miércoles, 13 de marzo de 2019

El arte cuenta: un viaje con Noé León


Carolina Lesa Brown, especialista en LIJ, se desempeña en diversas áreas de la comunicación, la creación de contenidos y la edición para el sector editorial e instituciones vinculadas a la infancia. También, es docente y ha colaborado en diversas terapias que incorporan la literatura a tratamientos de niños con necesidades educativas especiales. Es autora del blog Cuando te presento el mundo, donde relata algunas de esas experiencias. En esta ocasión, comparte con nosotros su reseña sobre Un viaje con Noé León.

Pensemos, por un momento, en ese libro capaz de suprimir el tiempo, en esa película con el poder de moldear el corazón, o en esa pintura que obliga a las lágrimas a migrar desde el fondo de nosotros mismos hasta la orilla de los ojos. ¿Podemos decir que hemos estado ahí, dentro de la escena? ¿Cuánto de realidad hay en ese espacio imaginado abierto por la obra? ¿Conmoverse es sinónimo de desplazamiento o tal vez una paradoja de estar sin estar?


Leer Veo Veo. Un viaje con Noé León es cuestionarse la delicada línea entre lo real y la ficción. Las imágenes absorben al lector hasta hacerlo caminar por una maravillosa versión de las costas colombianas. La fuerza de la vida se dibuja en selvas tupidas, pueblos luminosos, colores intensos y una atmósfera inocente donde convive la gente de pueblo con la fauna más autóctona. Cada página, un cuadro; y en cada cuadro, los rasgos más pronunciados de la cultura colombiana se unen a un paisaje único, para crear caminos donde se topan la alegría y la esperanza.

Un viaje con Noé León se sitúa del lado de la infancia. Desde ahí, propone una lectura donde cabe el juego, el arte, el aprendizaje y la diversión. Un pequeño texto recrea la sonoridad de la escena, luego surge la pregunta: Veo veo. ¿Qué ves? Y aparece una cantidad de elementos para buscar y encontrar:

1 capitán de traje blanco
2 pájaros de alas negras
20 flores moradas… 


De lo particular a lo general, del detalle al conjunto; el libro invita a recorrer por diferentes caminos la obra de uno de los artistas naíf más importantes de Latinoamérica. Las preguntas siguen: ¿qué estrecho vínculo existe entre los colores y los números? ¿Qué historias se cuentan en la imagen? ¿Cuántas cosas quedan por descubrir?



En este álbum leer es compartir: con los demás, pues reúne todas las condiciones para una sorprendente lectura en grupo; y con uno mismo, porque sus imágenes permiten perderse para escuchar la propia voz.



Noé León nació en 1907 en Ocaña. Heredero de Henri Rousseau, es el precursor del primitivismo colombiano y uno de los mayores representantes del arte naíf. Este nuevo libro de la colección Veo Veo propone acercar su obra a los niños y niñas, pero va más allá: cada página es un portal hacia una hermosa visión del mundo. Solo falta tomar el libro entre las manos y saltar hacia ella.



miércoles, 6 de marzo de 2019

Karishma Chugani: Entrevista ilustrada

Karishma Chugani nació en Marruecos, en la ciudad de Casablanca y ha vivido en Londres, Madrid y París. En su faceta de artista y diseñadora pone especial atención en el uso de telas y papeles. Como narradora e ilustradora cuenta con varios libros propios publicados. Las visitas de Nani es su primer título publicado con Ekaré. En esta ocasión, compartimos con ustedes una entrevista ilustrada a Karishma. ¡Vean y disfruten!


¿Qué te inspira?



¿Qué te hace reír?



¿Cómo ves el futuro?




¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre?




¿Qué sueñas?



¿Ciudad o campo?



¿De dónde venimos?



¿Dónde vamos cuando morimos?



¿A qué le tienes miedo?



¿Qué no te comerías nunca? 



miércoles, 27 de febrero de 2019

Las visitas de Nani: ¿ha llegado un extraño?

¿Cómo sabe un editor si un libro pertenece o no a su catálogo? ¿Es este último una estructura inamovible o, por el contrario, se trata de un cuerpo vivo y orgánico que crece y se reinventa? Cecilia Silva-Díaz, editora de Ekaré, docente, investigadora y coordinadora del Máster en Libros y Literatura para Niños y Jóvenes de la UAB; nos habla de cómo una historia puede ser el reflejo de la vida y dinamismo del catálogo de una editorial.

