viernes, 9 de marzo de 2012


¿Por qué escribir para niños?

Quizá no se trata tanto de decidir para quién escribir, sino de las historias que quieres escribir. Y las historias que quiero contar se mueven por los territorios de las posibilidades, de las asociaciones inesperadas y de la curiosidad.

¿Qué esperas conseguir en el lector?

Probablemente que se apasione por la historia y la deje resonar en su imaginación conjurando de esta manera caminos, palabras e historias personales.

¿Qué fue lo más difícil de lograr en la historia de En casa de mis abuelos?

Desarrollar una trama con su punto de investigación y misterio en el marco de las aguas tranquilas de la evocación y la nostalgia y conseguir que una historia tan personal como esta para Alba y para mí pudiera ser interesante para el lector.

¿Cómo trabajas al narrador (en este caso un niño) para que sea verosímil?

En esta historia hay muchos elementos reales, hilados por una voz literaria que, saliendo de las contingencias de la vida del campo, busca razones emocionales capaces de expresar un sentir universal. Al final el narrador no es un niño sino alguien que recuerda (desde su momento actual) como eran aquellos momentos que fueron tan felices para él.

¿Cuál es tu momento preferido del día para escribir?

Al atardecer, porque es el momento en el que se depositan las ideas. El día para mí pertenece a la actividad, a la inquietud y la agitación.

¿Qué harías si en invierno lloviesen colores en tu casa?

Bueno, esa es una pregunta trampa. Si pasara en casa de mis abuelos sufriría un ataque de melancolía muy difícil de llevar. Si pasara en mi casa no me quedaría más remedio que subir a ver al vecino y preguntarle qué demonios está haciendo en el suelo.

Con el bastón del abuelo y las medias de la abuela, ¿qué jugarías?

Eso lo sé seguro: con un bastón y unas medias puedes llegar a cualquier parte, puedes atar cosas, acercar ramas y recoger lo que se ha caído a un lugar inalcanzable. Con un bastón y unas medias puedes llegar a todas partes. A veces, con esto de la era moderna nos olvidamos de que antes usábamos lo que teníamos a mano para hacernos la vida más fácil y, en cierto modo, aquello era mucho más divertido que tenerlo todo hecho de antemano. 






sábado, 25 de febrero de 2012

Un paseo por casa de los abuelos

Arianna Squilloni y Alba Marina Rivera, autora e ilustradora de En casa de mis abuelos, hablan sobre las personas, los lugares y las imágenes que dieron origen al libro. Primero se las presentamos a través de un vídeo y luego les dejamos un diálogo entre ambas, para que escuchen la lluvia del color a dos voces.



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Arianna:
En el pueblo de mis abuelos las casas eran de piedra. Las calles, estrechas y empinadas. En verano los árboles daban color y frescura. En invierno, perdían las hojas y se volvían sombríos.







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Alba Marina:
Mis abuelos, en cambio, vivían en un pueblo muy abierto y llano, con las casas separadas entre sí por frondosos jardines, gallineros y árboles frutales. Allí no hay invierno ni verano, siempre hace calor. Las estaciones son lluvia y sequía; cuando llueve, llueve a cántaros. Las gallinas y pavos corretean libres por el patio alimentándose de insectos y de las frutas maduras que caen de los árboles: naranjas, guayabas, mameyes y sabrosos mangos.

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Arianna:
Las vigas de madera, desgastadas por el agua y las termitas, a veces cedían y se llevaban abajo los techos cubiertos de tejas de delgada pizarra. Los paletas tenían alma de orfebres y encastaban piedra, tablas de madera, ladrillos y lo que tuvieran a mano para construir unos andamios tan improbables como resistentes e inamovibles. Con el material que sobraba de la construcción los paletas decoraban sus casas y plasmaban las imágenes imaginadas.

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Alba Marina:
Las tejas de las casas del pueblo a veces se destruyen cuando pasa un huracán. El último que pasó no dejó ni un techo sano. Los árboles también quedaron muy deteriorados. Entonces hay que echar mano a la imaginación y a los pocos recursos que hay para poder arreglar la casa. Cualquier cosa que tape sirve para rehacer el tejado hasta poder encontrar nuevas tejas. Con huracán o sin él, en la casa siempre hay goteras.



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Arianna:
El bastón y mi abuelo eran compañeros inseparables. Andar era lo de menos, el bastón era el mejor instrumento para recoger melocotones; su fiel ayudante para extirpar las malas hierbas; o el mágico lugar en el que apoyar el gorro o descansar. Tenían mis abuelos una forma curiosa de apropiarse de los objetos, y nosotros con ellos. Todo lo que entraba en su círculo de percepción acababa asimilado a su mundo, donde el delantal de mi abuela hacía de cesta y sus medias el hilo mágico que los mantenía unidos a ellos, sus días, su casa y las cosas en su conjunto.

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Alba Marina:
Mi abuela no usa medias, en Cuba hace demasiado calor para ello. Como cualquiera que viva en Cuba, con tanta escasez que hay, es una maestra en el arte de inventar cosas útiles con lo que tenga a mano. Los mangos se capturan con un atrapamangos hecho con un saco de arroz vacío y dos ramas metidas dentro. Alguien se sube a la mata de mangos y los va arrancando y tirando, mientras otro (en este caso mi padre) espera la fruta madura y jugosa abajo con el atrapamangos extendido para evitar que se rompan al impactar contra el suelo. La ropa recién lavada siempre se cuelga en improvisados tendederos de cuerdas amarradas de una árbol a otro.





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Arianna:
Reutilizar las cosas de maneras ingeniosas no se hacía sólo en el pueblo de mis abuelos, sino en cualquier pueblo donde había campesinos. Ettore Guatelli, por ejemplo, hizo de su casa un museo de la cultura campesina. Esta era su habitación. Tal como hacían mis abuelos, Ettore Guatelli no tiraba nada, ya que todo podía volver a ser útil... o divertido.

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Alba Marina:

Sí, allá también todo tiene una segunda vida: Esto es una lámpara de queroseno hecha reutilizando un tarro de cristal y un tubo de pasta dental de aluminio relleno con fibra vegetal o algodón. Casi en cada casa del campo cubano hay una de estas. O las cosas tienen más de una función: Las cucharas, aparte de su papel habitual, juegan también el rol de tope para un olla de presión.

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Arianna:
Nosotros, los niños, seguíamos sus pasos y pintábamos a témpera las tejas de pizarra que antes habían sido parte de un techo.







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Alba Marina:
Es así cómo, de todas estas vivencias, nacen nuestros personajes y su mundo. Dos abuelos muy especiales, tan singulares y tan universales, que hacen maravillas con unas medias y un bastón. O cualquier otro trasto de casa. Y transmites esa sensibilidad a los más pequeños.


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