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lunes, 16 de junio de 2014

Narraciones indígenas: recontando la tradición oral


Hace 35 años, cuando Ediciones Ekaré fue fundada, una de sus principales intenciones era publicar libros que reflejaran paisajes, personajes y tradiciones con las que los niños venezolanos y latinoamericanos pudieran identificarse. Así surgió la colección Narraciones Indígenas: historias de la tradición oral indígena adaptadas al libro álbum. Tomados de las etnias venezolanas pemón, wayúu y warao, los relatos escogidos para esta colección tienen en común estructuras sencillas que suelen explicar el origen del mundo o elementos de la naturaleza: por qué los cocuyos o luciérnagas tienen luz en su cola, cómo el tigre consiguió sus ojos amarillos, por qué a los conejos les tiembla la nariz…

El texto fundacional de Ediciones Ekaré (Caracas, 1978) da testimonio de 'Narraciones indígenas' como la primera colección de la editorial y establece lineamientos gráficos y tirajes para la misma que aún hoy en día se mantienen.


Verónica Uribe y Carmen Diana Dearden, fundadoras de Ekaré, fueron las encargadas de seleccionar estas historias entre el acervo de más de 30 etnias venezolanas. Muchas ya habían sido recopiladas por investigadores como Fray Cesáreo de Armellada, en el caso pemón, y Ramón Paz Ipuana en el caso wayúu. En las palabras de Verónica Uribe:
“Aun siendo muy locales, las historias que escogimos lograban universalidad. Queríamos textos atractivos, novedosos, sin rastro de paternalismo o didactismo. La tradición oral fue entonces, y sigue siendo, una fuente importante y siempre gratificante en nuestro trabajo editorial”.
El verdadero reto consistía en transformar las historias originales en libros ilustrados de alta calidad. Hoy en día, los lectores han hecho suyas las Narraciones indígenas y su existencia como colección ha contribuido a un reconocimiento de las etnias y al rescate de su tradición oral.

lunes, 14 de julio de 2014

El Burrito y la Tuna: de la literatura oral a la palabra escrita

La literatura indígena en Venezuela, y en gran parte de Latinoamérica, ha sido de carácter oral, fijándose en la memoria de sus participantes y cultores en lugar de soportes escritos. La colección de Narraciones indígenas tomó historias que habían sido recogidas por investigadores como Fray Cesáreo de Armellada y Ramón Paz Ipuana, y las adaptó al formato del álbum ilustrado. Sin embargo, la tarea no era nada fácil: había que encontrar la manera de mantener el espíritu de las narraciones originales, creadas en función de la oralidad.

Como género, la tradición oral ha modelado la transmisión de saberes e historias de los pueblos al pasar de una generación a otra y es, a su manera, la bisabuela de todas las literaturas. Los mayores se las contaban a los más pequeños, y los viajeros las repetían adonde llegaran. La naturaleza del formato oral propone una adecuación constante a las circunstancias de transmisión. Apunta Ana Pelegrín:
"Denominamos literatura de tradición oral a la palabra como vehículo de emociones, motivos, temas, en estructuras y formas recibidas oralmente, por una cadena de transmisores, depositarios y a su vez re-elaboradores".
La fijación a la palabra escrita supuso entonces una gran exigencia. Una de las editoras de 'Narraciones Indígenas', Verónica Uribe, afirma:
“Nos hicimos muchas preguntas: ¿Podíamos traducir con fidelidad, no solo a otra lengua, sino a la palabra escrita, la sutil y evanescente literatura oral de pueblos con culturas tan diferentes a la nuestra? ¿Cuán fieles eran las versiones que habíamos tomado como fuente para nuestros libros? ¿Era completamente confiable el criterio de los antropólogos y folkloristas consultados? Muchos no estaban de acuerdo entre ellos y algunos descalificaban el trabajo de otros. ¿Cuán fidedignas eran las versiones recogidas de los informantes? Porque muchas veces, los indígenas, percatándose de la curiosidad de los investigadores, les tomaban el pelo. Por ejemplo,  a un antropólogo que quería saber dónde habitaba el ‘dios’ de los guajiro, el informante le contestó que en Caracas. Y a un fotógrafo belga que quería hacer un libro acerca de los yanomami, ‘los hijos de la luna’, le cobraban por pintarse para la guerra o por encaramarse a una palmera a recoger el fruto del moriche”.
A partir de las historias recopiladas por estos investigadores, se inició una adaptación en base al formato del libro álbum infantil. Podemos ver algunos registros de cómo se realizó este proceso en un folio original con la transcripción en wayuunaiki de El Burrito y la Tuna, y una posterior traducción, edición y corrección del mismo relato.



Para las adaptaciones se tomaron en cuenta no sólo las características de longitud y estructura de los libros álbum; las editoras se nutrieron de su propia experiencia recontando la historia en el programa de Bibliotecas del Banco del Libro y observando la respuesta de los niños. También, en el caso de las historias pemón, se tomaron las sugerencias de un habitante de Kamarata. Al final de cada libro, se añadió una nota etnográfica junto a un pequeño glosario, por sugerencia del antropólogo Luis Urbina. Como resultado, la colección logró conservar la esencia de la tradición oral, y aportó un nuevo ingrediente narrativo: la ilustración.

viernes, 20 de junio de 2014

Fray Cesáreo de Armellada y las Narraciones Indígenas

Fray Cesáreo de Armellada fue un misionero e investigador de la literatura oral pemón. Algunas de las historias que recopiló fueron llevadas al libro álbum por Ediciones Ekaré: El Rabipelado Burlado, El Tigre y el Cangrejo y El Tigre y el Rayo. En su correspondencia con las editoras, solía enviar largas misivas escritas con su bella caligrafía y acompañadas de estampitas de San Francisco de Asís.


A continuación se transcribe una carta enviada a Ediciones Ekaré en 1978 a propósito de la publicación de las Narraciones indígenas:
"[...] Mi mayor deseo es que tengan éxito en estas tareas de acomodación, ilustración y divulgación de las narraciones indígenas. Tales tareas redundan en bien de nuestros indios, cuya imagen se mejora en el público lector; y también redunda en honor de quienes hicimos el esfuerzo de estudiar sus lenguas y sus creaciones literarias. Ambas cosas se las agradezco en mi 'condición' de Padre Indio, con que soy conocido y que mucho me agrada".


Fray Cesáreo de Armellada


Nació el 1 de febrero de 1908 en Armellada, España. Su nombre de pila era Jesús María García Gómez. A los quince años se comenzó a preparar para sacerdote y a los veintitrés años se ordenó como padre capuchino.

