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lunes, 20 de febrero de 2023

El berrinche de Moctezuma: de la voz al libro ilustrado

Nuria Gómez Benet (Ciudad de México, 1959) es escritora, poeta y guionista de televisión y radio. Estudió Pedagogía en la UNAM, fue jefa de escritores en el programa infantil Plaza Sésamo, ha publicado varios libros para niños con Conaculta, SM y Santillana, e imparte talleres de escritura. Su programa radial “De puntitas” comenzó en los años 80 en México y se volvió un ícono de la cultura infantil. 

Su libro El berrinche de Moctezuma, con ilustraciones de Santiago Solís Montes de Oca, fue presentado en noviembre de 2022 en la librería El Desastre de CDMX. Para la ocasión, Nuria preparó esta crónica sobre el origen del texto hasta llegar al libro.


Este berrinchito que ha salido a la luz recientemente es una reunión que viene dándose desde hace muchos años entre quienes estamos aquí. 

El pequeño poema nació para ser transmitido de modo volátil, por medio de sonoras ondas hertzianas, antes de los podcasts, antes de internet, antes del antiquísimo fax. Su destino era ser efímero y disolverse en el aire. Tenía su encanto la idea.

"De puntitas" era un programa de radio que pretendía, principalmente, despertar a los niños de buen humor y ser una cálida compañía mientras se preparaban para ir a la escuela. Eso fue así porque la radiodifusora solo pudo ofrecernos un horario imposible para otra intención: el de las 6:30 de la mañana.

Se trataba de una emisora pública muy querida, Radio Educación, que —como la mayoría de las de su categoría— tenía presupuestos bajos. La guionista era una pasante de pedagogía que coqueteaba con las letras. Hacía su servicio social en la estación de radio, jamás había escrito un guión radiofónico, pero tenía conexiones profundas y amorosas con la gente de kínder y primaria.

Cuando la invitaron a escribir el programa, dijo de inmediato que sí: aquello conjuntaba sus dos pasiones profesionales: la pedagogía y la escritura. La productora —Marta Romo— se dedicó a explicarle pacientemente los pormenores del guion. Cuando le dieron el horario casi se muere; cuando supo que tendrían presupuesto para una sola voz, casi se vuelve a morir. Pero al entrar al estudio de grabación se dio cuenta de que su locutor tenía las doscientas voces de un cenzontle: era Emilio Ebergenyi. La música, cuidadosamente elegida para ir marcando los ritmos, desde el acurrucadito dedicado a despertar, hasta un ímpetu de alegre marcha para irse saltando a la escuela, estaba a cargo de Elia Fuente Pochat.

Hay que añadir que entre los muchos incisos de cada programa, estaba la narración de algún cuento. La primera época nos concentramos en relatos de las tradiciones indígenas del país; la segunda, después de más de doscientos programas, nos abrimos hacia autores entonces contemporáneos y hacia toda Latinoamérica. Para esta temporada, que nació como respuesta amorosa a los asustados niños tras el terremoto del 85 en México, en el primer programa narramos el cuento de la chilena María de la Luz Uribe: 


Estera y esteritas

para contar peritas,

estera y esterones

para contar perones.

Esta era una vez

una viejecita

llamada María

del Carmen Piñones.


 


Doña Piñones duerme escondida tras su cama, atemorizada por los vientos, hasta que se aparece por su casa un niño que la saca de su temblorosa penumbra y la lleva de la mano a volar con él. Era justo la historia que necesitábamos para dar valor y valía a nuestro auditorio. La editorial automáticamente me enamoró: Ediciones Ekaré se llamaba.

Otro de los objetivos de la serie era hacer sentir al público el orgullo de ser mexicanos. En ese contexto apareció la historia del chocolate, gozo mexicano compartido al mundo entero. El berrinche de Moctezuma voló entonces como Doña Piñones a los oídos de muchas casas.

Con los años —debería yo decir, con las décadas—, ya cuando la máquina Olivetti de aquella muchacha guionista estaba arrumbada en el estante más alto de su clóset, cuando sobre su escritorio se pavoneaba una computadora que hoy resulta risible, apareció el libro. Ya era bien entrado el nuevo milenio. La primera edición, a cargo de la amorosa editorial Verdehalago Infantil, con Leticia Jiménez a la cabeza, apostaba, como los antiguos juguetes Mialegría, a ser “libros como los de los grandes”, en los que no había ilustraciones —cuestiones presupuestales en la raíz de la decisión, seguramente. Las premuras —lo sabemos todos— son una espuela para que cabalgue por más amplios llanos la creatividad. 


Siguieron pasando los tiempos. Gracias a Leticia, apasionada promotora de la lectura, y a la conexión que hizo con Araya Goitia de Ekaré, se dio la edición que hoy tenemos. Cuando Araya me contactó para decirme que Ekaré estaba interesada en publicar el berrinchito, y además, en la misma colección que Doña Piñones, salté como una niña por el patio de mi casa. En plena pandemia, al aire libre, en el mismo soleado espacio firmamos el contrato. 

