viernes, 1 de mayo de 2020

Una oportunidad para la lectura profunda

Leer es una práctica y la situación de confinamiento por la Covid-19 nos ofrece una oportunidad para retomarla. Cecilia Silva-Díaz, editora de Ekaré, docente, investigadora y coordinadora del Máster en Libros y Literatura para Niños y Jóvenes de la UAB; conversó con Trina Oropeza, fundadora y directora de IMAGO Art in Action, sobre la lectura en tiempos de cuarentena. De ese encuentro resultaron estos valiosos apuntes.

Estamos en un momento que podría ser una gran oportunidad. Una oportunidad para practicar la lectura profunda. Me refiero a esa lectura en la que nos sumergimos en un mundo ficcional y nos transportamos más allá del aquí y el ahora. Es una lectura diferente a la que hacemos cuando navegamos por las pantallas, aquí hay un orden autorizado: un comienzo, un nudo y un final.

Ingresar en un mundo ficcional no es tan fácil como la propaganda de la lectura nos ha hecho ver con sus lemas en los que leer es maravilloso, un placer, una forma de viajar y de abrir ventanas. Todo eso puede ser verdad, pero para poder leer de esta forma placentera, se requiere esfuerzo, se requiere atención, se requiere dedicación. Leer es una práctica.

Matías retrata a Penélope. Rocío Martínez

Antes de esta crisis, cuando el mundo andaba mucho más acelerado que lo que está en esta cuarentena, nos quejábamos de no poder encontrar el sosiego para leer de esta forma. En este “planeta nervioso”, como lo llama Matt Haig, en el que vivíamos antes del confinamiento, saltamos de un sitio a otro entre noticias de última hora, tuits, posts, mientras realizamos varias tareas al mismo tiempo. Como peces en un acuario, picoteamos lecturas breves respondiendo a los estímulos de las redes, la metáfora que utilizó para describir esta forma de lectura Bruno Patino en su libro La civilización del pez rojo. Estamos acostumbrados a leer mucho, pero de otra forma. Con las pantallas aprendimos a leer en diagonal, sobrevolando el texto para buscar esa pieza de información que necesitamos, deglutiendo listas rápidas, y a tener nuestra atención de forma parcial en distintos dispositivos al mismo tiempo.

Leer con profundidad implica entrar en el argumento y sus matices; en el caso de la literatura implica entrar en un mundo de ficción y dejar de lado los estímulos externos para vivir una experiencia vicaria, que es una experiencia corporal, en la que las emociones son reales y tu corazón late más rápido. Es una actividad sostenida que ocupa toda nuestra atención. Cuando lo logras es una maravilla, un viaje a otro lugar, como dirían los promotores de lectura; pero para alcanzar el disfrute, hace falta atención y eso hoy es muy difícil. La atención es un bien escaso.

La lectura atenta nos permite vivir la lectura, compenetrarnos con el mundo ficcional y también tomar distancia para analizarla. Atender de esta forma cuesta mucho. El confinamiento puede ser la ocasión para darle una oportunidad a esta forma de lectura.

En este momento hay una sobresaturación de ofertas en pantalla para los niños: la escuela, las clases de piano y gimnasia y las múltiples opciones de ocio audiovisual, ocurren en línea. Noto cierto cansancio ante la vida virtual. Es posible que esta circunstancia ayude a reencontrarse con los libros y con la lectura literaria. Es posible que ahora nos haga falta más que nunca ese remanso de paz. Tal vez sea posible aprovechar este momento de tedio con las pantallas, esa sobreoferta puede darle a la lectura profunda un lugar en nuestra vida. Se trata de un lugar exquisito, diferente, apacible. 


Leer es una práctica 

Leer es una práctica como hacer gimnasia, meditar o hacer mindfulness: es algo que disfrutamos y nos hace bien, pero que si no lo preservamos y protegemos puede desaparecer de la vida arrollado por lo inmediato. Cuando quiero leer sé que tengo que crear las condiciones: apago el teléfono, me alejo de la pantalla de la computadora. Cuando no estábamos confinados, era difícil encontrar un lugar para la lectura profunda en nuestra vida cotidiana.

No se trata de obligar a leer, pero sí de proponerlo y hacerlo con convencimiento. Se trata de darle importancia e introducirlo en la rutina familiar, como la ducha o la cena.

Incluso en estos días que estamos más disponibles, estaría bien dedicar algún momento para la lectura en familia. Si queremos ayudar a los niños a leer de esta forma, tenemos que estar convencidos de que vale la pena. Y esto sin sermones, ni solemnidad.