En 1933, con veinticinco años, fue enviado como misionero a Upata, en Venezuela. Desde Upata, Fray Cesáreo se trasladó a la Gran Sabana para convivir con los indígenas locales y se estableció en Santa Elena de Uairén. El llamado “Padre Indio” permaneció en estas tierras hasta 1943, explorando la región y conociendo a sus habitantes. Durante todo este tiempo realizó sus recorridos a pie y llevando cargas en su espalda, o bien en precarias embarcaciones navegando los afluentes del río Orinoco, muchas veces aquejado por el paludismo. Entre las excursiones que realizó se cuentan las de Kamarata, Kavanayén y Tucupita, en Delta Amacuro. Da testimonio de estos viajes en el siguiente comentario:
"Viajábamos a un lugarcito de indios. De allí, íbamos a otro lugarcito de indios que estaban bastante separados, un día, dos días de viaje... Pero lo hacíamos a nuestro gusto, a nuestro placer y gozábamos mucho de esa región que tiene buen clima, muchísimos ríos, muchísimas cascadas, muchísimos cerros bellísimos".
Dedicó su vida al estudio sistemático de la lengua pemón y a la recopilación de su cultura y tradición oral. Además del pemón llegó a hablar otras cinco lenguas indígenas con fluidez. Su labor de investigación ha sido fundamental en el rescate de los mitos, costumbres y riqueza lingüística de los indígenas en Venezuela. Llegó a publicar al menos una docena de libros entre los que cabe destacar “Gramática y diccionario de la lengua pemón” y “Taurón Pantón I y II”.

Los indígenas le tenían en muy alta estima y le permitieron vivir entre ellos como uno más, dándole el nombre de “Padre Indio”. Él mismo se creó el pseudónimo “Emasensen Tuari”, con el que firmaba algunos escritos, y que significa “el pobre corresenderos”.

En 1943 se trasladó de vuelta a Caracas por orden de sus superiores. Entre sus labores posteriores, fue Director de la revista "Venezuela Misionera", Director del Archivo Arzobispal de Caracas, académico de la Academia Venezolana de la Lengua y Director del Centro de Lenguas Indígenas de la UCAB. En 1965 se tituló como Periodista por la Universidad Católica Andrés Bello, siendo el estudiante más longevo en graduarse para su momento. Mereció, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Cultura Popular Aquiles Nazoa en 1995. Falleció en Caracas en 1996 y sus restos fueron trasladados al Santuario de Kavanayén, una comunidad pemón.

jueves, 28 de marzo de 2019

Tan lejos, tan cerca: sobre cómo nació Veo, veo. ¿Qué ves?

La colección de libros de arte Veo, veo. ¿Qué ves? invita a explorar imaginarios que muchas veces se dan por sentado porque están en nuestro día a día, presentes y a la vista, pero no siempre se registran en libros de arte ni en los libros para niños y jóvenes. María Francisca Mayobre, editora y directora de Ekaré durante diecinueve años, nos cuenta el desarrollo de esta colección.

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie en "El peligro de la historia única" (Random, 2018) nos cuenta acerca de su proceso creativo y de cómo descubrió su voz autoral:
“Cuando hacia los siete años empecé a escribir cuentos, que ilustraba con lápices de cera, escribía exactamente el mismo tipo de historias que leía: todos mis personajes eran blancos de ojos azules, jugaban en la nieve, comían manzanas, hablaban mucho del tiempo y de lo delicioso que era que saliera el sol. Ahora bien, eso sucedía a pesar de vivir en Nigeria y nunca había salido de allí. Nosotros no teníamos nieve, comíamos mangos y nunca hablábamos del tiempo porque no hacía falta. Lo que esto demuestra, creo yo, es lo impresionables y vulnerables que somos ante una historia, sobre todo de niños. Como solo había leído libros con personajes extranjeros para mí, me había convencido de que los libros, por naturaleza, debían estar protagonizados por niños extranjeros y tratar de cosas con las que no podía identificarme. Todo cambió cuando descubrí los libros africanos.”
Es curioso, o quizás no tanto, que estas palabras de la autora nigeriana me puedan sonar tan familiares, a mí que soy venezolana. Tan lejos, tan cerca: África-Nigeria y América Latina-Venezuela y Colombia. Las similitudes y diferencias entre estos países y continentes son a veces obvias, y a veces no tanto, pero no es el momento de ahondar en eso.

Chimamanda Ngozi Adichie justo comenzaba a leer y a escribir precozmente en los años 80 al mismo tiempo que Ediciones Ekaré se constituía como editorial y comenzaba a publicar sus primeros libros. En la pujante Venezuela petrolera de las décadas de los 70 y 80 las mismas inquietudes que plantea la autora nigeriana en su conferencia fueron un motor para muchos proyectos culturales, entre ellos la línea editorial de Ediciones Ekaré. Mi hermana y yo tuvimos la suerte de crecer con libros de Ekaré y, por ende, desde niñas nuestras referencias textuales y visuales fueron, en cierta medida, venezolanas y latinoamericanas. Margarita, el rey y hasta Jesucristo eran imágenes cercanas y afines en medio de los versos modernistas de Rubén Darío, que desde Nicaragua proyectaba su voz a París.

Los libros de la colección Narraciones Indígenas, con sus leyendas, zamuros, tepuyes, pemones y jaguares se inmortalizaron en los libros de Ekaré, se distribuyeron a nivel masivo primero en Venezuela y después en el resto de América y así pasaron a formar parte de nuestro imaginario. No hay discusión: estos libros, sus historias y sus imágenes han sido transmitidas de generación en generación y, hoy en día, forman parte de nuestro inconsciente colectivo como nación y como región. Se ha logrado una sólida transmisión cultural a partir de ellos y, sin duda, nos han permitido reconocernos en nuestras historias, contarlas y contar a partir de ellas una parte de lo que somos.

Ya de "grande", trabajando como editora de Ediciones Ekaré, me tocó enfrentarme a una extraordinaria crisis en Venezuela, una situación que poco a poco fue mellando todas las áreas. La educación y la cultura no han estado exentas. La creciente conflictividad política y la avasalladora problemática socioeconómica fue corroyendo todo. El equipo de Ekaré del siglo XXI tuvo que hacerse cargo de la resistencia y convertirse en cancerbero de un legado cultural. La economía y la emigración masiva fueron los peores enemigos. Ekaré tuvo el don de la transformación para lograr convertir esas vicisitudes y contradicciones en fortalezas encarnadas en equipos editoriales en España y Chile, así como otros aliados incondicionales en otras ciudades del mundo. La solidez de un catálogo consistente, de gran calidad y con una voz auténtica, así como un equipo temerario y comprometido, lograron consolidar (y, por qué no, salvar) a Ekaré fuera de Venezuela.