Colección Rimas y adivinanzas


Meses pasaron. Me enteré primero de que el ilustrador sería mexicano, eso ya me gustó. Luego de su nombre; y lo que vi en las redes me gustó más. Pero cuando recibí algunos de los bocetos de Santiago, pasé del gusto enorme al asombro festivo. La conversión que hizo del gran tlatoani en un flaquito ceñudo; la serpiente, como asistente devota que lo sigue a todos lados —no se pierdan, por favor, el flequillo que se le escurre cuando se mete a bañar—; la investigación que subyace en cada detalle, en los monos, en la presencia del caballo, del espejo legendario de Moctezuma, la gama de colores, las aves desplumadas, el travieso cráneo del tzompantli que mira al lector en complicidad... Santiago se comprometió en un juego de humor que al mismo tiempo comulga con el texto, lo subraya y lo complementa. 


Primera prueba de personaje y paleta de color

Estoy segura de que El berrinche —que hoy está cerca de cumplir cuarenta años— ha alcanzado la mejor etapa de su evolución. Lo que festejamos hoy es una especie de Berrinche Sapiens, una versión donde, gracias al trabajo del equipo de Ekaré, y el talento y dedicación de Santiago Solís Montes de Oca, este poema se yergue sobre un cuerpo firme y colorido que no tenía, sobre dos piernas... y echa a andar, a saltitos, por las marchosas veredas que le ofrece el mundo.

El blog especializado Un periodista en el bolsillo publicó también una entrevista al ilustrador Santiago Solís con motivo de la aparición del libro. Lo puedes leer aquí.

martes, 20 de diciembre de 2022

Moctezuma ilustrado: apuntes de un berrinche

El berrinche de Moctezuma, con texto de Nuria Gómez Benet (Ciudad de México, 1959) e ilustraciones de Santiago Solís Montes de Oca (Ciudad de México, 1982) es una historia de humor contada en verso donde el históricamente terrible Moctezuma sufre una pataleta que solo una jícara con chocolate logra aplacar.

Este libro humorístico, en apariencia ligero, contiene varios guiños escondidos que refieren a episodios y objetos reales del imperio azteca. En esta entrada se narran algunas decisiones que los autores tomaron durante el proceso y curiosidades sobre el contexto de este álbum.

Moctezuma Xocoyotzin (1466-1520), noveno tlatoani de Tenochtitlán, fue uno de los últimos gobernantes del imperio azteca. Tenía grandes ambiciones y expandió su imperio en pueblos vecinos con particular crueldad; pero también fue innovador y promovió algunas estrategias de diplomacia. Con la llegada de los primeros españoles, quiso establecer una alianza con Hernán Cortés como una forma de defensa contra sus enemigos, pero Cortés traicionó su confianza. Con este amargo episodio se inicia la conquista de Tenochtitlán.

Curiosamente, la caída del imperio azteca fue “predecida” incluso antes de la llegada de los españoles. Una de las premoniciones llegó en forma de un ave con un espejo en la cabeza. El ave fue capturada por pescadores en el lago de Texcoco y llevada al emperador, quien al asomarse en el espejo vio la guerra aproximándose por el Este.

Santiago Solís decidió incluir esta ave con el espejo en la cabeza en la página de celebración final con Moctezuma y el tazón de chocolate. En la misma doble página —que menciona la conquista— el ilustrador no mostró a los conquistadores, sino un caballo (en oposición al ave) como una especie de símbolo del mundo nuevo y de todo lo que vendría. Al estar en la derecha se reserva el ámbito de la página siguiente, es decir, el futuro.



Otro ejemplo de detalle escondido es el conocido penacho de Moctezuma. Este tocado impresionante hecho con plumas de quetzal fue un obsequio de Moctezuma a Hernán Cortés. El tocado real descansa hoy en día en el Museo de Viena. En la misma página se puede apreciar el Totocalli, una parte del palacio de Moctezuma que funcionaba como zoológico y que estaba lleno de hermosas aves. Allí, Solís escogió representar la acción donde se despluman aves para complacer al veleidoso tlatoani.


En el episodio donde Moctezuma rechaza los trajes, se puede ver a sus pies un xoloitzcuintle, la raza de perro criado por las culturas maya y azteca. Igual que sucede en sus paralelos occidentales, el perro era visto simbólicamente como un guardián del inframundo. También a los pies de Moctezuma hay una escultura de Chac Mool, una figura que ha sido encontrada tanto en Tula como en Chichen Itzá y que ha servido para demostrar el intercambio e influencias entre culturas con grandes distancias geográficas y temporales entre sí.


Uno de los primeros guiños aparece en la portadilla: un Maquizcoatl (el original se encuentra en el Museo Británico), que es una hermosa serpiente con dos cabezas. Esta fue una de las figuras robadas por Cortés y llevada a Europa.




El tlatoani: una tradición trágica

Curiosamente, el nombre Moctezuma significa “hombre de mal temperamento y muy serio” así que la circunstancia de su berrinche retratada por Nuria Gómez Benet no es del todo ajena al personaje histórico, aunque puede que sí sea la primera autora en redimirlo y rodearlo de humor.

