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miércoles, 5 de abril de 2017

Palabras de Arianna Squilloni sobre El armario chino

Arianna Squilloni, escritora de En casa de mi abuelos y fundadora de la editorial A Buen Paso, escribió para la presentación de El armario chino de Javier Sáez Castán un texto repleto de ideas, claves y preguntas, e incluso alguna que otra respuesta en torno a un libro extraordinario. Va aquí como memoria de un encuentro inolvidable en la librería Abracadabra en Barcelona, España. 

China está lejos, eso se sabe, tan lejos como el azul lo está del color rojo, como lo que cada uno de nosotros es lo está de lo que podría ser; lo que cada uno hace, de lo que podría hacer, como el agua del fuego.

Como todo lo que está lejos, todo lo que es otro, China nos atrae, al menos suele hacerlo, al menos lo hacía en la Europa de hace algunos siglos… Como todo lo que está lejos, nos atrae al mismo tiempo que nos da miedo y nos repele.

Javier Sáez Castán, de la mano de Ekaré, nos trae un extracto del catálogo de antigüedades chinas de un tal Mons Snow, este extracto (lleno de pequeños acertijos) nos habla del armario chino y nos ofrece un ejemplo práctico de su funcionamiento. Nos habla Mons Snow de un objeto encontrado en el barrio chino de San Francisco en 1881, cuando era joven, cuando la vida le sonreía y todo hacía presagiar un brillante futuro para él.

Mons Snow, este señor de extraño nombre especular que ahora nos escribe desde un lugar llamado Neuquén, nos ofrece todos los ingredientes de una historia inquietante, de una historia al estilo de Poe, en la que sabemos que estamos a punto de toparnos con un objeto, un catalizador del cambio y de la obsesión.

En la oscuridad de un miserable bazar, descubre Mons Snow el armario chino y con él se dará pronto cuenta de que la oscuridad puede ser luz, que el azul puede ser rojo, que la distancia que media entre lo que somos y lo que podríamos ser es una relación entre probabilidad y casualidad. Lo que nos hace aterrizar en que lo real es determinado por las circunstancias que se meten en medio. Así como en el libro se mete en medio una habitación que no solo contiene un armario chino, sino que además media entre el fuego de la chimenea del comedor y el agua de la bañera.

La distancia entre la oscuridad y la luz es la distancia que hay en un intervalo de cinco minutos, entre el revuelo causado por un gato negro que juega con un ovillo y el silencioso aletear de una mariposa blanca.

Un gato negro, una mariposa blanca, un armario chino. Entonces uno no puede evitar tener algunas ideas, pensar en ciertos conceptos que están allí, han estado allá en China desde hace tiempo incontable: como por ejemplo el hecho de que cada ser posee un complemento que es necesario para su propia existencia, la idea del doble, de manera que nada existe en estado puro (a pesar de que los padres del libro se empeñen en bañar al hijo rojo para que sea azul y al azul para que vuelva a ser rojo). Tampoco nada existe en absoluta quietud (lo quieto adquiere cara de pasmado, como el tigre en el comedor, los patos* en la habitación y el pez en el baño). Sino que todo está en continua transformación. Y que cualquier idea, mirada desde otro punto de vista, acabará pareciéndose mucho a su contraria.






El yin y el yang: opuestos, interdependientes, divisibles, generados y consumidos mutuamente, susceptibles de convertirse en su opuesto, alojados el uno dentro del otro.

Hay en todas estas consideraciones un sabor curioso, un sabor a física cuántica, al funcionamiento del mundo tal como nos lo describe esta teoría. Quizás a los chinos no les suene tan rara (por lo visto lo saben desde siempre), pero a los occidentales… Dicen que técnicamente –es decir, desde un punto de vista práctico– la física cuántica funciona, pero que los científicos y los filósofos enloquecen tratando de describirla, de darle un marco teórico, porque ¿cómo explicar unas ondas, un mundo que, si bien se describe a través de ondas, cuando las observas se transforman en partículas? ¿Son ondas o son partículas? ¿No tendrían que decidir en qué lado están? Por lo visto no. Y por lo visto el armario chino lo explica.