Mientras, desde Caracas, partía una nueva diáspora. Muchos de los escritores e ilustradores optaban por irse del país, otros quedaban sujetos a una precaria supervivencia económica que dificultaba e impedía el desarrollo de su trabajo y, más aún, la formación. Ekaré siguió realizando proyectos con aquellos que iban quedando y a la vez buscando nuevas ideas. Entonces, cerca de 2010, volcamos nuestra mirada hacia las artes plásticas.

Primero fueron los libros de la colección Imágenes de mi ciudad, que nos abrieron todo un mundo de posibilidades e imaginarios a partir de las artes plásticas: los grabados de los cronistas, los pintores viajeros, los pintores del Círculo de Bellas Artes, los caricaturistas, los fotógrafos, los artistas renombrados de finales del siglo XX y los pintores naíf o primitivistas desconocidos. Luego, al editar el libro de Gego, Ana Palmero y yo constatamos que a partir de las imágenes de los artistas venezolanos había muchas historias que contar y mirar. Se nos había abierto un camino en torno a un imaginario muy diferente al del arte occidental que estamos tan acostumbrados a encontrar en los libros y las aulas como referencia.

Más por probabilidad que por azar, nos topamos con Socorro Salinas. El trabajo de esta artista autodidacta nos cautivó de inmediato. Cuando la descubrimos ya había fallecido. Solo nos quedaba su obra para elaborar un proyecto.


Queríamos publicar un libro para el catálogo de Ekaré, pero no sabíamos qué vuelta darle. Nos tomó mucho tiempo encontrar un camino. Sabíamos que trabajar con obras de arte supone un esfuerzo titánico: permisos, derechos, herederos, fotografías de alta calidad, acervos, altos costos y limitaciones inherentes a las características y uso de las obras. Felizmente, la obra de Socorro había sido debidamente cuidada, conservada y fotografiada por la directora del Museo de Arte Popular Bárbaro Rivas, Carmen Sofía Leoni, y por la Fundación Bigott, instituciones pilares de la conservación y desarrollo del arte popular en Venezuela. Ambos nos dieron todo su apoyo. Entusiasmados con el proyecto, nos ayudaron con mucho más de lo que hubiésemos soñado.

Luego de muchas vueltas e intentos de consolidar un proyecto editorial, siempre obsesionadas con la mirada y la apreciación de las obras de forma profunda y lúdica, optamos por el juego del veo, veo. Esta aproximación nos facilitaba la excusa para exponer las obras en un libro. Veo, veo era el artificio que nos permitía desarrollar una curaduría coherente en torno a las obras y convertir el libro en un museo ambulante y accesible para muchos. También daba la oportunidad de que el lector-espectador pudiese asomarse a la obra desde su totalidad (tan lejos) hasta atisbar el más mínimo detalle (tan cerca).



Los cuadros de Socorro se exhiben en el libro, desplegados a doble página, antecedidos por unos sencillos versos y pictogramas que nos anticipan lo que vamos a encontrar (o buscar) en las obras. En cada una de esas imágenes también nos encontramos con nosotros mismos, con lo que somos y lo que nos rodea; o en su defecto, reconocemos al otro, viajamos por un país llamado Venezuela descubriendo nuevos imaginarios donde habitan el mesonero guapachoso, los enamorados, la guapetona, la sifrina, el chamito y el cara e’ tabla.

Veo, Veo. El arte de Socorro Salinas tuvo una gran acogida en Venezuela, y sorpresivamente para la editorial, también en España. De lo global a lo local, una vez más nos asombraba. Cuando presentamos el libro en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara la reacción de muchos fue inesperada y sobrecogedora. Todos aquellos que se fascinaban por el libro tenían su propio referente. Todos querían tener su propio Veo, Veo local con su artista entrañable y preferido, y de referentes propios. Han sido muchos los artistas de diversos países que se nos han descubierto a partir de Socorro Salinas. Las dificultades de poder acceder, reunir y reproducir las obras son inmensas. En América Latina muchos de los acervos de artistas plásticos, más aún de pintores populares, todavía deben ser conservados, ordenados y clasificados debidamente. Es una suerte poder reproducir la obra de alguno de estos artistas.

El azar nos llevó a que Catalina Holguín nos contara acerca de varios pintores primitivistas de Colombia. Noe León fue uno de ellos. Investigamos acerca de él y nos dejó absolutamente fascinadas.


La suerte estuvo nuevamente de nuestro lado y nos abrió el camino a su obra. El Banco de la República de Colombia acababa de hacer una imprevista adquisición de la obra de este pintor, así como un importantísimo trabajo de conservaduría, catalogación y registro. Angela María Pérez, Sigrid Castañeda y el equipo del Banco nos facilitaron el camino al libro, y fueron mucho más allá de lo que nos imaginamos. Su ayuda fue inconmensurable. Las obras del pintor Noe León estuvieron listas para una curaduría en papel en torno a un viaje por Barranquilla y Colombia. Un nuevo Veo, Veo para descubrir de lejos y a cabalidad paisajes insondables, los hombres y mujeres que somos retratados con cariño y asertividad y de cerca miles de detalles casi imperceptibles como las cucharas de palo, los mangos, las piñas y las iguanas que conforman nuestra región e identidad.



viernes, 15 de julio de 2016

El extraño mundo de Javier Sáez Castán

A propósito del reciente Premio Nacional de Ilustración 2016 que ha recibido Javier Sáez Castán en España, Pablo Álvarez, editor de Ekaré Sur, comparte un artículo sobre la obra del autor e ilustrador español, que incluye varios libros publicados por Ediciones Ekaré. 




El reciente ganador del Premio Nacional de Ilustración 2016 de España, Javier Sáez Castán, ha desarrollado una obra extensa y variada, donde destaca, sobre todo, su gran capacidad plástica y un trabajo especial sobre el uso del color. Desde Picospelosplumas y el hombre pájaro (Ediciones SM, 2000), pasando por Los tres erizos (Ediciones Ekaré, 2003), el famoso Animalario universal del profesor Revillod (FCE, 2004) o Extraños (Sexto Piso, 2014), hasta el enigmático El armario chino (Ediciones Ekaré, 2016). Extrañar la realidad, y a partir de ese ejercicio de extrañamiento elaborar, en apariencia, descabelladas narraciones ilustradas. Ese parece ser el recurso de un autor que elabora complejos e ilustrados sistemas de narración.