De hecho, existe toda una tradición de óperas y dramas musicales europeos que representaron a Moctezuma (o Montezuma, Motezuma, Montezume…) que comienza por la ópera Motezuma de Vivaldi en 1733 y se extiende hasta avanzado el siglo XX. El tlatoani fue visto en algunos de estos dramas como un fracaso, emperador de una cultura “salvaje”, y en otros como símbolo de resistencia y dignidad frente a la ocupación.



Antonio Vivaldi tenía un interés particular por la ciudad de Tenochtitlán por las similitudes que representaba con su natal Venecia (ambas ciudades de canales). El texto del libreto de su ópera, escrito por Alviso Giuste, representó a Moctezuma como un gobernante débil y a Cortés como héroe del mundo civilizado, listo para “liberar” Tenochtitlán.

En cambio en Montezuma (1755) de Karl Heinrich Graun, cuyo libreto fue escrito por el rey Federico II de Prusia, se hace una clara apología a la figura de Moctezuma como emperador y hombre. En esta versión, es transparente la intención de identificar a Moctezuma con los estandartes del imperio prusiano y a su antagonista Ferdinando Cortés, con los austríacos. Publicada en plena época de guerra entre ambas monarquías, Montezuma reflejaba la “dignidad” del Reinado de Prusia, tildaba de imperialistas los avances austríacos, sajones, rusos y franceses; y mostraba la benevolencia (y error) de Moctezuma como una suerte de historia ejemplar.



De changos y chocolate

En cuanto al chocolate, existen muchas versiones sobre su origen. La mayor parte concuerda en que los olmecas (3.000 a.C. - 300 a.C.) fue una de las primeras civilizaciones en prepararlo; después su uso pasó a los mayas y posteriormente a los aztecas. En ese entonces se trataba de una bebida agria, pero con propiedades energizantes.

La leyenda cuenta que al tlatoani Moctezuma le gustaba tanto esta bebida que ofrecía grandes tazones de chocolate en sus celebraciones. Los frutos del cacao eran muy apreciados y costosos; e incluso los mayas y aztecas llegaron a utilizar las semillas de cacao como moneda, que era muy práctico porque se podían subdividir en pequeñas monedas de menor valor.

Otra leyenda cuenta que fue Quetzalcoatl (la Serpiente Emplumada) quien llevó el chocolate a los hombres, una semilla hasta entonces solo disfrutada por los dioses.

Finalmente, los monos, en diferentes culturas mesoamericanas, han sido representados junto a semillas de cacao. En su hábitat, los monos juegan un papel esencial en el ecosistema del cacao: viven en climas húmedos y cálidos, entre árboles (igual que el árbol del cacao), donde comen sus frutos. Las semillas en su excremento ayudan a que nuevos árboles de cacao nazcan a lo largo de la selva. En el mundo simbólico son vistos como los “portadores” del cacao, incluso con un guiño a su glotonería y “mal” comportamiento.

La palabra "chocolate" probablemente viene del náhuatl xocoatl que significa "agua agria" y cuyo sonido se ha traducido en todas las lenguas. Originalmente se mezclaba con maíz. En cambio, cuando se tomaba puro se llamaba cacahuatl que significa "agua de cacao". Su grafía fue recogida de diferentes maneras y es por eso que en el libro se adopta el más cercano "xocolátl".






jueves, 10 de noviembre de 2016

Trazos de una avispa ahogada

En 2016, se celebran 25 años desde la publicación de la Fábula de la avispa ahogada de Aquiles Nazoa. Vicky Sempere estuvo a cargo de las ilustraciones de esta edición: trabajó en plumilla y tinta china para lograr una gran diversidad de tonos grises y jugar con el contraste entre zonas de negro y el papel blanco. La versatilidad de esta técnica permitió la definición de detalles y la caracterización dinámica de los personajes. Aquí les dejamos algunos bocetos originales y su versión final: 









Texto con asesoría de Irene Savino, directora de arte de la Fábula de la avispa ahogada. 

domingo, 9 de junio de 2013

Sin heterónimos: Eugenio Montejo por Pez Linterna



Viajar a Puerto Malo puede ser toda una aventura: subir a la lancha, defender la gorra del poderoso viento y tratar de descubrir rastros de tinta en el agua. Cuenta una leyenda que bajo el mar se esconde la obra de Eduardo Polo, uno de los colígrafos más importantes de Blas Coll. Polo era tan talentoso que la gente del pueblo lo llamaba “el mago”, por su increíble capacidad de rimar, jugar con las palabras y construir un particular ritmo poético. Y fue el ritmo lo que lo llevó a buscar la música en otro país del Caribe. Pero también existen muchas teorías sobre Eduardo Polo, y una de ellas cuenta el día en que Blas Coll lo conoció en una plaza junto a Tomás Linden y Sergio Sandoval. Algunos dicen que tomaban café, otros que compartían una botella de guarapita de cacao, lo importante es que brindaban en nombre de su creador: Eugenio Montejo.