Nos dice que la realidad no es estática, que todo es relación, así como las diminutas partículas de materia se hacen visibles solo cuando interactúan las unas con las otras. Por eso el niño se halla siempre en una fase de tránsito a través del armario, un armario que al principio estaba oculto en el caos de un miserable bazar chino…

Es de las barracas de feria, de los lugares sórdidos, a menudo de paso, de donde salen muchos de los escenarios y los objetos de S.C. (la máquina de sueños de Soñarío, los animales prodigiosos que se encuentran en Revillodia). Hay que concentrar la mirada, focalizarla en un punto concreto y diminuto para hallar el prodigio (eso no le pasa tan solo al autor, sino que le pasa también al Pequeño Rey con sus insectos, es como si este rey mirara el mundo a través de una lente). Y, cuando das con el objeto adecuado, ya te vuelves presa de su misterioso poder desestabilizador, ese mismo poder que tan solo poseen la curiosidad, el anhelo de conocimiento, vaya, los rasgos característicos del ser humano.

Javier Sáez Castán en sus obras nos hace partícipes de sus hallazgos: y, fiel a su espíritu de feria y a los gabinetes de curiosidades, para contarlos los pone en escena, por ejemplo creando una pantomima en dos actos para representar el natural recorrido de la naturaleza y de la cadena de actos y consecuencias, en el caso de los tres erizos; o creando un interior sobrio, tres habitaciones para escenificar el funcionamiento de un objeto provisto de un poder admirable, el armario chino precisamente. Ese artefacto inquietante, capaz de enredarte en juego del que no lograrás salir porque, tal como la vida, te darás cuenta de que siempre ha estado allí contigo. En una forma u otra.

*A la hora de hablar de los patos, puntualiza el autor que la que escribe este texto también se ha quedado pasmada al perderse la imagen de transformación que encierran: ¿serán patos con la boca abierta o conejos?”


Arianna Squilloni. Librería Abracadabra, octubre 2016

jueves, 23 de marzo de 2017

Tardes de Altamira: experiencia como jurado en la Feria de Bologna

El miércoles 22 de febrero se iniciaron las Tardes de Altamira en Ediciones Ekaré, un ciclo de encuentros para conversar sobre libros ilustrados, ilustración, lectura, creación… en definitiva, dijo Irene Savino en su presentación, las “cosas que nos gustan”. Estas tardes, programadas para los últimos miércoles de cada mes, se transmitirán por Facebook Live para todos aquellos que deseen seguirlas en directo, desde cualquier lugar.

En la primera Tarde de Altamira, Anna Castagnoli (ilustradora y crítica especializada en literatura infantil, autora del blog Le figure dei libri) y Arianna Squilloni (escritora y fundadora de A Buen Paso) conversaron sobre su experiencia como miembros del jurado en la Muestra de Ilustradores de la Feria del Libro de Bologna.



En la edición 2014 de la muestra, en la que Anna Castagnoli participa como jurado junto a Kitty Crowther (ilustradora), Errol van der Veldt (director del Museo Textil de Holanda) e Isabel Minhós (editora de Planeta Tangerina), la organización de la feria les da una única pauta: elegir "cosas nuevas", que hablen de como podría ser la ilustración en los próximos cinco años.

«La muestra de ilustradores se ha vuelto la vitrina más interesante del panorama de la ilustración, 
porque siempre propone nuevos lenguajes».

En un plazo de cuatro días, el jurado debe escoger entre más de 3000 ilustradores de todo el mundo, los 60 o 70 más destacados. Cada ilustrador participa con cinco imágenes del mismo tema, relacionadas entres sí. A partir de la primera selección del jurado, quedaron 260 ilustradores con un nivel mínimo de calidad sobre el cual todos estaban de acuerdo.

«Casi no he dormido pensando qué tengo que hacer aquí, tengo que elegir ilustraciones, pero, ¿por qué? Entonces volví a pensar lo que era la ilustración para mí cuando era niña, y era algo como un mundo que tenía el mismo valor de realidad que el mundo real, pero en el cual podían pasar cosas magníficas e increíbles. Quiero elegir en estos días algo que tenga ese sentimiento de mundo maravilloso».

Los cuatro miembros del jurado tuvieron una reflexión parecida después de la selección preliminar, cada uno había establecido criterios importantes para elegir las ilustraciones: mundos increíbles y maravillosos, capacidad de dar vida a personajes que transmitieran emociones y sentimientos, la posibilidad de ver el mundo de otro punto de vista, mundos creíbles y vivos.


1. «Este gesto tiene una suspensión casi del tiempo, esa sensación de ser un mundo en el cual creo». (Ilustración: Kazuhisa Uragami)
2«En cuanto a la gráfica nos gustaba mucho a los cuatro, nos parecía muy interesante». (Ilustración: Anastasia Stročkova)
3. «La intensidad, la velocidad del gesto». (Ilustración: Arianna Vairo)
Los miembros del jurado tenían clara la idea de valorar una ilustración con sentimiento aunque la técnica no fuera perfecta. Muchas veces lo que podía contar la secuencia narrativa de cinco imágenes jugaba un papel muy importante para la selección. 