1. Extraños (Sexto Piso, 2014) 2. (Arriba) Animalario Universal del profesor Revillod (FCE, 2004) 3. (Abajo) Picospelosplumas y el hombre pájaro (Ediciones SM, 2000) 



La obra del español Javier Sáez Castán tiene una doble militancia, la del juego y la solemnidad; la excentricidad y la erudición. Ya no es particular que cada nueva publicación esté acompañada de un glosario, de una serie de definiciones inventadas, de frases latinas o mensajes textuales o visuales en clave insertados en medio de la narración, con el único fin de distraer o aumentar la intriga, la sospecha. Hay que dudar de su obra, mirarla con ojos de detective al tiempo que nos deslumbramos con su capacidad técnica y narrativa.

Hay una constante en los libros que Sáez Castán ha publicado en Ediciones Ekaré (Los tres erizos, La merienda del señor Verde, los tres títulos de la colección El pequeño Rey y El armario chino); se trata de un principio de extrañamiento o de modificación de la realidad, que produce un desajuste en el lector, tanto a nivel textual como de la imagen. Pese a un apego con el realismo, con una técnica que se adhiere a ciertos principios de realidad, tanto los personajes como los escenarios de estos libros están rarificados, poseen características que los hacen escapar de los principios miméticos habituales. Y es en esa representación extrañada donde radicaría la genialidad plástica del ilustrador.




El Pequeño rey, en sus múltiples facetas y habilidades –como repostero, como militar o como director musical–, constituye una interesante representación del poder y el control, de manera camuflada, suavizada, por supuesto. Este pequeño tirano, que algo se asemeja al Humpty Dumpty de John Tenniel, conserva, sin embargo, los rasgos corporales de un niño: el enterito celeste, los juguetes que lo rodean, su reducido tamaño en relación a su cabeza enorme. Hay algo de la tiranía infantil en este personaje que disfruta con el control sobre los bichos que habitan su jardín. Algunos resabios de la visión de Sendak sobre la niñez, que se advierte en la interesante entrevista que hace Art Spiegelman a Maurice Sendak y que reprodujo en formato de cómic en Meta Maus. La cuidadosa técnica utilizada por Sáez Castán hace recordar también al genio estadounidense: la plumilla, el achurado y la trama de líneas que generan luces y sombras sobre personajes que, precisamente, se construyen a partir de sus claro oscuros.








Asimismo, en La merienda del señor Verde (2007), donde el espacio monocromático se constituye como una propuesta estética, es fundamental el uso de la luz. El halo misterioso del relato es reforzado con espectros de luz y sombra dominados por un verde insistente, meloso, pegajoso como la mermelada. Esta vez, la plasticidad del libro es una cita directa a Magritte, la construcción de los personajes, el bombín, el verde de las manzanas de Magritte que en este libro inunda la página completa. La solemnidad del relato no hace sino intensificar el extrañamiento. La resolución, esa aparición fastuosa de los colores, es, a su vez, una manera de otorgar un sentido integrador al relato: la técnica y la utilización de colores tiene cierto afán democratizante y comunitario, bajo la insistencia paradojal, algo irónica, de la solemnidad, de la rigurosidad de los personajes.





Su libro más reciente, El armario chino (2016), es quizás el más enigmático y ominoso de todos. Narración compleja, en una suerte de estructura de palíndromo, diferenciado sólo por sus dos colores: el rojo y el azul. Relato en espejo que refleja, como una presencia amenazante, la misma situación en su reverso de otro color. Rojo y azul que se rechazan, pero se complementan: “No, en serio, Anna: creo que los niños no deberían tener cosas rojas. Les mete ideas raras en la cabeza”, dice un elegante Otto azul. “No, en serio, Anna: creo que los niños no deberían tener cosas azules. Les mete ideas raras en la cabeza”, indica un flemático Otto rojo. La acertada elección de los nombres, Anna y Otto, refuerzan la infinidad y sensación de abismo del relato, donde absolutamente nada queda al azar. Libro planificado hasta el hartazgo, con perfección de cirujano, donde el doble monstruoso acecha en un juego de intercambio de roles: el niño rojo se traslada al mundo azul, y viceversa. El pequeño Kurt, personaje dinámico y variable, que cambia incluso de color, traspasa las fronteras del relato al insertarse en el misterioso armario, tópico recurrente de la literatura infantil, pero esta vez utilizado como frontera de una misma realidad trastocada y que se vuelve a configurar a partir de un elemento cromático.



Javier Sáez Castán es un caso raro, como sus personajes, una de esas combinaciones que pocas veces se da en el libro ilustrado de manera tan afortunada, donde texto e imagen son concebidos por la misma mente creadora; una mente que, si se lee la obra distraídamente, pareciera perturbada, pero que no es más que el trabajo sistemático de un artista multiforme, capaz de expresar las más profundas reflexiones a través de una obra que se transforma, pero que conserva y lleva a los extremos sus capacidades plásticas y objetuales. Una obra conectada con las meditaciones de la existencia.

Texto tomado de la página web de Ekaré Sur

jueves, 24 de enero de 2013

Rubén Darío y la literatura infantil


 Rubén Darío y su experiencia con lo infantil según Carmen Bravo-Villasante

Nicaragua es tierra de poetas. No exageramos si decimos que antes de Rubén Darío (1867-1916), el gran poeta nicaragüense, no había nada en la literatura infantil y, después, todo. Los poetas como Rubén Darío son de tales dimensiones, que su sombra se proyecta sobre la tierra que le crió, cobijando toda la poesía.

Únicamente el folklore nicaragüense, alegre y pintoresco como todas las manifestaciones iberoamericanas, existía por los niños. El niño Rubén, sin duda, escuchó los cantares y corridos de su país, y oyó también la literatura que transmitían los viejos a los jóvenes, y guardó en el recuerdo los relatos de Juan Bueno y Juan Bobo, hasta que empezó a leer los libros españoles y se entusiasmó con los versos de Zorrilla y los poemas de Espronceda, y más tarde, con Campoamor y Núñez de Arce, maestros de su juventud y de muchos niños nicaragüenses, que además se habían instruido con las fábulas de Iriarte y Samaniego.