Premio Nacional de Literatura en Venezuela (1998) y Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo (2004) son solo dos de los reconocimientos que preceden la obra de Eugenio Montejo, un poeta vital que sabe jugar con el lenguaje, como si caminara por una casa de espejos: quiebra, cambia, transforma y hasta crea identidades diferentes para algunas de sus obras literarias. Eduardo Polo fue uno de ellas, de quien, además, subraya una supuesta fama en Puerto Malo por anunciar en el periódico local: “Todavía no comprendemos que escribir para niños es algo perfectamente serio”. Polo existió en el genio poético de Montejo y sobrevive en los restos de una obra que recopiló Ediciones Ekaré en el 2004, en su colección Rimas y Adivinanzas. Chamario, como se titula el libro, proviene de una derivación de la palabra chamo, con la que involucra al niño como principal lector de estos poemas. 20 poemas que rompen con el sentido del lenguaje, se sobreponen al absurdo de sus composiciones, e invitan a apropiarse del lenguaje para descomponerlo… y así entenderlo. El lector juega y también siente o reflexiona con los temas que varían dentro del lirismo de los textos. Si a eso se le suma la compañía de las ilustraciones del Premio Nacional de Ilustración en España (2008), Arnal Ballester, obtienes un libro de doble dimensión: las poderosas imágenes poéticas se refuerzan con la abstracta y también humorística visión de las ilustraciones. Si Montejo (Polo) cuenta sobre una variación de animales, Ballester muestra una serpiente eterna sobre la que caminan estas variantes; es un libro ilustrado que invita, como el poema, a visitar la imagen, desmontarla y disfrutarla.

A casi diez años de la publicación de Chamario, Ekaré presentó en la librería Lugar Común, Caracas, su nuevo libro Disparate, un poema de Eugenio Montejo (ahora sin heterónimos) e ilustrado por Gerald Espinoza. En un homenaje a la obra poética de este autor, fallecido hace casi cinco años, se publica un poema llevado a un nivel de lectura distinto: el libro álbum. Gerald Espinoza, ilustrador venezolano conocido por sus obras Perro Picado, Los pollitos dicen, Gallo Gali Galo, ABCirco, entre otras, asume introducir una nueva historia dentro de este país imaginado por Montejo, en el que todo ocurre al revés. Un país de absurdos en el que un niño se lanza a la aventura de reencontrarse con uno de sus seres queridos. (...)

Este tránsito por lo disparatado, hace reflexionar sobre la construcción de la infancia en Montejo que estaba muy relacionada a su propia experiencia. En una entrevista para el blog Literaturas.com, Montejo contaba que “la infancia de quienes cuentan más o menos mi edad estuvo más cerca de los árboles, los animales, el campo. El muchacho de hoy, cuando no tiene la fortuna de salir a las aldeas, debe resignarse al mundo virtual, en el cual sólo conoce a los animales por imágenes. Digamos que este no es un fenómeno solamente venezolano; en nuestra época se tiende a ser más urbano en la medida en que se afirma la ciudad nueva. Y en esa misma medida se aleja también la posibilidad de la contemplación”. En Disparate, el álbum da pie a una contemplación distinta de este lenguaje poético: desde los detalles de las guardas hasta las imágenes plásticas y surreales, existe un rescate de esa infancia de la que Montejo habla, enmarcada en el viaje de un niño en la búsqueda de su mascota.
Eugenio Montejo es un poeta pilar, es una identidad y un imaginario. Introducir al niño a su lectura, sin el andamiaje de ser un gran nombre de la literatura, permite pensar sobre la lengua y ejercitar el músculo de la imaginación y la reflexión. Estos libros publicados por Ekaré mantienen vigente su obra infantil y hacen que sus palabras resistan al tiempo. O como diría el mismo Eduardo Polo, en el poema Cuando yo sea de Chamario: “Cuando no sea nada / sino sombra y humo, / guárdame en tu almohada / que yo la perfumo.”

Texto escrito por Freddy Gonçalves e Isabella Saturno como una colaboración de PezLinterna para el portal Prodavinci

lunes, 1 de abril de 2013

La técnica es la diversidad

Rosana Faría, ilustradora de Pin Uno Pin Dos; Niña Bonita; Jararaca, Perereca y Tiririca y Un diente se mueve, narra su encuentro con las técnicas apropiadas para cada libro publicado con Ekaré.
  
 Pin Uno Pin Dos
Mi primer proyecto con Ediciones Ekaré fue este pequeño libro de la colección Rimas y Adivinanzas; al ser la puerta de entrada a esta editorial, significaba mucho para mí. Pin Uno Pin Dos fue ilustrado totalmente con un rapidograph marca Rotring, punta 0.2, con un dibujo figurativo limpio en el que utilicé un achurado sencillo para sombrear. Luego Irene Savino, la directora de arte, utilizó tramas de mediotono para hacerle fondos de color plano, que es un verde pantone 357 C, en vez de negro, lo que le da esa apariencia sutil.
   

