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jueves, 4 de septiembre de 2014

El Dueño de la Luz: sombras del Delta

Para ilustrar El Dueño de la Luz (adaptación de Ivonne Rivas, ilustraciones de Irene Savino), Irene Savino se embarcó en un viaje al Delta del Orinoco. Esta es parte de su testimonio sobre la experiencia de ilustrar un mito warao:

“Hay casos donde el ilustrador tendrá que recrear una historia que tiene origen en tiempos inmemoriales, ocurrida en un lugar lejano, cuyos protagonistas le son desconocidos. Una historia antigua que, antes de ser texto escrito, ha sido contada por los padres a sus hijos durante muchas generaciones para explicar el origen del mundo. 

Hace un tiempo ilustré 'El Dueño de la Luz', un mito warao sobre el origen de ese fenómeno natural. Inicié mi trabajo buscando información en libros y fotografías del Delta del Orinoco, manipulando objetos waraos y conversando con especialistas que habían trabajado en la zona. Pronto me di cuenta de que los materiales de referencia que había acumulado no me bastaban para encontrar las claves del tono visual adecuado para el libro. Para mí fue imprescindible viajar al Delta. 

Comienza el viaje

Buscaba información sobre la apariencia de las cosas: cómo es la vegetación, cómo es un palafito o una curiara. Toda esa información visual me fue muy útil para realizar los dibujos finales. Pero solo la experiencia directa de estar en el lugar donde transcurría la historia me permitió encontrar el registro adecuado donde desarrollar mis imágenes. Sin navegar durante horas por los caños, no hubiese podido pintar el agua. Sentir su fluidez. Ver cómo se colorea con todo lo que refleja, donde plantas, islas y nubes tienen su imagen análoga invertida. El cielo estaba sobre mi cabeza y también abajo, en el agua que surca la embarcación. Y fue allí donde identifiqué el patrón visual de sus ondas que finalmente derivó en la forma gráfica característica del libro que ilustré.


Matices nocturnos

Empapándome con cada chaparrón construí mi versión de ese entorno acuático, que es el escenario de la cultura de los waraos. 'El Dueño de la Luz' se inicia en una noche eterna, en un tiempo donde no hay día ni noche. La oscura noche del Delta me permitió ver la gama de grises y sus contrastes definiendo el paisaje nocturno. Negro intenso en las siluetas de las islas, el gris oscuro en el agua y gris medio en el cielo. Esa gradación tonal, trasladada al color, pasó a mis ilustraciones. 


Un mundo tejido y suspendido

Al igual que en la historia que estaba ilustrando, en sus palafitos no existen objetos que para nosotros son tan comunes como las sillas, mesas o camas. No los necesitan ya que tienen en el chinchorro un único y polifacético mobiliario que les sirve para sentarse, cocinar, comer, dormir y que finalmente, los amortaja al morir. No hay armarios para guardar sus enseres. Tejen cestas iguales al mapire de la muchacha del mito de 'El Dueño de la Luz'. Tampoco tienen luz eléctrica para alumbrarse de noche.


Al hacerse de noche, desde mi chinchorro podía ver la imagen fantasmal de los hombres warao desplazándose por los palafitos con luces sobre las cabezas. Como mineros, llevaban cascos con linternas, adquiridos en algún mercado de Tucupita tras vender sus artesanías. En una radio a pilas del palafito vecino al mío sonaba una música. Eran Simon & Garfunkel con su canción Bridge Over Troubled Water que paradójicamente sentí familiar". 

Tomado del artículo: "Una extranjera entre islas y palabras". Irene Savino. Enlaces con la crítica, No. 11, enero-mayo, 2005. Banco del Libro.

lunes, 1 de septiembre de 2014

El Cocuyo y la Mora: separación del color

El Cocuyo y la Mora se publica por primera vez en 1978. En esa época, no se contaba con las facilidades que brinda actualmente la digitalización en el manejo de las imágenes. Las ilustraciones originales de este libro eran en blanco y negro pero fueron coloreadas directamente por las máquinas de la imprenta. Para ello, la ilustradora Amelie Areco realizó un proceso manual de separación de colores en láminas de acetato. Este proceso consiste en: 