En el libro de La vida de Rubén Darío escrita por él mismo, entre los recuerdos del poeta está el de su tío-abuelo, el coronel Ramírez. "Por él aprendí pocos años más tarde a andar a caballo, conocí el hielo, los cuentos pintados para niños, la manzanas de California y el champagne de Francia". Todos ellos extraordinarios, al parecer del pequeño, porque si no había visto nunca el hielo, ni las hermosas manzanas o la bebida exquisita, tampoco le era familiar literatura infantil impresa tan divertida como la de Rafael Pombo, al que, sin duda hace alusión en los "cuentos pintados".

Y poco después añade, al hacer inventario de sus lecturas infantiles y de los cuentos que oyó: "Me contaban cuentos de ánimas en pena y aparecidos, los dos únicos sobrevivientes: la Serapia y el indio Goyo", y refiere cómo la madre de su tía-abuela le hablaba de un fraile sin cabeza, de una mano peluda que perseguía como una araña. Todos le infundían miedos con tradiciones y consejas extrañas, que le producían pesadillas.

"En un viejo armario encontré los primeros libros que leyera. Era un Quijote, las obras de Moratín, Las mil una noches, la Biblia, los Oficios de Cicerón, la Corina de Madame de Stäel, un tomo de comedias clásicas españolas y una novela terrorífica de no recuerdo qué autor, La caverna Strozzi. Extraordinaria y ardua mezcla de cosas para la cabeza de un niño". Como el champagne y la literatura infantil.

El niño precoz que fue Rubén Darío hacía versos, que encerraba en una granada, y cuando pasaba la procesión del Domingo de Ramos de Semana Santa, la granada se abría, y caía una lluvia de versos. A los catorce años ya era conocido en las repúblicas de Centroamérica como "el poeta niño". Él mismo nos dice cómo por esta época escribía artículos políticos en el periódico La Verdad, de León, y cómo se encantaba "con la cigarrera Manuela, que, manipulando sus tabacos, me contaba los cuentos del príncipe Kamaralzamán y de la princesa Badura, del Caballo Volante, de los genios orientales, de las invenciones maravillosas de Las mil y una noches... Yo escuchaba atento las lindas fábulas, en la cocina, al desgranar el maíz".

Los relatos de Las mil una noches deslumbraron al niño poeta, al niño prodigio, que jamás olvidaría la magia oriental de estas narraciones fantásticas. Todavía en su artículo titulado "Parisina, Joli París" Rubén confiesa el descubrimiento asombroso de este libro: "Uno de los primeros libros que despertaron mi imaginación de niño: Las mil y una noches. Uno de los preferidos libros que actualmente releo con invariable complacencia: Las mil y una noches. Allí concebí primeramente la verdadera realeza, la absoluta, la esplendorosa. Allí se me aparecieron, allí -y en los "nacimientos" o "presepios" con Melchor, Gaspar y Baltazar-, los verdaderos reyes, los reyes de los cuentos que empiezan: "Este era un rey..." Reyes de Oriente, magos extraordinarios; reyes que tienen jardines donde vagan, libres, leones y panteras, y en el que hay pájaros de dulce encanto en jaulas de oro".

Desde entonces Rubén comienza a usar el adjetivo "milyunanochesco", neologismo de su invención; habla de una "voluptuosidad milyunanochesca", de "hechizos milyunanochescos" y el adjetivo es sinónimo de algo extraordinario, refinado, exquisito, íntimamente unido al libro que le fascina, y cuando se dirige a los niños, siempre hijos de sus amigos, rememora el acento de Las mil y una noches para sus cuentos e historias mágicas.

La literatura infantil para Rubén Darío siempre es fantasía y magia, mundo fabuloso que viene del Oriente.

Es natural que Rubén Darío sintiese la fascinación de los relatos orientales. En Las mil y una noches estaban todos los elementos caros a los elementos modernistas: fantasías sin límites, exotismo, belleza de gema, aristocratismo, y la extrañeza de lo fabuloso: cuentos de hadas y de genios, maleficio y hechizo. La literatura infantil era para Rubén un relato portentoso, aventura maravillosa o milagro religioso. La literatura infantil en el círculo mágico del poeta modernista se alimentaba de hadas, elfos, encantadores, reyes, príncipes y princesas y acontecimientos extraordinarios. Lo vulgar y lo prosáico estaban desterrado de esta literatura, y el poeta se dirigía a sus pequeñas amigas como oyentes o lectoras que podían comprender mejor que nadie todas las maravillas de sus palabras o figuraciones. Al mismo tiempo, Rubén hallaba en los cuentos antiguos de niños tantas cosas común con su credo artístico, que más de una vez aprovechaba el material que esos le ofrecían para la creación literaria de adultos. La Bella Durmiente del Bosque, la Cenicienta, las frases de Barba Azul, aparecen frecuentemente en sus relatos. 

Rubén Darío escribe explícitamente para los niños, mejor dicho, para las niñas, a quienes dedica sus poemas y baladas. Es una forma galante de dedicatoria, en aquel tiempo en que era costumbre escribir en los álbumes y en los abanicos. A las niñas, pequeñas mujercitas, dulces niñas amigas suyas, el poeta las adora y tiernamiente quiere entretener. Para la niña Margarita Debayle, hija de su amigo, el doctor Debayle, Rubén escribe el poema refulgente de orientalismo y fantasía.

Rubén Darío, como Martí, Gabriela Mistral, Horacio Quiroga, Juana de Ibarbourou, y tantos grandes escritores de Iberoamérica, enriqueció la literatura infantil al cantar y poetizar para los niños. Él, dueño de la mayor riqueza verbal que haya podido poseer nunca un poeta, sencillísimo también cuando quiere despojarse de pompa retórica y hablar muy claro, demuestra al escribir para las niñas, sus amigas, que es un verdadero poeta, como aquella verdadera princesa del guisante del cuento de Andersen, de tan extraordinaria sensibilidad.

BRAVO-VILLASANTE, C. (1967) 'Rubén Darío y la literatura infantil'. En Cuadernos Hispanoamericanos, pp. 529-535. Madrid: AECID.

miércoles, 27 de febrero de 2019

Las visitas de Nani: ¿ha llegado un extraño?

¿Cómo sabe un editor si un libro pertenece o no a su catálogo? ¿Es este último una estructura inamovible o, por el contrario, se trata de un cuerpo vivo y orgánico que crece y se reinventa? Cecilia Silva-Díaz, editora de Ekaré, docente, investigadora y coordinadora del Máster en Libros y Literatura para Niños y Jóvenes de la UAB; nos habla de cómo una historia puede ser el reflejo de la vida y dinamismo del catálogo de una editorial.