 Niña Bonita
Este segundo proyecto fue una confirmación de la buena acogida de mi trabajo anterior y la oportunidad para desplegar y demostrar mi profundo amor por el oficio. Decidí utilizar el creyón de madera profesional Faber-Castell sobre papel Fabriano de algodón texturizado, en un formato de 40x32 cm, casi el doble del tamaño al que se reproducirían las ilustraciones. Con esto logré un efecto de delicada filigrana en la que los tonos pasteles del iluminado paisaje playero colorearon el entorno contrastante: el negro de la piel y cabellos de la niña, que Ana Maria Machado me había encargado como la más bella del mundo, resaltan dulcemente, logrando, como me diría Jorge Elías Luján, "iluminar con el negro".


Jararaca, Perereca y Tiririca
El collage fue la técnica escogida para ilustrar esta historia por una sugerencia de Monika Doppert: “Ilustra con materiales con los que se te dificulte expresarte”. Una historia que corría el riesgo de convertirse en panfletaria no podía ilustrarse con técnicas suaves y dulces. Había que usar una técnica transgresora, que convocara el humor. El collage, entonces recomendación de Irene Savino, representa en esta historia el avance de la tecnología por encima de la naturaleza, ilustrada en gouache. La permanencia de Tiririca en contra de toda adversidad está exaltada en la última escena.


Un diente se mueve
En este proyecto se me daba la oportunidad de volver a tener una protagonista humana y hermosa, por lo que le pedí a mi sobrina Eloísa Toro que fuese mi modelo. Yo quería retomar la acuarela aunque no estaba segura de querer utilizarla de la manera que lo había hecho en otros libros. Entonces Ana Carolina Palmero, la directora de arte con quien hice equipo en este proyecto, hizo una prueba digital que me fascinó y me impulsó a buscar el soporte que me permitiera lograr tanta libertad con la acuarela. En ese momento aparec Ricardo Benaim, quien me permit usar su taller y buscar entre su colección de papeles traídos de todo el mundo: allí conseguí un maravilloso papel de arroz sobre el cual pinté la historia.

jueves, 31 de enero de 2013

Una ojeada digital: Margarita

Una princesa valiente se enamora de una estrella del alto cielo. Con una enorme tijera y una lancha de motor, sale a buscarla. Pero Margarita ha olvidado algo importante: el consentimiento de su padre. El clásico poema del nicaragüense Rubén Darío se complementa con finas ilustraciones que muestran los paisajes nocturnos de la costa caribeña.

jueves, 24 de enero de 2013

Rubén Darío y la literatura infantil


 Rubén Darío y su experiencia con lo infantil según Carmen Bravo-Villasante

Nicaragua es tierra de poetas. No exageramos si decimos que antes de Rubén Darío (1867-1916), el gran poeta nicaragüense, no había nada en la literatura infantil y, después, todo. Los poetas como Rubén Darío son de tales dimensiones, que su sombra se proyecta sobre la tierra que le crió, cobijando toda la poesía.

Únicamente el folklore nicaragüense, alegre y pintoresco como todas las manifestaciones iberoamericanas, existía por los niños. El niño Rubén, sin duda, escuchó los cantares y corridos de su país, y oyó también la literatura que transmitían los viejos a los jóvenes, y guardó en el recuerdo los relatos de Juan Bueno y Juan Bobo, hasta que empezó a leer los libros españoles y se entusiasmó con los versos de Zorrilla y los poemas de Espronceda, y más tarde, con Campoamor y Núñez de Arce, maestros de su juventud y de muchos niños nicaragüenses, que además se habían instruido con las fábulas de Iriarte y Samaniego.

En el libro de La vida de Rubén Darío escrita por él mismo, entre los recuerdos del poeta está el de su tío-abuelo, el coronel Ramírez. "Por él aprendí pocos años más tarde a andar a caballo, conocí el hielo, los cuentos pintados para niños, la manzanas de California y el champagne de Francia". Todos ellos extraordinarios, al parecer del pequeño, porque si no había visto nunca el hielo, ni las hermosas manzanas o la bebida exquisita, tampoco le era familiar literatura infantil impresa tan divertida como la de Rafael Pombo, al que, sin duda hace alusión en los "cuentos pintados".

Y poco después añade, al hacer inventario de sus lecturas infantiles y de los cuentos que oyó: "Me contaban cuentos de ánimas en pena y aparecidos, los dos únicos sobrevivientes: la Serapia y el indio Goyo", y refiere cómo la madre de su tía-abuela le hablaba de un fraile sin cabeza, de una mano peluda que perseguía como una araña. Todos le infundían miedos con tradiciones y consejas extrañas, que le producían pesadillas.

"En un viejo armario encontré los primeros libros que leyera. Era un Quijote, las obras de Moratín, Las mil una noches, la Biblia, los Oficios de Cicerón, la Corina de Madame de Stäel, un tomo de comedias clásicas españolas y una novela terrorífica de no recuerdo qué autor, La caverna Strozzi. Extraordinaria y ardua mezcla de cosas para la cabeza de un niño". Como el champagne y la literatura infantil.

