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miércoles, 28 de diciembre de 2016

Homenaje a Ediciones Ekaré

Como cierre de año y a modo de celebración, compartimos este emotivo texto de Evelyn Torres, Pepín, docente y especialista en educación temprana, a propósito del homenaje que recibió Ediciones Ekaré en la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo (FILUC) 2016. Así es la narración, festiva:

Me encontré con Ekaré hace ya un buen tiempo, en un espacio pequeño donde funcionaba la librería del
Banco del Libro, en su antigua sede. Desde entonces me ha acompañado en diferentes ámbitos de mi vida: como mamá, como maestra, como profesora universitaria y como ciudadana. Hoy quiero pararme ante ustedes para homenajear a Ediciones Ekaré como ciudadana y, desde allí, agradecerle la constancia de haber mantenido un espacio donde la imaginación y la palabra puedan vivir en libertad.

Siempre he tenido la sensación de que Ekaré pertenece al cosmos de lo entreabierto, porque provoca el deseo de saber que hay detrás de cada portada, de cada uno de sus libros. La curiosidad se despierta. Entonces uno comienza a entrar de a poquito en el cuento; la sorpresa se aloja en los ojos y en el cuerpo el disfrute se hace belleza.

El caso es que uno sale por la contraportada igual de despacito, pero con una modesta felicidad que te hace pensar que todos los libros de Ekaré son amigos entrañables. ¿Será por eso que uno los presenta y los recomienda a todo el mundo como parte de la familia?

Recuerdo un cuento de las primeras publicaciones de Ekaré que me encanta. Se llama La curiosidad premiada. Se trata de una niña muy preguntona que según doña Benita, una maestra muy sabia, sufría de curiosidad acumulada; por ello era importante contestar todas sus preguntas.


Y Margarita no se puede dejar de leer. Margarita, una gentil princesita tan bonita, tan bonita como tú. Cuando a mi hija Sashenka le costaba dormir sola en su cuarto, recitábamos juntas Margarita. Al final, yo decía: este libro es dedicado a todas las niñas valientes que salen a recorrer el mundo. Entonces ella se llenaba de valor y me daba las buenas noches.



Otro de mis preferidos anuncia: "Esteras y esteritas para contar peritas, estera y esterones para contar perones. Esta era una vez una viejecita llamada María del Carmen Piñones…". Y mi corazón también se enternece cuando la Ratoncita presumida, llama… Alfrediiiitooo.



Cuando la situación del país me agobia, le digo a Sapo que me lleve con él a recorrer el ancho mundo, o veo si Búho está en casa y me tomo con él un té de lágrimas. Recupero fuerzas como para pensar en El perro del cerro y la rana de la sabana y me digo a mí misma: y si regresa el león bravucón, juntos le damos un pescozón. Con Camila, Cheo y sus amigos, exclamo en alta voz: La calle es libre, ¡y yo también!


Con el alma más sosegada, me monto en El Expreso Polar y escucho el sonido del cascabel. Me bajo y espero en el andén del tren de Chamario, donde yo me monto y tú también, para llegar a la FILUC y estar presentes en el homenaje a Ediciones Ekaré, para darle las gracias porque la literatura infantil cuenta con una casa. 

domingo, 9 de junio de 2013

Sin heterónimos: Eugenio Montejo por Pez Linterna



Viajar a Puerto Malo puede ser toda una aventura: subir a la lancha, defender la gorra del poderoso viento y tratar de descubrir rastros de tinta en el agua. Cuenta una leyenda que bajo el mar se esconde la obra de Eduardo Polo, uno de los colígrafos más importantes de Blas Coll. Polo era tan talentoso que la gente del pueblo lo llamaba “el mago”, por su increíble capacidad de rimar, jugar con las palabras y construir un particular ritmo poético. Y fue el ritmo lo que lo llevó a buscar la música en otro país del Caribe. Pero también existen muchas teorías sobre Eduardo Polo, y una de ellas cuenta el día en que Blas Coll lo conoció en una plaza junto a Tomás Linden y Sergio Sandoval. Algunos dicen que tomaban café, otros que compartían una botella de guarapita de cacao, lo importante es que brindaban en nombre de su creador: Eugenio Montejo.

Premio Nacional de Literatura en Venezuela (1998) y Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo (2004) son solo dos de los reconocimientos que preceden la obra de Eugenio Montejo, un poeta vital que sabe jugar con el lenguaje, como si caminara por una casa de espejos: quiebra, cambia, transforma y hasta crea identidades diferentes para algunas de sus obras literarias. Eduardo Polo fue uno de ellas, de quien, además, subraya una supuesta fama en Puerto Malo por anunciar en el periódico local: “Todavía no comprendemos que escribir para niños es algo perfectamente serio”. Polo existió en el genio poético de Montejo y sobrevive en los restos de una obra que recopiló Ediciones Ekaré en el 2004, en su colección Rimas y Adivinanzas. Chamario, como se titula el libro, proviene de una derivación de la palabra chamo, con la que involucra al niño como principal lector de estos poemas. 20 poemas que rompen con el sentido del lenguaje, se sobreponen al absurdo de sus composiciones, e invitan a apropiarse del lenguaje para descomponerlo… y así entenderlo. El lector juega y también siente o reflexiona con los temas que varían dentro del lirismo de los textos. Si a eso se le suma la compañía de las ilustraciones del Premio Nacional de Ilustración en España (2008), Arnal Ballester, obtienes un libro de doble dimensión: las poderosas imágenes poéticas se refuerzan con la abstracta y también humorística visión de las ilustraciones. Si Montejo (Polo) cuenta sobre una variación de animales, Ballester muestra una serpiente eterna sobre la que caminan estas variantes; es un libro ilustrado que invita, como el poema, a visitar la imagen, desmontarla y disfrutarla.