Las visitas de Nani es la historia de una familia sindh procedente de una zona de la India que hoy pertenece a Pakistán. La convulsión política y económica que condujo a la separación de los dos países obligó a los abuelos a migrar. Con los años, la familia acaba dispersa en lugares muy distantes: Casablanca en Marruecos, Accra en Ghana, Demarest y Los Ángeles en EEUU, Madrid, Pune en India… En cada una de sus visitas a los hijos y nietos, Nani, la abuela viajera, se las ingenia para transmitir los rituales, historias, recetas y rutinas propias de su cultura de origen.

Karishma Chugani va desplegando la saga familiar, valiéndose de texto y cautivadoras miniaturas que iluminan y expanden la narración. Es una historia del ámbito doméstico, pero está cargada de referencias culturales. De manera que a las celebraciones, recetas, mantras, historias de dioses, fechas patrias, y trajes, propios del hinduismo sindh; se suman rituales musulmanes, figuras y telas africanas y elementos de la cultura pop como Los Beatles, Jurassic Park o el Ipad. 

Los lectores están invitados a entrar en el espacio íntimo en el que transcurre la vida familiar, con las tristezas y las risas; los nacimientos y las partidas. El resultado es un libro festivo, discreto, colorido y también exótico (por lo menos, para muchos de sus lectores). También es un libro auténtico. 

Esta autenticidad la percibí desde el primer momento, cuando Karishma y yo nos reunimos por primera vez con un chai (té especiado) entre las manos y muchas páginas de bocetos, dibujos, anotaciones y preciosas miniaturas de las que solo podía desviar la mirada atraída por el aroma a galletas y especias que despedían “Las famosas Nankathais de Nani” (las recetas del chai y las galletas están en el libro). Es un libro que nace del amor y esconde el gesto que lo agradece.

En Ekaré, nos encantaba el proyecto, pero tuvimos muchas dudas sobre si debíamos publicarlo. Nunca habíamos hecho un libro así, y, sobre todo: ¿cómo podía una editorial que había nacido con el ánimo de hacer libros latinoamericanos incorporar al catálogo una historia sindh, que percibíamos como exótica? ¿por qué publicar un libro tan particular y, en apariencia ajeno, como Las visitas de Nani?


Voy a intentar dar respuesta a estas preguntas. 

Un amigo lector dice que, así como los escritores de ficción están obsesionados con el narrador, los editores lo están con el catálogo. Estoy de acuerdo. Los editores piensan constantemente en su catálogo, lo contemplan e imaginan cómo hacerlo crecer. Un catálogo es el medio por el cual se expresa un editor. Por eso, cuando llega una propuesta, no solo toca valorarla en sí misma, también hay que preguntarse si es o no adecuada dentro del catálogo. Algunos títulos se ajustan al catálogo como el zapato de Cenicienta. Otros, encajan un poco menos: tienen salientes, protuberancias, que sobresalen del conjunto. Pueden llegar a ser ese rasgo distintivo en una anatomía sin sorpresas, como lo es una nariz grande en un rostro armónico. Crear un catálogo es crear un cuerpo coherente, con sus miembros, extremidades y rasgos particulares, pero un cuerpo natural, que crece orgánicamente; nunca algo monstruoso, nunca un encorsetado frankestein. 

Preguntarnos sobre cómo encajaba Las visitas de Nani en el catálogo nos ha hecho pensar sobre el recorrido de Ediciones Ekaré. Sin abandonar la vocación latinoamericana y las raíces venezolanas, la editorial ha ido cambiando debido a su propio recorrido. Por motivos políticos y logísticos, parte de la actividad central en Caracas, ha tenido que mudarse a Barcelona. Somos una editorial latinoamericana que, como Nani, trajimos en nuestras maletas un catálogo que reflejaba nuestra cultura de origen, un catálogo que sigue vivo y creciendo y que continúa empeñado en la transmisión cultural de nuestra y de todas las culturas particulares. Con el tiempo hemos ido incorporando autores y asimilando rasgos culturales del entorno. Somos una editorial barcelonesa, una editorial española, somos una editorial de inmigrantes y seguimos siendo una editorial caraqueña, venezolana, latinoamericana.

En un plano más personal, la historia y la familia de Nani, no son muy diferentes a la historia de mi familia dispersa por el mundo. Nani me recuerda a mi abuela, quien heredó de su padre la inevitable tentación de celebrar cada pequeña cosa de la vida con una comida y una reunión familiar en la que, como en la mesa de la familia sindh, había muchos platos e incluso, una botella de whisky del caminante.

También me recuerda a mi mamá, que visita semanalmente a sus nietos desde la pantalla de un ordenador, y que, cuando puede, viaja a Lisboa, Nueva Delhi o Bogotá con sus maletas llenas de casabe (pan de mandioca de los indígenas), torontos (chocolates venezolanos) y los libros de narraciones indígenas de Ekaré. Como ella, hay muchas abuelas venezolanas cargadas de maletas en las que viajan pedazos de su cultura que quieren compartir. Mi madre no es la única, un grupo de WhatsApp de mujeres venezolanas que han dejado su país se llama “Las abuelas de la maleta”.

Si un catálogo es reflejo de un editor, Las visitas de Nani, en su aparente exotismo, nos hace pensar en lo que hemos vivido y nos sirve de presentación. Es un libro que encaja en el catálogo y que a la vez muestra caminos posibles en los que sigue estando lo esencial. 

Este año Ediciones Ekaré celebra cuarenta años. Dicen que a los cuarenta conservas mucho de esa frescura y osadía juvenil (que no debe perderse nunca), y a la vez tienes la madurez y experiencia para saber quién eres y qué es lo que te ha acompañado siempre. 

Entiendo que la vida humana y la de las empresas y los sueños tienen tiempos diferentes, pero la analogía sirve para explicar cómo la aparente osadía editorial de publicar una obra como Las visitas de Nani, si se piensa en relación a un catálogo, se percibe como un acto consecuente, expresivo y auténtico, un acto casi íntimo.


Imágenes de la exposición "Las visitas de Nani: un viaje al interior de un libro de viajes", de Karishma Chugani,
en la librería Panta Rhei de Madrid (febrero de 2019
)

viernes, 1 de mayo de 2020

Una oportunidad para la lectura profunda

Leer es una práctica y la situación de confinamiento por la Covid-19 nos ofrece una oportunidad para retomarla. Cecilia Silva-Díaz, editora de Ekaré, docente, investigadora y coordinadora del Máster en Libros y Literatura para Niños y Jóvenes de la UAB; conversó con Trina Oropeza, fundadora y directora de IMAGO Art in Action, sobre la lectura en tiempos de cuarentena. De ese encuentro resultaron estos valiosos apuntes.

