Miguel Azaola, editor y traductor especializado en literatura infantil, nos cuenta cómo coincidieron los elementos para la traducción de Conocí a un dinosaurio (Ekaré, 2016) (I Met a Dinosaur en inglés), del autor Jan Vahl y el ilustrador Chris Sheban.
Cuando mi amiga Carmen Diana Dearden, presidenta de Ediciones Ekaré, me sugirió que tradujera I Met a Dinosaur, confieso que me lo pensé un poco. Nunca me han interesado demasiado los dinosaurios. Por muy simpáticos y amables que me los pinten, como es el caso de las maravillosas ilustraciones de Conocí a un dinosaurio, su aspecto tirando a monstruoso me ha producido siempre un desasosiego que no disminuye por el hecho de que hayan pasado todos ellos a mejor vida hace una porción de años, según dicen los que saben de estas cosas. Si a ello se suma el repeluco que invariablemente siento ante cualquier reptil, ya sea saurio, ofidio, quelonio, agente secreto o inspector de hacienda, la sugerencia de mi amiga, en principio, no me resultaba demasiado apetecible.

Sin embargo, cuando comprobé que el texto en inglés estaba estructurado en una cadena de estrofillas más o menos rimadas, me fui animando poco a poco, y al cabo de unos días me dije: ¿por qué no? Al fin y al cabo siempre había disfrutado enfrentándome al desafío de los ripios de unos y otros: Roald Dahl, Gianni Rodari, Maurice Sendak. De hecho, me encanta traducir libros en verso. Incluso ha habido ocasiones en que las traducciones al español de ciertos textos para niños me resultaban tan sosas y tan faltas de chispa (algo que ocurre a menudo: la gracia esencial de las expresiones más sencillas rara vez tiene verdadera traducción) que decidía embarcarme en recreaciones rimadas que, sin traicionar el espíritu del texto original, eran por lo general bastante más atractivas tan sólo por la gracia de la rima. Pero me estoy desviando del asunto porque en realidad no es de eso de lo que quería hablar, sino de mi súbita inmersión en la paleontología.