«La palabra que encontramos para definir nuestro criterio era honestidad».




4. «Un oso panda no ha vivido nunca al mismo tiempo que un dinosaurio, pero en la primera imagen el oso duerme, en la última hay un lenguaje casi de video juego y eso nos hizo pensar que quizás la realidad que percibimos no era cierta». (Ilustración: Marco Bassi)
5. «Parecía demasiado académica, pero al ponerlas en orden no solo cambiaba la posición de la cámara, también cambiaba la posición de la sombra, era un día que pasaba. Una mezcla de un lenguaje cinematográfico con algo que sólo puede pasar en el mundo del dibujo». (Ilustración: Leila Chaix)

Si alguno de los miembros del jurado no estaba de acuerdo, los otros tenían que convencerlo. Cuando alguien argumentaba bien podía cambiar la idea que los otros tenían de la ilustración, por eso, a pesar de que todos los miembros del jurado no hubieran estado siempre de acuerdo, las ilustraciones seleccionadas tienen el consentimiento de todos.

«En mi idea de ilustración para niños el único criterio que tiene que haber es esta capacidad de transmitir algo, como en el teatro o el cine, una emoción humana, y no sencillamente estética».

En la muestra 2014, uno de los rasgos comunes entre lo que seleccionaron como "novedoso" era la ausencia de color, en cambio, tres años más tarde, cuando Arianna Squilloni participó como jurado en la muestra 2017, al ver la selección «había que ponerse las gafas de sol».

«La diferencia entre lo que es infantil y adulto en mi caso fluctúa bastante».

En 2017 participaron también como jurados: Steven Guarnaccia (ilustrador y diseñador estadounidense) Jean-François Martin (ilustrador francés), Harriet Birkinshaw (editora de Flying Eye Books) y Daniela Stamatiadi (ilustradora griega).

Cuando se trataba de ilustraciones digitales, la calidad de la reproducción impresa era fundamental, la consideración del color, el tipo de papel y el acabado final,  eran muy importantes para poder apreciar la ilustración.


Cada miembro del jurado tenía puntos de vista completamente distintos, sin embargo, en la selección inicial coincidieron al escoger cinco conjuntos de ilustraciones con una tendencia de color muy parecida, aun cuando dentro de la secuencia de imágenes hubiera conceptos muy diferentes.


«En medio de todas las diferencias, había cosas que nos habían gustado a todos en la misma línea».

«Cuando pusimos en una mesa todas las imágenes que tenían cuatro o cinco preferencias, esto fue lo que pasó. ¡Había que ponerse las gafas de sol!».  


6. Ilustración: Cristina Spanò  |  7. Ilustración: Ximo Abadia  |  8. Ilustración: Ana Bustelo

La intención del jurado era hacer una selección donde se mostrara un poco el panorama general, propuestas actuales y ecos de lo que está pasando en el mundo de la ilustración. «Estaba todo lleno de zorros, nos preguntamos si está volviendo el personaje listo de los cuentos». Los temas recurrentes eran: zorros y ballenas, arquitectura geométrica, selvas y bosques exuberantes.


9. «Lo que fascinó al jurado fue la atmósfera de la noche, lo tranquila que se siente esta niña. Es esa sensación de habitar el mundo». (Ilustración: Ramón París)
10. «Tiene una síntesis narrativa y plástica dentro de la misma imagen que es fascinante, están pasando cosas increíbles allí dentro, esta vivo». (Ilustración: Manuel Marsól) 
11. «La sensación de la inmensidad que nos envuelve me pareció maravillosa». (Ilustración: Miren Asiain Lora)

El conjunto final de la muestra incluye a ilustradores de todo el mundo con estilos muy diversos, como resultado de una dinámica de debate constante entre los miembros del jurado, vital a la hora de escoger, convencer al otro, plantear dudas, defender posturas y en definitiva, ponerse de acuerdo para alcanzar un criterio de unanimidad.



jueves, 15 de marzo de 2012

La doble autoría en la narración visual


En casa de mis abuelos es un álbum ilustrado que corre cierto riesgo de pasar desapercibido, si lo reducimos a un resumen argumental que es tópico en la literatura infantil: los abuelos son gente simpática, con la que pasan cosas especiales. Pero la propuesta de Arianna Squilloni y Alba Marina Rivera va mucho más allá de un par de anécdotas graciosas o un suceso divertido.