1. Realizar una plantilla de las figuras que van en un mismo color.
2. Ubicar cada color en plantillas separadas. En el caso de El Cocuyo y la Mora, los colores utilizados son tres: azul, amarillo y magenta
3. Una vez superpuestos los colores de las plantillas, se obtiene una ilustración colorida:



Ilustración original en blanco y negro de Amelie Areco 

Las áreas en negro indican la zona a colorear. Esta es la capa número uno para aplicar el color azul

Capa número dos para añadir el amarillo

Capa número tres para incluir los tonos magenta

Ilustración final

martes, 12 de agosto de 2014

El Conejo y el Mapurite: Uyaaliwa numa Atpanaa

En 1980 se imprimió El Conejo y el Mapurite, un cuento wayúu recopilado por Ramón Paz Ipuana. En paralelo a la edición a color en castellano se imprimió una más modesta en wayuunaiki para ser distribuida en La Guajira. 



miércoles, 30 de julio de 2014

El Tigre y el Cangrejo: Book trailer






En 1985 fue publicado El Tigre y el Cangrejo, un relato tomado de la tradición oral pemón.
La ilustradora, Laura Liberatore, escogió la acuarela para plasmar las riberas de un río en la Gran Sabana. En la ilustración se puede apreciar al llamado coloquialmente "tigre" en Venezuela, que se trata en realidad de un jaguar o tigre americano (Panthera onca).

lunes, 14 de julio de 2014

El Burrito y la Tuna: de la literatura oral a la palabra escrita

La literatura indígena en Venezuela, y en gran parte de Latinoamérica, ha sido de carácter oral, fijándose en la memoria de sus participantes y cultores en lugar de soportes escritos. La colección de Narraciones indígenas tomó historias que habían sido recogidas por investigadores como Fray Cesáreo de Armellada y Ramón Paz Ipuana, y las adaptó al formato del álbum ilustrado. Sin embargo, la tarea no era nada fácil: había que encontrar la manera de mantener el espíritu de las narraciones originales, creadas en función de la oralidad.

Como género, la tradición oral ha modelado la transmisión de saberes e historias de los pueblos al pasar de una generación a otra y es, a su manera, la bisabuela de todas las literaturas. Los mayores se las contaban a los más pequeños, y los viajeros las repetían adonde llegaran. La naturaleza del formato oral propone una adecuación constante a las circunstancias de transmisión. Apunta Ana Pelegrín:
"Denominamos literatura de tradición oral a la palabra como vehículo de emociones, motivos, temas, en estructuras y formas recibidas oralmente, por una cadena de transmisores, depositarios y a su vez re-elaboradores".
La fijación a la palabra escrita supuso entonces una gran exigencia. Una de las editoras de 'Narraciones Indígenas', Verónica Uribe, afirma:
“Nos hicimos muchas preguntas: ¿Podíamos traducir con fidelidad, no solo a otra lengua, sino a la palabra escrita, la sutil y evanescente literatura oral de pueblos con culturas tan diferentes a la nuestra? ¿Cuán fieles eran las versiones que habíamos tomado como fuente para nuestros libros? ¿Era completamente confiable el criterio de los antropólogos y folkloristas consultados? Muchos no estaban de acuerdo entre ellos y algunos descalificaban el trabajo de otros. ¿Cuán fidedignas eran las versiones recogidas de los informantes? Porque muchas veces, los indígenas, percatándose de la curiosidad de los investigadores, les tomaban el pelo. Por ejemplo,  a un antropólogo que quería saber dónde habitaba el ‘dios’ de los guajiro, el informante le contestó que en Caracas. Y a un fotógrafo belga que quería hacer un libro acerca de los yanomami, ‘los hijos de la luna’, le cobraban por pintarse para la guerra o por encaramarse a una palmera a recoger el fruto del moriche”.
A partir de las historias recopiladas por estos investigadores, se inició una adaptación en base al formato del libro álbum infantil. Podemos ver algunos registros de cómo se realizó este proceso en un folio original con la transcripción en wayuunaiki de El Burrito y la Tuna, y una posterior traducción, edición y corrección del mismo relato.



