a este respecto la narración visual, porque hay un doble proceso de contención y reducción de elementos a un mínimo (de ahí la posible falsa apariencia de sencillez) y un proceso paralelo de diversificación y multiplicación de los hilos narrativos; para el lector esto supone tanto que la historia adquiera especial vivacidad (un mundo de ficción que, al final, creemos poder tocar con los dedos) como que se le ofrece una multitud de detalles más o menos diseminados en los que vale la pena fijarse.

A modo de introducción, las guardas delanteras presentan un solo tema, el de la lluvia, mientras las traseras nos lo devuelven transformado en lluvia normal y lluvia de colores. Esa lluvia es un leitmotiv que va uniendo las páginas y narra por sí sola, con un cielo que se va oscureciendo progresivamente hasta que llueve, un salto temporal al verano y la nueva aparición de la lluvia, ahora con un efecto original (...). Se nos presenta una frase por página, aproximadamente; pero mientras, en la ilustración, van pasando muchas cosas que también cuentan. Por ejemplo, que la lluvia anunciada por las guardas ya ha llegado, antes a la imagen que a la palabra.

El aire realista general apenas se rompe, pero lo hace significativamente en dos puntos, al menos. Por un lado, de manera evidente, en la ilustración final, que mezcla verano e invierno como mezcla presente y recuerdo, y convierte el interior de la casa en algo tropical, pleno de fuerza, por contraste con el color otoñal de la mayoría de la narración. Por otro, en la integración del ser humano, con su entorno, hay un árbol que recuerda claramente la figura del abuelo y así lo vamos viendo, de más cerca y más lejos, en una u otra perspectiva, en invierno pelado y en verano frondoso.

En su conjunto, pues, en lugar de hablarnos de lo chachi que son los abuelos, como pudiera parecer en un vistazo injusto, el álbum nos habla de la vida en general, tal cual pasa, con las dificultades y sobre todo la hermosura, la felicidad y la alegría de la vida compartida, con las huellas que dejamos unos en otros. Todo con una concisión, elegancia y multiplicidad de líneas coordinadas que, personalmente, me ha parecido admirable.

Reseña original publicada, con mayor extensión, por Darabuc en Revista Babar.


viernes, 9 de marzo de 2012


¿Por qué escribir para niños?

Quizá no se trata tanto de decidir para quién escribir, sino de las historias que quieres escribir. Y las historias que quiero contar se mueven por los territorios de las posibilidades, de las asociaciones inesperadas y de la curiosidad.

¿Qué esperas conseguir en el lector?

Probablemente que se apasione por la historia y la deje resonar en su imaginación conjurando de esta manera caminos, palabras e historias personales.

¿Qué fue lo más difícil de lograr en la historia de En casa de mis abuelos?

Desarrollar una trama con su punto de investigación y misterio en el marco de las aguas tranquilas de la evocación y la nostalgia y conseguir que una historia tan personal como esta para Alba y para mí pudiera ser interesante para el lector.

¿Cómo trabajas al narrador (en este caso un niño) para que sea verosímil?

En esta historia hay muchos elementos reales, hilados por una voz literaria que, saliendo de las contingencias de la vida del campo, busca razones emocionales capaces de expresar un sentir universal. Al final el narrador no es un niño sino alguien que recuerda (desde su momento actual) como eran aquellos momentos que fueron tan felices para él.

¿Cuál es tu momento preferido del día para escribir?

Al atardecer, porque es el momento en el que se depositan las ideas. El día para mí pertenece a la actividad, a la inquietud y la agitación.

¿Qué harías si en invierno lloviesen colores en tu casa?

Bueno, esa es una pregunta trampa. Si pasara en casa de mis abuelos sufriría un ataque de melancolía muy difícil de llevar. Si pasara en mi casa no me quedaría más remedio que subir a ver al vecino y preguntarle qué demonios está haciendo en el suelo.

Con el bastón del abuelo y las medias de la abuela, ¿qué jugarías?

Eso lo sé seguro: con un bastón y unas medias puedes llegar a cualquier parte, puedes atar cosas, acercar ramas y recoger lo que se ha caído a un lugar inalcanzable. Con un bastón y unas medias puedes llegar a todas partes. A veces, con esto de la era moderna nos olvidamos de que antes usábamos lo que teníamos a mano para hacernos la vida más fácil y, en cierto modo, aquello era mucho más divertido que tenerlo todo hecho de antemano. 






sábado, 25 de febrero de 2012

Un paseo por casa de los abuelos

Arianna Squilloni y Alba Marina Rivera, autora e ilustradora de En casa de mis abuelos, hablan sobre las personas, los lugares y las imágenes que dieron origen al libro. Primero se las presentamos a través de un vídeo y luego les dejamos un diálogo entre ambas, para que escuchen la lluvia del color a dos voces.