A casi diez años de la publicación de Chamario, Ekaré presentó en la librería Lugar Común, Caracas, su nuevo libro Disparate, un poema de Eugenio Montejo (ahora sin heterónimos) e ilustrado por Gerald Espinoza. En un homenaje a la obra poética de este autor, fallecido hace casi cinco años, se publica un poema llevado a un nivel de lectura distinto: el libro álbum. Gerald Espinoza, ilustrador venezolano conocido por sus obras Perro Picado, Los pollitos dicen, Gallo Gali Galo, ABCirco, entre otras, asume introducir una nueva historia dentro de este país imaginado por Montejo, en el que todo ocurre al revés. Un país de absurdos en el que un niño se lanza a la aventura de reencontrarse con uno de sus seres queridos. (...)

Este tránsito por lo disparatado, hace reflexionar sobre la construcción de la infancia en Montejo que estaba muy relacionada a su propia experiencia. En una entrevista para el blog Literaturas.com, Montejo contaba que “la infancia de quienes cuentan más o menos mi edad estuvo más cerca de los árboles, los animales, el campo. El muchacho de hoy, cuando no tiene la fortuna de salir a las aldeas, debe resignarse al mundo virtual, en el cual sólo conoce a los animales por imágenes. Digamos que este no es un fenómeno solamente venezolano; en nuestra época se tiende a ser más urbano en la medida en que se afirma la ciudad nueva. Y en esa misma medida se aleja también la posibilidad de la contemplación”. En Disparate, el álbum da pie a una contemplación distinta de este lenguaje poético: desde los detalles de las guardas hasta las imágenes plásticas y surreales, existe un rescate de esa infancia de la que Montejo habla, enmarcada en el viaje de un niño en la búsqueda de su mascota.
Eugenio Montejo es un poeta pilar, es una identidad y un imaginario. Introducir al niño a su lectura, sin el andamiaje de ser un gran nombre de la literatura, permite pensar sobre la lengua y ejercitar el músculo de la imaginación y la reflexión. Estos libros publicados por Ekaré mantienen vigente su obra infantil y hacen que sus palabras resistan al tiempo. O como diría el mismo Eduardo Polo, en el poema Cuando yo sea de Chamario: “Cuando no sea nada / sino sombra y humo, / guárdame en tu almohada / que yo la perfumo.”

Texto escrito por Freddy Gonçalves e Isabella Saturno como una colaboración de PezLinterna para el portal Prodavinci

martes, 28 de mayo de 2013

El canto de Montejo que nos trae y nos lleva


A manera de homenaje, antologamos respuestas dadas por Eugenio Montejo (autor de Chamario y Disparate) en diversas entrevistas, la opinión de uno de sus lectores y un poema por él recitado. Con esto podemos acercarnos al árbol en el que aún habita escribiéndole a los guijarros.

La poesía desde el Eugenio niño
 
Uno de los mayores deslumbramientos que recuerde de mi niñez fue el percatarme de la invención de la escritura, de la posibilidad fascinante de poder representar el mundo visible sólo con la ayuda de unos cuantos signos. En mi asombro infantil me preguntaba a quién se le habría ocurrido, y cómo era el mundo antes de este invento. Creo que tal descubrimiento me predispuso a venerar todo lo lingüístico, y en especial la poesía, donde la palabra alcanza, como sabemos, su ápice. Es verdad que la poesía es anterior a la escritura, pero en ella la palabra logra su cometido supremo. Hacia los ocho años escribía coplillas y aguinaldos, llevado por el estímulo de algunos maestros que nos proponían su escritura con el halago de que las mejores serían cantadas y difundidas por un grupo musical a través de los altavoces del instituto donde me encontraba. Ocurría en los meses de noviembre y diciembre, como una forma de constribuir a la celebración de la Navidad. Más tarde, en la adolescencia, mi vieja veneración por la palabra, por la poesía, se concretó en una decisión definitiva de la que nunca dudé, pese a advertir muy claramente que iba a contracorriente de las conveniencias económicas y del predominio de las preferencias sociales.
Lecturas que hacen poema