Para las adaptaciones se tomaron en cuenta no sólo las características de longitud y estructura de los libros álbum; las editoras se nutrieron de su propia experiencia recontando la historia en el programa de Bibliotecas del Banco del Libro y observando la respuesta de los niños. También, en el caso de las historias pemón, se tomaron las sugerencias de un habitante de Kamarata. Al final de cada libro, se añadió una nota etnográfica junto a un pequeño glosario, por sugerencia del antropólogo Luis Urbina. Como resultado, la colección logró conservar la esencia de la tradición oral, y aportó un nuevo ingrediente narrativo: la ilustración.

jueves, 3 de julio de 2014

El Rabipelado Burlado: un lector inesperado

Galpón de Ediciones Ekaré en Altamira Sur, Caracas en 1978

En 1978 se publicó el primer libro de Ediciones Ekaré: El Rabipelado Burlado. En aquella época la editorial funcionaba en un galpón del Banco del Libro, en Altamira Sur (Caracas, Venezuela), cuando aún no se habían construido las oficinas actuales. En este espacio de techos de zinc y piso de cemento, las editoras hicieron sus primeros libros.

Muchas veces encontraban, por las mañanas, pequeñísimas huellas sobre los escritorios, documentos e ilustraciones. Por fin, alguien reveló la identidad del visitante: se trataba de un rabipelado (zarigüeya o tlacuache) que acostumbraba colarse en el galpón por las noches. Meses después y por mera coincidencia, se publicó 'El Rabipelado Burlado'. Con el pasar de los años fue inevitable pensar en el rabipelado como la mascota de la editorial y desde entonces ha formado parte de su imagen institucional.

Todavía hoy aparecen rabipelados de vez en cuando en las oficinas de Altamira Sur, paseándose por el techo o trepando por las ventanas, vigilando de cerca la labor editorial. Hoy en día, la huella mínima de aquel primer visitante ha alcanzado otras latitudes: el barrio de Gràcia en Barcelona, España (sede de Ekaré Europa) y la librería de Ñuñoa, en Santiago de Chile (sede de Ekaré Sur).

También sucedió que la editora de 'El Rabipelado Burlado', Carmen Diana Dearden, tuvo a su hijo menor apenas unos días después del lanzamiento del libro. Inevitablemente todos comenzaron a llamarlo “El rabipelado” y así quedó por un tiempo, hasta que las confusiones entre bebé y rabipelado generaron tanta consternación, que le cambiaron el apodo por uno más acorde.

Sede actual de Ediciones Ekaré en Altamira Sur, Caracas en 2014



Sede de Ekaré Europa en Barcelona, España en 2014                          Sede de Ekaré Sur en Santiago de Chile en 2014


viernes, 20 de junio de 2014

Fray Cesáreo de Armellada y las Narraciones Indígenas

Fray Cesáreo de Armellada fue un misionero e investigador de la literatura oral pemón. Algunas de las historias que recopiló fueron llevadas al libro álbum por Ediciones Ekaré: El Rabipelado Burlado, El Tigre y el Cangrejo y El Tigre y el Rayo. En su correspondencia con las editoras, solía enviar largas misivas escritas con su bella caligrafía y acompañadas de estampitas de San Francisco de Asís.


A continuación se transcribe una carta enviada a Ediciones Ekaré en 1978 a propósito de la publicación de las Narraciones indígenas:
"[...] Mi mayor deseo es que tengan éxito en estas tareas de acomodación, ilustración y divulgación de las narraciones indígenas. Tales tareas redundan en bien de nuestros indios, cuya imagen se mejora en el público lector; y también redunda en honor de quienes hicimos el esfuerzo de estudiar sus lenguas y sus creaciones literarias. Ambas cosas se las agradezco en mi 'condición' de Padre Indio, con que soy conocido y que mucho me agrada".


Fray Cesáreo de Armellada


Nació el 1 de febrero de 1908 en Armellada, España. Su nombre de pila era Jesús María García Gómez. A los quince años se comenzó a preparar para sacerdote y a los veintitrés años se ordenó como padre capuchino.