Las visitas de Nani es la historia de una familia sindh procedente de una zona de la India que hoy pertenece a Pakistán. La convulsión política y económica que condujo a la separación de los dos países obligó a los abuelos a migrar. Con los años, la familia acaba dispersa en lugares muy distantes: Casablanca en Marruecos, Accra en Ghana, Demarest y Los Ángeles en EEUU, Madrid, Pune en India… En cada una de sus visitas a los hijos y nietos, Nani, la abuela viajera, se las ingenia para transmitir los rituales, historias, recetas y rutinas propias de su cultura de origen.

Karishma Chugani va desplegando la saga familiar, valiéndose de texto y cautivadoras miniaturas que iluminan y expanden la narración. Es una historia del ámbito doméstico, pero está cargada de referencias culturales. De manera que a las celebraciones, recetas, mantras, historias de dioses, fechas patrias, y trajes, propios del hinduismo sindh; se suman rituales musulmanes, figuras y telas africanas y elementos de la cultura pop como Los Beatles, Jurassic Park o el Ipad. 

Los lectores están invitados a entrar en el espacio íntimo en el que transcurre la vida familiar, con las tristezas y las risas; los nacimientos y las partidas. El resultado es un libro festivo, discreto, colorido y también exótico (por lo menos, para muchos de sus lectores). También es un libro auténtico. 

Esta autenticidad la percibí desde el primer momento, cuando Karishma y yo nos reunimos por primera vez con un chai (té especiado) entre las manos y muchas páginas de bocetos, dibujos, anotaciones y preciosas miniaturas de las que solo podía desviar la mirada atraída por el aroma a galletas y especias que despedían “Las famosas Nankathais de Nani” (las recetas del chai y las galletas están en el libro). Es un libro que nace del amor y esconde el gesto que lo agradece.

En Ekaré, nos encantaba el proyecto, pero tuvimos muchas dudas sobre si debíamos publicarlo. Nunca habíamos hecho un libro así, y, sobre todo: ¿cómo podía una editorial que había nacido con el ánimo de hacer libros latinoamericanos incorporar al catálogo una historia sindh, que percibíamos como exótica? ¿por qué publicar un libro tan particular y, en apariencia ajeno, como Las visitas de Nani?


Voy a intentar dar respuesta a estas preguntas. 

Un amigo lector dice que, así como los escritores de ficción están obsesionados con el narrador, los editores lo están con el catálogo. Estoy de acuerdo. Los editores piensan constantemente en su catálogo, lo contemplan e imaginan cómo hacerlo crecer. Un catálogo es el medio por el cual se expresa un editor. Por eso, cuando llega una propuesta, no solo toca valorarla en sí misma, también hay que preguntarse si es o no adecuada dentro del catálogo. Algunos títulos se ajustan al catálogo como el zapato de Cenicienta. Otros, encajan un poco menos: tienen salientes, protuberancias, que sobresalen del conjunto. Pueden llegar a ser ese rasgo distintivo en una anatomía sin sorpresas, como lo es una nariz grande en un rostro armónico. Crear un catálogo es crear un cuerpo coherente, con sus miembros, extremidades y rasgos particulares, pero un cuerpo natural, que crece orgánicamente; nunca algo monstruoso, nunca un encorsetado frankestein. 

Preguntarnos sobre cómo encajaba Las visitas de Nani en el catálogo nos ha hecho pensar sobre el recorrido de Ediciones Ekaré. Sin abandonar la vocación latinoamericana y las raíces venezolanas, la editorial ha ido cambiando debido a su propio recorrido. Por motivos políticos y logísticos, parte de la actividad central en Caracas, ha tenido que mudarse a Barcelona. Somos una editorial latinoamericana que, como Nani, trajimos en nuestras maletas un catálogo que reflejaba nuestra cultura de origen, un catálogo que sigue vivo y creciendo y que continúa empeñado en la transmisión cultural de nuestra y de todas las culturas particulares. Con el tiempo hemos ido incorporando autores y asimilando rasgos culturales del entorno. Somos una editorial barcelonesa, una editorial española, somos una editorial de inmigrantes y seguimos siendo una editorial caraqueña, venezolana, latinoamericana.