Estamos en un momento que podría ser una gran oportunidad. Una oportunidad para practicar la lectura profunda. Me refiero a esa lectura en la que nos sumergimos en un mundo ficcional y nos transportamos más allá del aquí y el ahora. Es una lectura diferente a la que hacemos cuando navegamos por las pantallas, aquí hay un orden autorizado: un comienzo, un nudo y un final.

Ingresar en un mundo ficcional no es tan fácil como la propaganda de la lectura nos ha hecho ver con sus lemas en los que leer es maravilloso, un placer, una forma de viajar y de abrir ventanas. Todo eso puede ser verdad, pero para poder leer de esta forma placentera, se requiere esfuerzo, se requiere atención, se requiere dedicación. Leer es una práctica.

Matías retrata a Penélope. Rocío Martínez

Antes de esta crisis, cuando el mundo andaba mucho más acelerado que lo que está en esta cuarentena, nos quejábamos de no poder encontrar el sosiego para leer de esta forma. En este “planeta nervioso”, como lo llama Matt Haig, en el que vivíamos antes del confinamiento, saltamos de un sitio a otro entre noticias de última hora, tuits, posts, mientras realizamos varias tareas al mismo tiempo. Como peces en un acuario, picoteamos lecturas breves respondiendo a los estímulos de las redes, la metáfora que utilizó para describir esta forma de lectura Bruno Patino en su libro La civilización del pez rojo. Estamos acostumbrados a leer mucho, pero de otra forma. Con las pantallas aprendimos a leer en diagonal, sobrevolando el texto para buscar esa pieza de información que necesitamos, deglutiendo listas rápidas, y a tener nuestra atención de forma parcial en distintos dispositivos al mismo tiempo.

Leer con profundidad implica entrar en el argumento y sus matices; en el caso de la literatura implica entrar en un mundo de ficción y dejar de lado los estímulos externos para vivir una experiencia vicaria, que es una experiencia corporal, en la que las emociones son reales y tu corazón late más rápido. Es una actividad sostenida que ocupa toda nuestra atención. Cuando lo logras es una maravilla, un viaje a otro lugar, como dirían los promotores de lectura; pero para alcanzar el disfrute, hace falta atención y eso hoy es muy difícil. La atención es un bien escaso.

La lectura atenta nos permite vivir la lectura, compenetrarnos con el mundo ficcional y también tomar distancia para analizarla. Atender de esta forma cuesta mucho. El confinamiento puede ser la ocasión para darle una oportunidad a esta forma de lectura.

En este momento hay una sobresaturación de ofertas en pantalla para los niños: la escuela, las clases de piano y gimnasia y las múltiples opciones de ocio audiovisual, ocurren en línea. Noto cierto cansancio ante la vida virtual. Es posible que esta circunstancia ayude a reencontrarse con los libros y con la lectura literaria. Es posible que ahora nos haga falta más que nunca ese remanso de paz. Tal vez sea posible aprovechar este momento de tedio con las pantallas, esa sobreoferta puede darle a la lectura profunda un lugar en nuestra vida. Se trata de un lugar exquisito, diferente, apacible. 


Leer es una práctica 

Leer es una práctica como hacer gimnasia, meditar o hacer mindfulness: es algo que disfrutamos y nos hace bien, pero que si no lo preservamos y protegemos puede desaparecer de la vida arrollado por lo inmediato. Cuando quiero leer sé que tengo que crear las condiciones: apago el teléfono, me alejo de la pantalla de la computadora. Cuando no estábamos confinados, era difícil encontrar un lugar para la lectura profunda en nuestra vida cotidiana.

No se trata de obligar a leer, pero sí de proponerlo y hacerlo con convencimiento. Se trata de darle importancia e introducirlo en la rutina familiar, como la ducha o la cena.

Incluso en estos días que estamos más disponibles, estaría bien dedicar algún momento para la lectura en familia. Si queremos ayudar a los niños a leer de esta forma, tenemos que estar convencidos de que vale la pena. Y esto sin sermones, ni solemnidad.

El escritor inglés Aidan Chambers dijo una vez que si fuera ministro de educación, pasaría una ley en la que todas las escuelas estuvieran obligadas a leer durante quince o veinte minutos al día. No sólo los niños. Todos: el cocinero, el secretario, el jardinero y los maestros. Es una idea que ha dado buenos resultados.
Miguel Vicente Pata Caliente. Orlando Araujo. Ilustraciones de Morella Fuenmayor 

¿Por qué no copiamos la idea y establecemos un momento diario de lectura en casa? Si logramos leer en familia, cada uno su texto, después podremos comentarlo en la mesa: ¿Por qué elegimos este libro? ¿Lo recomiendas? ¿Me lo prestas? Se trata de abrir un espacio a la lectura en la rutina de la casa: una lectura sin ninguna otra expectativa que no sea la del disfrute y la posibilidad de compartir. De estos momentos surge el placer de leer, del hábito lector.

Todo depende de la edad y de la capacidad lectora de los integrantes de la familia. 

Pueden ser quince minutos o una hora, pero mejor quince minutos acordados y a gusto que una hora obligada. No se debe pedir nada a cambio. No hace falta un resumen, ni necesitamos comprobar que los niños comprendieron lo leído. No hace falta preguntarles a los niños retóricamente si les gustó o qué entendieron. Esa necesidad de controlar de los adultos quita las ganas de leer.

Hay que pensar en los terapeutas, aquellos que buscan generar una reflexión interna, personal: ellos hacen pocas preguntas, puntuales y precisas. En vez de preguntar, se trata de dejar un canal abierto para hablar sobre lo que leemos. La mejor manera es abrir ese canal con nuestras palabras. En lugar de pedirles a los niños que hablen sobre los libros, podemos servir de modelo hablando nosotros.

Explicarles, por ejemplo, por qué elegimos leer ese libro, hacer referencia a las historias en las conversaciones de la vida diaria, hacer conexiones entre el cuento y la vida, hablar sobre libros y sobre las emociones que te han generado, recordando si un personaje se parece a algún miembro de la familia, trayendo alguna frase o alguna situación a la vida. Por ejemplo, en nuestra familia, ante los obstáculos repetimos la frase: “Por arriba no podemos pasar, por debajo, no podemos pasar. Ni modo, lo tendremos que atravesar” de Vamos a cazar un oso. Todo esto abre el canal y muestra que lo que pasa en las historias tiene que ver con la vida. No podemos esperar que desde el principio nuestros hijos hagan estas conexiones entre la literatura y la vida, pero si introducimos la práctica de lectura y servimos de modelo sobre cómo hablar naturalmente de los libros, poco a poco las conversaciones serán más ricas y espontáneas y las historias estarán cada vez más presentes en nuestra casa.