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Arianna:
En el pueblo de mis abuelos las casas eran de piedra. Las calles, estrechas y empinadas. En verano los árboles daban color y frescura. En invierno, perdían las hojas y se volvían sombríos.







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Alba Marina:
Mis abuelos, en cambio, vivían en un pueblo muy abierto y llano, con las casas separadas entre sí por frondosos jardines, gallineros y árboles frutales. Allí no hay invierno ni verano, siempre hace calor. Las estaciones son lluvia y sequía; cuando llueve, llueve a cántaros. Las gallinas y pavos corretean libres por el patio alimentándose de insectos y de las frutas maduras que caen de los árboles: naranjas, guayabas, mameyes y sabrosos mangos.

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Arianna:
Las vigas de madera, desgastadas por el agua y las termitas, a veces cedían y se llevaban abajo los techos cubiertos de tejas de delgada pizarra. Los paletas tenían alma de orfebres y encastaban piedra, tablas de madera, ladrillos y lo que tuvieran a mano para construir unos andamios tan improbables como resistentes e inamovibles. Con el material que sobraba de la construcción los paletas decoraban sus casas y plasmaban las imágenes imaginadas.

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Alba Marina:
Las tejas de las casas del pueblo a veces se destruyen cuando pasa un huracán. El último que pasó no dejó ni un techo sano. Los árboles también quedaron muy deteriorados. Entonces hay que echar mano a la imaginación y a los pocos recursos que hay para poder arreglar la casa. Cualquier cosa que tape sirve para rehacer el tejado hasta poder encontrar nuevas tejas. Con huracán o sin él, en la casa siempre hay goteras.



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Arianna:
El bastón y mi abuelo eran compañeros inseparables. Andar era lo de menos, el bastón era el mejor instrumento para recoger melocotones; su fiel ayudante para extirpar las malas hierbas; o el mágico lugar en el que apoyar el gorro o descansar. Tenían mis abuelos una forma curiosa de apropiarse de los objetos, y nosotros con ellos. Todo lo que entraba en su círculo de percepción acababa asimilado a su mundo, donde el delantal de mi abuela hacía de cesta y sus medias el hilo mágico que los mantenía unidos a ellos, sus días, su casa y las cosas en su conjunto.

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Alba Marina:
Mi abuela no usa medias, en Cuba hace demasiado calor para ello. Como cualquiera que viva en Cuba, con tanta escasez que hay, es una maestra en el arte de inventar cosas útiles con lo que tenga a mano. Los mangos se capturan con un atrapamangos hecho con un saco de arroz vacío y dos ramas metidas dentro. Alguien se sube a la mata de mangos y los va arrancando y tirando, mientras otro (en este caso mi padre) espera la fruta madura y jugosa abajo con el atrapamangos extendido para evitar que se rompan al impactar contra el suelo. La ropa recién lavada siempre se cuelga en improvisados tendederos de cuerdas amarradas de una árbol a otro.





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Arianna:
Reutilizar las cosas de maneras ingeniosas no se hacía sólo en el pueblo de mis abuelos, sino en cualquier pueblo donde había campesinos. Ettore Guatelli, por ejemplo, hizo de su casa un museo de la cultura campesina. Esta era su habitación. Tal como hacían mis abuelos, Ettore Guatelli no tiraba nada, ya que todo podía volver a ser útil... o divertido.

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Alba Marina:

Sí, allá también todo tiene una segunda vida: Esto es una lámpara de queroseno hecha reutilizando un tarro de cristal y un tubo de pasta dental de aluminio relleno con fibra vegetal o algodón. Casi en cada casa del campo cubano hay una de estas. O las cosas tienen más de una función: Las cucharas, aparte de su papel habitual, juegan también el rol de tope para un olla de presión.

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Arianna:
Nosotros, los niños, seguíamos sus pasos y pintábamos a témpera las tejas de pizarra que antes habían sido parte de un techo.







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Alba Marina:
Es así cómo, de todas estas vivencias, nacen nuestros personajes y su mundo. Dos abuelos muy especiales, tan singulares y tan universales, que hacen maravillas con unas medias y un bastón. O cualquier otro trasto de casa. Y transmites esa sensibilidad a los más pequeños.


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