El niño precoz que fue Rubén Darío hacía versos, que encerraba en una granada, y cuando pasaba la procesión del Domingo de Ramos de Semana Santa, la granada se abría, y caía una lluvia de versos. A los catorce años ya era conocido en las repúblicas de Centroamérica como "el poeta niño". Él mismo nos dice cómo por esta época escribía artículos políticos en el periódico La Verdad, de León, y cómo se encantaba "con la cigarrera Manuela, que, manipulando sus tabacos, me contaba los cuentos del príncipe Kamaralzamán y de la princesa Badura, del Caballo Volante, de los genios orientales, de las invenciones maravillosas de Las mil y una noches... Yo escuchaba atento las lindas fábulas, en la cocina, al desgranar el maíz".

Los relatos de Las mil una noches deslumbraron al niño poeta, al niño prodigio, que jamás olvidaría la magia oriental de estas narraciones fantásticas. Todavía en su artículo titulado "Parisina, Joli París" Rubén confiesa el descubrimiento asombroso de este libro: "Uno de los primeros libros que despertaron mi imaginación de niño: Las mil y una noches. Uno de los preferidos libros que actualmente releo con invariable complacencia: Las mil y una noches. Allí concebí primeramente la verdadera realeza, la absoluta, la esplendorosa. Allí se me aparecieron, allí -y en los "nacimientos" o "presepios" con Melchor, Gaspar y Baltazar-, los verdaderos reyes, los reyes de los cuentos que empiezan: "Este era un rey..." Reyes de Oriente, magos extraordinarios; reyes que tienen jardines donde vagan, libres, leones y panteras, y en el que hay pájaros de dulce encanto en jaulas de oro".

Desde entonces Rubén comienza a usar el adjetivo "milyunanochesco", neologismo de su invención; habla de una "voluptuosidad milyunanochesca", de "hechizos milyunanochescos" y el adjetivo es sinónimo de algo extraordinario, refinado, exquisito, íntimamente unido al libro que le fascina, y cuando se dirige a los niños, siempre hijos de sus amigos, rememora el acento de Las mil y una noches para sus cuentos e historias mágicas.

La literatura infantil para Rubén Darío siempre es fantasía y magia, mundo fabuloso que viene del Oriente.

Es natural que Rubén Darío sintiese la fascinación de los relatos orientales. En Las mil y una noches estaban todos los elementos caros a los elementos modernistas: fantasías sin límites, exotismo, belleza de gema, aristocratismo, y la extrañeza de lo fabuloso: cuentos de hadas y de genios, maleficio y hechizo. La literatura infantil era para Rubén un relato portentoso, aventura maravillosa o milagro religioso. La literatura infantil en el círculo mágico del poeta modernista se alimentaba de hadas, elfos, encantadores, reyes, príncipes y princesas y acontecimientos extraordinarios. Lo vulgar y lo prosáico estaban desterrado de esta literatura, y el poeta se dirigía a sus pequeñas amigas como oyentes o lectoras que podían comprender mejor que nadie todas las maravillas de sus palabras o figuraciones. Al mismo tiempo, Rubén hallaba en los cuentos antiguos de niños tantas cosas común con su credo artístico, que más de una vez aprovechaba el material que esos le ofrecían para la creación literaria de adultos. La Bella Durmiente del Bosque, la Cenicienta, las frases de Barba Azul, aparecen frecuentemente en sus relatos. 

Rubén Darío escribe explícitamente para los niños, mejor dicho, para las niñas, a quienes dedica sus poemas y baladas. Es una forma galante de dedicatoria, en aquel tiempo en que era costumbre escribir en los álbumes y en los abanicos. A las niñas, pequeñas mujercitas, dulces niñas amigas suyas, el poeta las adora y tiernamiente quiere entretener. Para la niña Margarita Debayle, hija de su amigo, el doctor Debayle, Rubén escribe el poema refulgente de orientalismo y fantasía.

Rubén Darío, como Martí, Gabriela Mistral, Horacio Quiroga, Juana de Ibarbourou, y tantos grandes escritores de Iberoamérica, enriqueció la literatura infantil al cantar y poetizar para los niños. Él, dueño de la mayor riqueza verbal que haya podido poseer nunca un poeta, sencillísimo también cuando quiere despojarse de pompa retórica y hablar muy claro, demuestra al escribir para las niñas, sus amigas, que es un verdadero poeta, como aquella verdadera princesa del guisante del cuento de Andersen, de tan extraordinaria sensibilidad.

BRAVO-VILLASANTE, C. (1967) 'Rubén Darío y la literatura infantil'. En Cuadernos Hispanoamericanos, pp. 529-535. Madrid: AECID.

jueves, 17 de enero de 2013

La imagen auténtica y sus contradicciones


Como parte del III Seminario Internacional del Banco del Libro El Mundo del Libro-álbum para niños dictado en 1999, Monika Doppert refiere su experiencia al ilustrar Margarita, de Rubén Darío.