En primer lugar, formalmente, porque es de los casos de elaboración conjunta donde no tiene sentido hablar de texto e ilustraciones, sino más bien de una doble autoría que hace despegar el conjunto. En segundo lugar, narrativamente, e incluyendo a este respecto la narración visual, porque hay un doble proceso de contención y reducción de elementos a un mínimo (de ahí la posible falsa apariencia de sencillez) y un proceso paralelo de diversificación y multiplicación de los hilos narrativos; para el lector esto supone tanto que la historia adquiera especial vivacidad (un mundo de ficción que, al final, creemos poder tocar con los dedos) como que se le ofrece una multitud de detalles más o menos diseminados en los que vale la pena fijarse.

A modo de introducción, las guardas delanteras presentan un solo tema, el de la lluvia, mientras las traseras nos lo devuelven transformado en lluvia normal y lluvia de colores. Esa lluvia es un leitmotiv que va uniendo las páginas y narra por sí sola, con un cielo que se va oscureciendo progresivamente hasta que llueve, un salto temporal al verano y la nueva aparición de la lluvia, ahora con un efecto original (...). Se nos presenta una frase por página, aproximadamente; pero mientras, en la ilustración, van pasando muchas cosas que también cuentan. Por ejemplo, que la lluvia anunciada por las guardas ya ha llegado, antes a la imagen que a la palabra.

El aire realista general apenas se rompe, pero lo hace significativamente en dos puntos, al menos. Por un lado, de manera evidente, en la ilustración final, que mezcla verano e invierno como mezcla presente y recuerdo, y convierte el interior de la casa en algo tropical, pleno de fuerza, por contraste con el color otoñal de la mayoría de la narración. Por otro, en la integración del ser humano, con su entorno, hay un árbol que recuerda claramente la figura del abuelo y así lo vamos viendo, de más cerca y más lejos, en una u otra perspectiva, en invierno pelado y en verano frondoso.

En su conjunto, pues, en lugar de hablarnos de lo chachi que son los abuelos, como pudiera parecer en un vistazo injusto, el álbum nos habla de la vida en general, tal cual pasa, con las dificultades y sobre todo la hermosura, la felicidad y la alegría de la vida compartida, con las huellas que dejamos unos en otros. Todo con una concisión, elegancia y multiplicidad de líneas coordinadas que, personalmente, me ha parecido admirable.

Reseña original publicada, con mayor extensión, por Darabuc en Revista Babar.


viernes, 9 de marzo de 2012


¿Por qué escribir para niños?

Quizá no se trata tanto de decidir para quién escribir, sino de las historias que quieres escribir. Y las historias que quiero contar se mueven por los territorios de las posibilidades, de las asociaciones inesperadas y de la curiosidad.

¿Qué esperas conseguir en el lector?

Probablemente que se apasione por la historia y la deje resonar en su imaginación conjurando de esta manera caminos, palabras e historias personales.

¿Qué fue lo más difícil de lograr en la historia de En casa de mis abuelos?

Desarrollar una trama con su punto de investigación y misterio en el marco de las aguas tranquilas de la evocación y la nostalgia y conseguir que una historia tan personal como esta para Alba y para mí pudiera ser interesante para el lector.

¿Cómo trabajas al narrador (en este caso un niño) para que sea verosímil?

En esta historia hay muchos elementos reales, hilados por una voz literaria que, saliendo de las contingencias de la vida del campo, busca razones emocionales capaces de expresar un sentir universal. Al final el narrador no es un niño sino alguien que recuerda (desde su momento actual) como eran aquellos momentos que fueron tan felices para él.

¿Cuál es tu momento preferido del día para escribir?

Al atardecer, porque es el momento en el que se depositan las ideas. El día para mí pertenece a la actividad, a la inquietud y la agitación.

¿Qué harías si en invierno lloviesen colores en tu casa?

Bueno, esa es una pregunta trampa. Si pasara en casa de mis abuelos sufriría un ataque de melancolía muy difícil de llevar. Si pasara en mi casa no me quedaría más remedio que subir a ver al vecino y preguntarle qué demonios está haciendo en el suelo.

Con el bastón del abuelo y las medias de la abuela, ¿qué jugarías?

Eso lo sé seguro: con un bastón y unas medias puedes llegar a cualquier parte, puedes atar cosas, acercar ramas y recoger lo que se ha caído a un lugar inalcanzable. Con un bastón y unas medias puedes llegar a todas partes. A veces, con esto de la era moderna nos olvidamos de que antes usábamos lo que teníamos a mano para hacernos la vida más fácil y, en cierto modo, aquello era mucho más divertido que tenerlo todo hecho de antemano. 






sábado, 25 de febrero de 2012

Un paseo por casa de los abuelos

Arianna Squilloni y Alba Marina Rivera, autora e ilustradora de En casa de mis abuelos, hablan sobre las personas, los lugares y las imágenes que dieron origen al libro. Primero se las presentamos a través de un vídeo y luego les dejamos un diálogo entre ambas, para que escuchen la lluvia del color a dos voces.