El escritor inglés Aidan Chambers dijo una vez que si fuera ministro de educación, pasaría una ley en la que todas las escuelas estuvieran obligadas a leer durante quince o veinte minutos al día. No sólo los niños. Todos: el cocinero, el secretario, el jardinero y los maestros. Es una idea que ha dado buenos resultados.
Miguel Vicente Pata Caliente. Orlando Araujo. Ilustraciones de Morella Fuenmayor 

¿Por qué no copiamos la idea y establecemos un momento diario de lectura en casa? Si logramos leer en familia, cada uno su texto, después podremos comentarlo en la mesa: ¿Por qué elegimos este libro? ¿Lo recomiendas? ¿Me lo prestas? Se trata de abrir un espacio a la lectura en la rutina de la casa: una lectura sin ninguna otra expectativa que no sea la del disfrute y la posibilidad de compartir. De estos momentos surge el placer de leer, del hábito lector.

Todo depende de la edad y de la capacidad lectora de los integrantes de la familia. 

Pueden ser quince minutos o una hora, pero mejor quince minutos acordados y a gusto que una hora obligada. No se debe pedir nada a cambio. No hace falta un resumen, ni necesitamos comprobar que los niños comprendieron lo leído. No hace falta preguntarles a los niños retóricamente si les gustó o qué entendieron. Esa necesidad de controlar de los adultos quita las ganas de leer.

Hay que pensar en los terapeutas, aquellos que buscan generar una reflexión interna, personal: ellos hacen pocas preguntas, puntuales y precisas. En vez de preguntar, se trata de dejar un canal abierto para hablar sobre lo que leemos. La mejor manera es abrir ese canal con nuestras palabras. En lugar de pedirles a los niños que hablen sobre los libros, podemos servir de modelo hablando nosotros.

Explicarles, por ejemplo, por qué elegimos leer ese libro, hacer referencia a las historias en las conversaciones de la vida diaria, hacer conexiones entre el cuento y la vida, hablar sobre libros y sobre las emociones que te han generado, recordando si un personaje se parece a algún miembro de la familia, trayendo alguna frase o alguna situación a la vida. Por ejemplo, en nuestra familia, ante los obstáculos repetimos la frase: “Por arriba no podemos pasar, por debajo, no podemos pasar. Ni modo, lo tendremos que atravesar” de Vamos a cazar un oso. Todo esto abre el canal y muestra que lo que pasa en las historias tiene que ver con la vida. No podemos esperar que desde el principio nuestros hijos hagan estas conexiones entre la literatura y la vida, pero si introducimos la práctica de lectura y servimos de modelo sobre cómo hablar naturalmente de los libros, poco a poco las conversaciones serán más ricas y espontáneas y las historias estarán cada vez más presentes en nuestra casa.

Predicar y sermonear las virtudes de leer, sin que los niños nos vean disfrutar de la lectura es un camino inútil. En cambio, practicar la lectura, propiciarla porque le damos valor, darle un espacio en la vida, buscar formas de compartirla y mostrarles cómo acompaña la vida son estrategias que han demostrado que funcionan. La clave está en leer juntos, en compartir lecturas, en conversar sobre libros.

El lugar de la lectura no es un altar al que se le rinde reverencia. Los lugares son la cocina, el baño, la sala de casa, donde leer forma parte de la rutina. Queremos que los libros sean parte de nuestra vida. Por eso cuando se pueda hay que, además de ir al mercado, ir a la librería o a la biblioteca a ojear libros. 

Un abuelo, sí. Nelson Ramos. Ilustraciones de Ramón París

Si es posible, no dejemos de explicitar el valor sentimental y cultural que los libros tienen para nosotros. En el caso de Ekaré, existen ya varias generaciones que han leído los cuentos. Ya tenemos abuelos que leyeron de jóvenes La ratoncita presumida. Nos sigue resonando sabroso. Las historias son también un legado que se transmite: “Te estoy leyendo este libro porque tu abuela me lo leía y a mí me encantaba cuando era niña”.


La lectura en vo
z alta 

La lectura en voz alta es una forma muy buena para compartir lecturas. Estos días pueden ser una oportunidad para recuperar esa intimidad con los niños más grandes. Cuando los niños aprenden a leer independientemente, en lugar de encontrarse con una gratificación, se ven privados de la lectura compartida. Y eso es algo que algunos resienten. Como ya lees solo, ahora nadie te lee y se pierde ese momento de placer compartido. Hay que seguir acompañando al niño lector y seguir haciendo lecturas compartidas. Leerlo tú, como adulto, o que lean ellos, un párrafo, un capítulo, preguntarle lo que le preguntarías a un amigo: “¿está bien escrito?, ¿por qué te gusta?, ¿qué estás leyendo?, léeme un párrafo a ver si me engancho”. Y compartir no tiene que ser en una sola dirección en la que el adulto es siempre quien recomienda; es posible que ahora tengamos más tiempo para leer esas obras que nuestros hijos han leído de forma independiente.