Predicar y sermonear las virtudes de leer, sin que los niños nos vean disfrutar de la lectura es un camino inútil. En cambio, practicar la lectura, propiciarla porque le damos valor, darle un espacio en la vida, buscar formas de compartirla y mostrarles cómo acompaña la vida son estrategias que han demostrado que funcionan. La clave está en leer juntos, en compartir lecturas, en conversar sobre libros.

El lugar de la lectura no es un altar al que se le rinde reverencia. Los lugares son la cocina, el baño, la sala de casa, donde leer forma parte de la rutina. Queremos que los libros sean parte de nuestra vida. Por eso cuando se pueda hay que, además de ir al mercado, ir a la librería o a la biblioteca a ojear libros. 

Un abuelo, sí. Nelson Ramos. Ilustraciones de Ramón París

Si es posible, no dejemos de explicitar el valor sentimental y cultural que los libros tienen para nosotros. En el caso de Ekaré, existen ya varias generaciones que han leído los cuentos. Ya tenemos abuelos que leyeron de jóvenes La ratoncita presumida. Nos sigue resonando sabroso. Las historias son también un legado que se transmite: “Te estoy leyendo este libro porque tu abuela me lo leía y a mí me encantaba cuando era niña”.


La lectura en vo
z alta 

La lectura en voz alta es una forma muy buena para compartir lecturas. Estos días pueden ser una oportunidad para recuperar esa intimidad con los niños más grandes. Cuando los niños aprenden a leer independientemente, en lugar de encontrarse con una gratificación, se ven privados de la lectura compartida. Y eso es algo que algunos resienten. Como ya lees solo, ahora nadie te lee y se pierde ese momento de placer compartido. Hay que seguir acompañando al niño lector y seguir haciendo lecturas compartidas. Leerlo tú, como adulto, o que lean ellos, un párrafo, un capítulo, preguntarle lo que le preguntarías a un amigo: “¿está bien escrito?, ¿por qué te gusta?, ¿qué estás leyendo?, léeme un párrafo a ver si me engancho”. Y compartir no tiene que ser en una sola dirección en la que el adulto es siempre quien recomienda; es posible que ahora tengamos más tiempo para leer esas obras que nuestros hijos han leído de forma independiente.

Compartir lecturas leyendo en voz alta, tal como se hace en pareja, es algo muy agradable, íntimo y de gran carga emocional. Esa práctica no se debe perder y no se debe privar de ella a los que leen independientemente.

Por otro lado, la lectura antes de dormir suele ser una lectura tranquila que reafirma, y da paso a la noche y sus inseguridades. Ahora tenemos la oportunidad de leer a otras horas y podríamos probar lecturas más activas.

Hay que cultivar la resiliencia lectora. Ya hemos dicho que entrar en el universo ficcional no es fácil. Podemos ayudarlos a ser más resistentes, advirtiéndoles de las dificultades: al principio puede parecer difícil, pero hay que tener paciencia.

Intentemos darle la oportunidad a ese texto. Esto no quiere decir que no se puedan abandonar textos si nos aburren.


Adolescentes no lectores

Las novelas gráficas como Al sur de la Alameda podrían servir para que algunos adolescentes se acerquen a la lectura, por la posibilidad de leer dos códigos. O libros muy ilustrados, pero con contenidos interesantes, como por ejemplo, Animales domésticos, un libro con mucho humor, a veces cáustico, pero muy fino. 

Álbumes como Zorro que, a pesar de ser muy corto, despliega un drama shakesperiano, sobre la envidia y los anhelos. Es desgarrador. Los buenos álbumes pueden ser motivadores para leer. 




Explorar los límites


No hay que tener miedo a que los niños exploren límites con las historias. ¿Qué pasaría si se traspasa ese límite? Límites que en la vida real no sería deseable traspasar, se pueden vulnerar con la literatura. Así podemos ver qué sienten los personajes en situaciones complicadas, de manera segura. Esas experiencias literarias nos pueden ayudar a gestionar los miedos y las ansiedades.

A través de las historias exploramos la enfermedad, la muerte, la relación con los otros, con los compañeros de clases, con los que nos caen bien, con los que nos molestan... Nos enseña a mirar dentro. A mirar lo que sentimos.

Así los libros se transforman en espejos o en ventanas. Mirar nuestras reacciones ante lo narrado y ver cómo la resuelven los personajes. Todo aparece codificado en las historias, en los cuentos de hadas y también en las historias contemporáneas: el protagonista pudo salir airoso de una situación difícil, tal vez necesitó de la ayuda de los demás, tal vez lo hizo trabajando en grupo o gracias a su fortaleza y perseverancia.


El aprendizaje narrativo

Para aprender a pensar los niños necesitan narraciones sólidas, con un comienzo, un desarrollo y un desenlace. La lectura en pantallas diversas con sus hipervínculos y recorridos por demanda no ofrece la coherencia y cohesión que permite que una buena historia se instaure en la memoria. 

Ekaré, significa historia o narración y como editorial nos importa eso: que la historia sea sólida, que esté bien ensamblada y articulada. Recomiendo todo el catálogo de Ekaré en ese sentido. Bien sea de humor o drama, está la intención de contar una buena historia.

El álbum da la oportunidad a los niños de tener agencia como lectores. Leer antes de leer. 


Finales tristes y temas variados

Las historias no tienen por qué terminar siempre bien. A veces la exigencia narrativa no permite el final feliz. Y eso importa. La verosimilitud es muy importante y no debe ponerse en riesgo por transmitir un mensaje optimista. Pero que un final no sea feliz, no quiere decir que deba ser nihilista o desesperanzador. En general, los buenos libros para niños ofrecen una rendija de esperanza. Incluso, algo tan frágil como la posibilidad de que la vida continúe. Casi todos los temas pueden ser tratados, si la historia es buena y el tema es bien abordado puede ser una manera de comprender el mundo en el que nos movemos y las posibilidades que este ofrece.


La lectura en tiempos difíciles

Nos toca hacer las conexiones entre vida y libros. La literatura nos habla de nuestra experiencia. Y de las experiencias de otros. Allá afuera, hay alegrías y hay bastante sufrimiento. Empatizar con las experiencias de otros nos humaniza y la literatura ofrece muchos modelos para empatizar con los personajes y sus situaciones. 

Nico y Pato. Bernat Muntés