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Arianna:
En el pueblo de mis abuelos las casas eran de piedra. Las calles, estrechas y empinadas. En verano los árboles daban color y frescura. En invierno, perdían las hojas y se volvían sombríos.







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Alba Marina:
Mis abuelos, en cambio, vivían en un pueblo muy abierto y llano, con las casas separadas entre sí por frondosos jardines, gallineros y árboles frutales. Allí no hay invierno ni verano, siempre hace calor. Las estaciones son lluvia y sequía; cuando llueve, llueve a cántaros. Las gallinas y pavos corretean libres por el patio alimentándose de insectos y de las frutas maduras que caen de los árboles: naranjas, guayabas, mameyes y sabrosos mangos.

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Arianna:
Las vigas de madera, desgastadas por el agua y las termitas, a veces cedían y se llevaban abajo los techos cubiertos de tejas de delgada pizarra. Los paletas tenían alma de orfebres y encastaban piedra, tablas de madera, ladrillos y lo que tuvieran a mano para construir unos andamios tan improbables como resistentes e inamovibles. Con el material que sobraba de la construcción los paletas decoraban sus casas y plasmaban las imágenes imaginadas.

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Alba Marina:
Las tejas de las casas del pueblo a veces se destruyen cuando pasa un huracán. El último que pasó no dejó ni un techo sano. Los árboles también quedaron muy deteriorados. Entonces hay que echar mano a la imaginación y a los pocos recursos que hay para poder arreglar la casa. Cualquier cosa que tape sirve para rehacer el tejado hasta poder encontrar nuevas tejas. Con huracán o sin él, en la casa siempre hay goteras.



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Arianna:
El bastón y mi abuelo eran compañeros inseparables. Andar era lo de menos, el bastón era el mejor instrumento para recoger melocotones; su fiel ayudante para extirpar las malas hierbas; o el mágico lugar en el que apoyar el gorro o descansar. Tenían mis abuelos una forma curiosa de apropiarse de los objetos, y nosotros con ellos. Todo lo que entraba en su círculo de percepción acababa asimilado a su mundo, donde el delantal de mi abuela hacía de cesta y sus medias el hilo mágico que los mantenía unidos a ellos, sus días, su casa y las cosas en su conjunto.

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Alba Marina:
Mi abuela no usa medias, en Cuba hace demasiado calor para ello. Como cualquiera que viva en Cuba, con tanta escasez que hay, es una maestra en el arte de inventar cosas útiles con lo que tenga a mano. Los mangos se capturan con un atrapamangos hecho con un saco de arroz vacío y dos ramas metidas dentro. Alguien se sube a la mata de mangos y los va arrancando y tirando, mientras otro (en este caso mi padre) espera la fruta madura y jugosa abajo con el atrapamangos extendido para evitar que se rompan al impactar contra el suelo. La ropa recién lavada siempre se cuelga en improvisados tendederos de cuerdas amarradas de una árbol a otro.





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Arianna:
Reutilizar las cosas de maneras ingeniosas no se hacía sólo en el pueblo de mis abuelos, sino en cualquier pueblo donde había campesinos. Ettore Guatelli, por ejemplo, hizo de su casa un museo de la cultura campesina. Esta era su habitación. Tal como hacían mis abuelos, Ettore Guatelli no tiraba nada, ya que todo podía volver a ser útil... o divertido.

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Alba Marina:

Sí, allá también todo tiene una segunda vida: Esto es una lámpara de queroseno hecha reutilizando un tarro de cristal y un tubo de pasta dental de aluminio relleno con fibra vegetal o algodón. Casi en cada casa del campo cubano hay una de estas. O las cosas tienen más de una función: Las cucharas, aparte de su papel habitual, juegan también el rol de tope para un olla de presión.

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Arianna:
Nosotros, los niños, seguíamos sus pasos y pintábamos a témpera las tejas de pizarra que antes habían sido parte de un techo.







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Alba Marina:
Es así cómo, de todas estas vivencias, nacen nuestros personajes y su mundo. Dos abuelos muy especiales, tan singulares y tan universales, que hacen maravillas con unas medias y un bastón. O cualquier otro trasto de casa. Y transmites esa sensibilidad a los más pequeños.


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