Compartir lecturas leyendo en voz alta, tal como se hace en pareja, es algo muy agradable, íntimo y de gran carga emocional. Esa práctica no se debe perder y no se debe privar de ella a los que leen independientemente.

Por otro lado, la lectura antes de dormir suele ser una lectura tranquila que reafirma, y da paso a la noche y sus inseguridades. Ahora tenemos la oportunidad de leer a otras horas y podríamos probar lecturas más activas.

Hay que cultivar la resiliencia lectora. Ya hemos dicho que entrar en el universo ficcional no es fácil. Podemos ayudarlos a ser más resistentes, advirtiéndoles de las dificultades: al principio puede parecer difícil, pero hay que tener paciencia.

Intentemos darle la oportunidad a ese texto. Esto no quiere decir que no se puedan abandonar textos si nos aburren.


Adolescentes no lectores

Las novelas gráficas como Al sur de la Alameda podrían servir para que algunos adolescentes se acerquen a la lectura, por la posibilidad de leer dos códigos. O libros muy ilustrados, pero con contenidos interesantes, como por ejemplo, Animales domésticos, un libro con mucho humor, a veces cáustico, pero muy fino. 

Álbumes como Zorro que, a pesar de ser muy corto, despliega un drama shakesperiano, sobre la envidia y los anhelos. Es desgarrador. Los buenos álbumes pueden ser motivadores para leer. 




Explorar los límites


No hay que tener miedo a que los niños exploren límites con las historias. ¿Qué pasaría si se traspasa ese límite? Límites que en la vida real no sería deseable traspasar, se pueden vulnerar con la literatura. Así podemos ver qué sienten los personajes en situaciones complicadas, de manera segura. Esas experiencias literarias nos pueden ayudar a gestionar los miedos y las ansiedades.

A través de las historias exploramos la enfermedad, la muerte, la relación con los otros, con los compañeros de clases, con los que nos caen bien, con los que nos molestan... Nos enseña a mirar dentro. A mirar lo que sentimos.

Así los libros se transforman en espejos o en ventanas. Mirar nuestras reacciones ante lo narrado y ver cómo la resuelven los personajes. Todo aparece codificado en las historias, en los cuentos de hadas y también en las historias contemporáneas: el protagonista pudo salir airoso de una situación difícil, tal vez necesitó de la ayuda de los demás, tal vez lo hizo trabajando en grupo o gracias a su fortaleza y perseverancia.


El aprendizaje narrativo

Para aprender a pensar los niños necesitan narraciones sólidas, con un comienzo, un desarrollo y un desenlace. La lectura en pantallas diversas con sus hipervínculos y recorridos por demanda no ofrece la coherencia y cohesión que permite que una buena historia se instaure en la memoria. 

Ekaré, significa historia o narración y como editorial nos importa eso: que la historia sea sólida, que esté bien ensamblada y articulada. Recomiendo todo el catálogo de Ekaré en ese sentido. Bien sea de humor o drama, está la intención de contar una buena historia.

El álbum da la oportunidad a los niños de tener agencia como lectores. Leer antes de leer. 


Finales tristes y temas variados

Las historias no tienen por qué terminar siempre bien. A veces la exigencia narrativa no permite el final feliz. Y eso importa. La verosimilitud es muy importante y no debe ponerse en riesgo por transmitir un mensaje optimista. Pero que un final no sea feliz, no quiere decir que deba ser nihilista o desesperanzador. En general, los buenos libros para niños ofrecen una rendija de esperanza. Incluso, algo tan frágil como la posibilidad de que la vida continúe. Casi todos los temas pueden ser tratados, si la historia es buena y el tema es bien abordado puede ser una manera de comprender el mundo en el que nos movemos y las posibilidades que este ofrece.


La lectura en tiempos difíciles

Nos toca hacer las conexiones entre vida y libros. La literatura nos habla de nuestra experiencia. Y de las experiencias de otros. Allá afuera, hay alegrías y hay bastante sufrimiento. Empatizar con las experiencias de otros nos humaniza y la literatura ofrece muchos modelos para empatizar con los personajes y sus situaciones. 

Nico y Pato. Bernat Muntés




3 comentarios:

  1. Entrar en esta página enaltece los sentidos. Hay mucho que leer, sugerencias, magníficas ilustraciones. Felicidades.

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  2. Leer historias es retroceder un tiempo y si son contadas con lenguaje vivo es volver a vivir

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