El árbol genealógico de mi poesía encuentra su principal raíz en el río milenario de nuestra lengua. Dentro de ella, claro está, desde temprano cada cual va deslindando sus afinidades, sus familias verbales. En mi caso, aparte de los cantares anónimos, se encuentra el Romancero y sus innegables logros decantados durante siglos, sin duda por la inmediatez del verso octosílabo, que creo reproduce a nuestros oídos el verso universal de tres segundos que forma la unidad de habla de cada hombre. Luego destacaría la línea que pasa por Manrique y Fray Luis y llega a Quevedo, sin dejar de lado los grandes autores del barroco ni más recientemente la polifonía liberadora de Rubén Darío. Me interesó siempre la proyección de esa línea en Hispanoamérica, lo que hay de Quevedo en Vallejo y en la prosa de Borges, por ejemplo. La intimidad de Silva y las combinaciones rítmicas de Eguren, ambos no bien leídos en su momentos, sino posteriormente. En mis comienzos procuré seguir la entonación hispanoamericana, tal como creo percibirla, por ejemplo, en el primer Carlos Pellicer, en Oliverio Girondo, en Eliseo Diego, sin descontar la gran aportación de los brasileños.

La imagen: lenguaje del afecto

Mi acercamiento al poema ocurre por la vía de las imágenes, que es el lenguaje natural de lo afectivo, de lo anterior al raciocinio. Los sentidos siempre nos hablan por imágenes. A partir de un breve núcleo se desarrolla la forma del poema. Todo cuanto en él pueda desplegarse más tarde en ritmo, tono, significados, etcétera, parte de una imagen primera que no siempre se nos muestra nítidamente. No comparto la inclinación que lleva a privilegiar el lado puramente intelectural del arte, la frialdad de una combinatoria silogística. La destreza técnica del oficio es sin duda indispesable, pero a fin de cuentas sólo "lo afectivo es lo efectivo".

Acercamiento a la palabra poesía

La poesía es un melodioso ajedrez que jugamos con Dios en solitario. ¿Qué puede darnos? Las ganancias y las pérdidas no le conciernen. Por mi parte tal vez le debo algún relámpago de armonía para hablar a los otros como se habla con uno mismo.

Los heterónimos

La heteronimia es un recurso literario, apenas eso, y emplearlo, por sí solo, no garantiza logro alguno. Los apócrifos de Machado y Pessoa valen por el genio poético que en ellos pusieron sus autores. Es un fenómeno que si bien ha existido en otras épocas, a principios del siglo XX alcanzó una extraña reivindicación por parte de poetas notables, el primero de los cuales fue el francés Valery Larbaud, creador de un gran poeta, el peruano-norteamericano A. O. Barnabooth. Hacia mediados del siglo XX, la práctica de la escritura oblicua*, como la llamo, declina. Es nuestros días sólo puedo nombrar al gaviero Maqroll, de Álvaro Mutis, y a Horacio Martín, de Félix Grande. En mi caso, el primero ha sido Blass Coll, el tipógrafo de Puerto Malo, y luego algunos de sus contertulios o discípulos, los famosos "colígrafos", entre quienes se encuentran Tomás Linden, Sergio Sandoval y uno que acaba de aparecer en Ediciones Ekaré, Eduardo Polo, autor de un libro de rimas para niños que lleva por título Chamario. Lo escribí hace unos 24 años, y ahora, gracias al trabajo editorial de Elena Iribarren, ha salido de la gaveta.

*Creo que la escritura oblicua proporciona la ocasión de desembarazarse de la tiranía del yo y acceder a nuevas perspectivas creadoras. Creo que al recurrir a un heterónimo, el poeta se vale, más que del yo, de lo que convendría llamar el poliyó, un ente más complejo y proteico que, si nos paramos a pensar, se asemeja al ratón del ordenador.

Gustavo Guerrero opina sobre Eugenio

Leer a Eugenio ha sido, para mí, una de las principales vías de acceso a ese conocer otro de la poesía; el enigma de una muy particular descripción del mundo que sólo se vuelve plenamente inteligible como un eco de nuestra sensibilidad. Somos nosotros los que sancionamos la validez del poema a través de una respuesta interior que tiene el crácter de un juicio; pero es el poeta el que es capaz de suscitar, con la palabra más personal, la reacción más general: la comunión de los lectores en torno a una misma experiencia. De pronto, nos reconocemos en algo que desconocíamos, pero que ahora forma parte de las palabras -y las cosas- de la tribu. Borges afirmaba que la más difícil maestría consistía en "hermanar lo privado y lo público, lo que mi corazón quiere confirmar y la evidencia que la plaza no ignora". La fuerza cognitiva de la poesía de Eugenio -su poder de revelación- procede en buena medida del logrado punto de equilibrio que consigue entre la tradición y el asombro, entre la lengua común y el habla más íntima, entre lo que pertenece a todos y lo que es único e intrasferible.

Islandia en voz de su autor


Entrevistas realizadas, en orden de aparición, por Julio Ortega, Floriano Martins, Edmundo Bracho y Francisco José Cruz. Todas recopiladas, junto al testimonio de Gustavo Guerrero, en: CASTAÑÓN, A. (2007) La terredad de todo: Eugenio Montejo, una lección antológica. Mérida: El otro, el mismo.