En 1933, con veinticinco años, fue enviado como misionero a Upata, en Venezuela. Desde Upata, Fray Cesáreo se trasladó a la Gran Sabana para convivir con los indígenas locales y se estableció en Santa Elena de Uairén. El llamado “Padre Indio” permaneció en estas tierras hasta 1943, explorando la región y conociendo a sus habitantes. Durante todo este tiempo realizó sus recorridos a pie y llevando cargas en su espalda, o bien en precarias embarcaciones navegando los afluentes del río Orinoco, muchas veces aquejado por el paludismo. Entre las excursiones que realizó se cuentan las de Kamarata, Kavanayén y Tucupita, en Delta Amacuro. Da testimonio de estos viajes en el siguiente comentario:
"Viajábamos a un lugarcito de indios. De allí, íbamos a otro lugarcito de indios que estaban bastante separados, un día, dos días de viaje... Pero lo hacíamos a nuestro gusto, a nuestro placer y gozábamos mucho de esa región que tiene buen clima, muchísimos ríos, muchísimas cascadas, muchísimos cerros bellísimos".
Dedicó su vida al estudio sistemático de la lengua pemón y a la recopilación de su cultura y tradición oral. Además del pemón llegó a hablar otras cinco lenguas indígenas con fluidez. Su labor de investigación ha sido fundamental en el rescate de los mitos, costumbres y riqueza lingüística de los indígenas en Venezuela. Llegó a publicar al menos una docena de libros entre los que cabe destacar “Gramática y diccionario de la lengua pemón” y “Taurón Pantón I y II”.

Los indígenas le tenían en muy alta estima y le permitieron vivir entre ellos como uno más, dándole el nombre de “Padre Indio”. Él mismo se creó el pseudónimo “Emasensen Tuari”, con el que firmaba algunos escritos, y que significa “el pobre corresenderos”.

En 1943 se trasladó de vuelta a Caracas por orden de sus superiores. Entre sus labores posteriores, fue Director de la revista "Venezuela Misionera", Director del Archivo Arzobispal de Caracas, académico de la Academia Venezolana de la Lengua y Director del Centro de Lenguas Indígenas de la UCAB. En 1965 se tituló como Periodista por la Universidad Católica Andrés Bello, siendo el estudiante más longevo en graduarse para su momento. Mereció, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Cultura Popular Aquiles Nazoa en 1995. Falleció en Caracas en 1996 y sus restos fueron trasladados al Santuario de Kavanayén, una comunidad pemón.

lunes, 16 de junio de 2014

Narraciones indígenas: recontando la tradición oral


Hace 35 años, cuando Ediciones Ekaré fue fundada, una de sus principales intenciones era publicar libros que reflejaran paisajes, personajes y tradiciones con las que los niños venezolanos y latinoamericanos pudieran identificarse. Así surgió la colección Narraciones Indígenas: historias de la tradición oral indígena adaptadas al libro álbum. Tomados de las etnias venezolanas pemón, wayúu y warao, los relatos escogidos para esta colección tienen en común estructuras sencillas que suelen explicar el origen del mundo o elementos de la naturaleza: por qué los cocuyos o luciérnagas tienen luz en su cola, cómo el tigre consiguió sus ojos amarillos, por qué a los conejos les tiembla la nariz…

El texto fundacional de Ediciones Ekaré (Caracas, 1978) da testimonio de 'Narraciones indígenas' como la primera colección de la editorial y establece lineamientos gráficos y tirajes para la misma que aún hoy en día se mantienen.


Verónica Uribe y Carmen Diana Dearden, fundadoras de Ekaré, fueron las encargadas de seleccionar estas historias entre el acervo de más de 30 etnias venezolanas. Muchas ya habían sido recopiladas por investigadores como Fray Cesáreo de Armellada, en el caso pemón, y Ramón Paz Ipuana en el caso wayúu. En las palabras de Verónica Uribe:
“Aun siendo muy locales, las historias que escogimos lograban universalidad. Queríamos textos atractivos, novedosos, sin rastro de paternalismo o didactismo. La tradición oral fue entonces, y sigue siendo, una fuente importante y siempre gratificante en nuestro trabajo editorial”.
El verdadero reto consistía en transformar las historias originales en libros ilustrados de alta calidad. Hoy en día, los lectores han hecho suyas las Narraciones indígenas y su existencia como colección ha contribuido a un reconocimiento de las etnias y al rescate de su tradición oral.