Entre más calidad literaria tiene un texto, más exigente es el trabajo de ilustrar, pero también más ricas y complejas las posibilidades de interpretarlo movilizando la propia memoria emocional. Los mejores textos de la literatura universal parecen ser inagotables en este sentido, y durante siglos provocan nuevas interpretaciones.

Con el poema de Rubén Darío tuve el privilegio de encontrarme con una obra así. Confieso que en el primer encuentro estuve muy lejos de comprender lo que tenía entre manos. En ese tiempo, yo estaba viviendo en El Cementerio, enteramente sumergida en los problemas y placeres de la vida de barrio caraqueño. No pudo haber contraste más grande con mi vida cotidiana que este poema de princesas y reyes. Sinceramente, me pareció una tremenda cursilería. Me chocó la enumeración de objetos de lujo que poseía el rey. Y una niña que se desvivía por un prendedor extravagante me pareció boba, frívola y decadente. No, no. Jamás aceptaría producir este libro en Ekaré. A menos que el texto se cepillara violentamente a contrapelo.

Como consecuencia, me lo encargaron a mí para ilustrarlo.

Empecé acercándome a los personajes con actitud satírica. Exageré la decadencia y el preciosismo. Boceteé a la princesa con un traje de cola descomunal, donde llevaba sentados a ocho pajes enanos. Al rey lo imaginé sentado en un salón de diamante observando una pelea de boxeo entre dos perritos pudel armados de guantes. Dibujé perritos con zapatos de tacón alto, etc. Era una calle ciega.

De esta manera, no pude conectarme emocionalmente con los personajes. No se me volvieron humanos. Me di cuenta de que sólo hasta cierto punto se puede trabajar en contraste con las intenciones de un autor. Yo me había pasado. La sofisticación que yo había tomado por una cosa tan importante y tan ridícula, no era lo esencial. Me volví más humilde, y ahora sí me pregunté en serio, quién era esta princesa. ¿Qué hallaba yo en mi memoria emocional que me permitiera identificarme con ella?

Finalmente decidí que la princesa era una niña capaz de soñar con toda su fuerza. Y que no se quedaba sentada lloriquenado "ay, yo quiero...", sino que además tenía fuerza de voluntad y sentido práctico y tomó la realización de su sueño en sus propias manos. También comprendí que más importante que el prendedor eran las estrellas. El amor a la estrella es un amor por la luz, con todos sus significados simbólicos posibles. Y la luz tenía que ser mi recurso principal para realizar mis imágenes. Con esto, tenía sentadas las bases de mi interpretación subjetiva del texto. ¿Sería exactamente lo que quiso decir Darío? No sé. Era mi interpretación subjetiva, una de las muchas posibles de un texto rico y poético. (...)

El trabajo en un libro ilustrado tiene mucho que ver con el trabajo de teatro. Un libro ilustrado es la puesta en escena de un texto. Y el ilustrador reúne en su persona a todos los especialistas que colaboran en el montaje de la obra. Como director, entra en diálogo con el autor del texto. La puesta en escena es su interpretación, su respuesta personal al texto. También le da la forma rítmica a la secuencia de las escenas. Como escenógrafo imagina los ambientes, los espacios donde actúan los personajes y produce artesanalmente cada detalle de estos ambientes. Como diseñador de trajes y utilería viste a sus personajes y reúne todos los objetos que ellos usan y entre los cuales se mueven. Y como encargado de iluminación crea la luz específica que ilumina el espectáculo.

Coloqué el palacio de diamantes en la playa de Oricao (que en aquel tiempo todavía era una playa sencilla y bella, y era la playa de la gente de tarma). De la misma playa, la niña parte para viajar a los cielos y vuelve por los cocoteros de la hacienda, bañada de luz. Los rasgos físicos de la princesa los encontré en mi calle en El Cementerio, avispada y bonita, y los mezclé con los rasgos de una chilenita, la hija de Verónica Uribe.

Pero, ¿cómo viste un rey venezolano? Esta pregunta me hizo sudar. Claro que era un rey simbólico. Pero también los personajes simbólicos tienen que ser dibujados con todos sus detalles concretos. Los trajes que visten los reyes en todos los libros infantiles no me sabían a nada. Entonces intenté, uno tras otro, un rey español del siglo XVII, un rey que se parecía a un cacique indígena y uno, el más estrambótico, que era africano, con una piel de tigre como insignia de poder. Todo esto era absudo. 

Consulté una biografía de Rubén Darío para buscar orientación. De ahí saqué la información de que el poeta había liberado la poesía latinoamericana de los esquemas españoles, orientándose hacia la literatura francesa y vivió cierto tiempo en Francia en contacto con otros poetas. Estos, a su vez, estaban buscando en aquel tiempo inspiración en los países del mundo árabe e India. El poeta nicaragüense soberanamente mezcló en sus poesías las preciosidades del Medio Oriente con los cisnes franceses, y los elefantes de India con el rumor del Mar Caribe. Su poesía no era nicaragüense ni francesa, era poesía de Rubén Darío, cosmopolita latinoamericano.

Tengo que decir que leer me tranquilizó. Todavía andaba con una especie de mala conciencia porque estaba de intrusa en un trabajo que supuestamente le correspondía a la gente de aquí mismo. Pero descubrí a Rubén Darío como representante de una línea cosmopolita de la literatura latinoamericana, que es tan rica y tan importante como las expresiones más autóctonas.

De repente, me pareció natural y coherente que yo, alemana inmigrante, ilustrara para los niños venezolanos un libro de un poeta nicaragüense que se había ido a Francia, donde lo inspiraron los poetas franceses quienes, a su vez, iban a los países del Medio Oriente para inspirarse y que yo, alemana, trajera de vuelta el poema del nicaragüense a la tierra caribeña en mis dibujos. Todo allí era híbrido, y precisamente lo híbrido era característica auténtica. Esto me ayudó a ver mi situación contradictoria enmarcada dentro de una larga línea de mestizajes culturales consecutivos que caracterizan a este continente. Y a la vez descubrí la MEZCLA como método clave para armar el espectáculo poético.

El rey pudo estar en una página con un traje europeo medieval, y en otra página con una bata estilo oriental. En su quiosco moro, vestido con manto de tisú europeo, podía dictarle una carta a su secretaria que la tipeaba en una máquina de escribir. Cuando hacía pompas de jabón con su hija, lo podía hacer de la misma manera como lo hacía yo 50 años atrás en Alemania. En su reino podía haber una tienda hecha de pura luz y vigilada por tres coronados, pero también un taller con tijeras y cables eléctricos y una lancha con motor fuera bordo, para que la niña viajara al cielo. Era mezclar culturas y épocas, mezclar lo fantástico con lo cotidiano, lo místico con el sentido práctico.

Mezclar y conectar. No cazar el fantasma del estilo puro, la cultura homogénea. Asumir la mezcla como elemento constituyente, con un gran potencial imaginario. Y jugar el juego mágico de conectar cosas aparentemente incoherentes. Ese es el arte que practican los brujos y los poetas, y hacen nacer milagros y maravillas. Para los niños -al menos para los que están dotados de imaginación- es la cosa más natural del mundo.

DOPPERT, M. (1999) ¿Cómo viste un rey venezolano? La imagen auténtica y sus contradicciones. Caracas: Banco del Libro.

viernes, 28 de septiembre de 2012

La voz del conde Olinos

Haz click en la imagen para ver páginas internas de El conde Olinos mientras María Elena Walsh interpreta el romance: ¡te sentirás junto a un juglar en nuestra era!

lunes, 24 de septiembre de 2012

El conde Olinos: una tradición al descubierto

Los romances, una de las formas más hermosas de la poesía tradicional castellana, pasaron de generación en generación durante muchos siglos a través de la memoria de las personas que los recitaban y cantaban. Para entender lo que hay detrás de una herencia como esta, lean lo siguiente:

Sobre el origen de alguna de estas canciones: el Romancero y la infancia

De sobra es sabido que algunos géneros literarios de transmisión oral murieron una vez finalizadas las circunstancias históricas que habían provocado su aparición: un buen ejemplo son los cantares de gesta que dejaron de componerse y de demandarse conforme fue finalizada la Reconquista, su principal argumento.

Sin embargo, todavía hoy, en muchos lugares de la geografía española, se siguen interpretando romances en ocasiones particulares como la vendimia, la siega, la recogida de la aceituna o la llegada del mes de mayo. Los niños no quedan al margen de esas actuaciones. Ya Menéndez Pidal se refiere a antiguos romances que siguieron vivos en juegos escenificados: "Donde ya todo el romancero está olvidado, quedan aún los niños cantando su pequeño repertorio. La última transformación de un romance y su último éxito es llegar a convertirse en un juego de niños". El conde Olinos, La doncella guerrera, Mambrú y Don gato, serían algunos casos.

Oralidad y escritura. Hacia un nuevo aprendizaje de la canción escenificada

Por una parte, la oralidad propicia la aparición de nuevas versiones del texto que terminan por renovar constantemente lo contado. Por otra, poner por escrito una anécdota que antes era oral, tiene sus beneficios: se desentraña la historia para hacerla comprensible al lector.

Con respecto a esto, Ana Pelegrín cuenta una anécdota muy significativa: la de una niña de Zamora a la que su profesora había exigido memorizar el romance del Conde Olinos que, en versión de Menéndez Pidal, venía en su libro de texto. Cuando se le requirió recitar al pie de la letra, la niña comenzó: "Madrugaba el conde Olinos / mañanita de San Juan...", pero de pronto y entre vacilaciones, se apartó de la versión incluida en su libro y, con mayor seguridad y aplomo, continuó diciendo otra versión que ella había escuchado con anterioridad de la boca de su abuela. Efectivamente, a la niña le "sonaba" ese romance y en seguida lo asoció al que su abuela le había enseñado, que era el mismo, pero con algunas diferencias. El romance volvía así a su origen, al caudal oral de la lírica popular: la niña había descubierto para todos el proceso de la tradicionalidad.

Estudio publicado, con mayor extensión, en 2011 por Pedro Cerrillo en el portal Cervantes Virtual.