En un plano más personal, la historia y la familia de Nani, no son muy diferentes a la historia de mi familia dispersa por el mundo. Nani me recuerda a mi abuela, quien heredó de su padre la inevitable tentación de celebrar cada pequeña cosa de la vida con una comida y una reunión familiar en la que, como en la mesa de la familia sindh, había muchos platos e incluso, una botella de whisky del caminante.

También me recuerda a mi mamá, que visita semanalmente a sus nietos desde la pantalla de un ordenador, y que, cuando puede, viaja a Lisboa, Nueva Delhi o Bogotá con sus maletas llenas de casabe (pan de mandioca de los indígenas), torontos (chocolates venezolanos) y los libros de narraciones indígenas de Ekaré. Como ella, hay muchas abuelas venezolanas cargadas de maletas en las que viajan pedazos de su cultura que quieren compartir. Mi madre no es la única, un grupo de WhatsApp de mujeres venezolanas que han dejado su país se llama “Las abuelas de la maleta”.

Si un catálogo es reflejo de un editor, Las visitas de Nani, en su aparente exotismo, nos hace pensar en lo que hemos vivido y nos sirve de presentación. Es un libro que encaja en el catálogo y que a la vez muestra caminos posibles en los que sigue estando lo esencial. 

Este año Ediciones Ekaré celebra cuarenta años. Dicen que a los cuarenta conservas mucho de esa frescura y osadía juvenil (que no debe perderse nunca), y a la vez tienes la madurez y experiencia para saber quién eres y qué es lo que te ha acompañado siempre. 

Entiendo que la vida humana y la de las empresas y los sueños tienen tiempos diferentes, pero la analogía sirve para explicar cómo la aparente osadía editorial de publicar una obra como Las visitas de Nani, si se piensa en relación a un catálogo, se percibe como un acto consecuente, expresivo y auténtico, un acto casi íntimo.


Imágenes de la exposición "Las visitas de Nani: un viaje al interior de un libro de viajes", de Karishma Chugani,
en la librería Panta Rhei de Madrid (febrero de 2019
)

jueves, 14 de febrero de 2019

Las visitas de Nani: Una carta de amor a una abuela y a una cultura


En noviembre de 2018 presentamos en la librería Panta Rhei de Madrid el primer libro de Karishma Chugani Nankani con Ekaré: Las visitas de Nani. Para esta ocasión contamos con las palabras de Ellen Duthie y Raquel Martínez Uña, ambas especialistas en LIJ y fundadoras de la editorial de filosofía visual para niños Wonder Ponder. Compartimos con ustedes parte de lo que fue este encuentro lleno de anécdotas, abuelas y cardamomo. 

—Ellen Duthie

Es un gusto enorme y un honor presentar este libro de Karishma, que tanto Raquel como yo, como muchas de las personas que estamos aquí hoy, hemos visto crecer desde su primera semilla allá por 2012 hasta su forma actual: un libro deliciosa y cariñosamente editado que da gusto leer, tocar y mirar. 

No se sabía en 2012, con ese ejercicio de hacer una receta ilustrada con la que empezó todo, no se sabía exactamente en qué se iba a convertir. Se sabía que iba a ser la historia de Nani, de la abuela de Karishma. Pero todo lo demás estaba bastante en el aire. Qué contar, qué no contar, cómo contarlo, en qué centrarse, cómo organizar la información, cómo emprender la investigación; cómo darse permiso, como dice Karishma, para contar una historia con protagonistas vivos susceptibles de incomodarse, por ejemplo. 

Cómo darse permiso, también, imagino, para contar una historia Sindhi, cuando Karishma era ya muchas otras cosas también aparte de Sindhi. 



Y 6 años más tarde, ¿qué tenemos? 

Tenemos un libro de investigación. 

Un episodio de historia del siglo XX. 

Una biografía de una abuela. 

Un ensayo de cómo mirar a una abuela. A cualquiera, a la tuya, a la mía también. 

Un relato autobiográfico en búsqueda de una mayor comprensión de una identidad propia. 

Un libro de recetas. 

Una carta de amor a una abuela y a una cultura. 

Un libro de mitología hinduista. 

Un libro de yoga. 

Un libro que explora las fronteras entre la ficción y la no ficción y que abraza la necesidad de la ficción en la no ficción pero al mismo tiempo aplica el rigor de la investigación de una no ficción seriamente construida. 

A mí una de las cosas que más interesante me parece de este libro es el punto de vista. 

Desde el título se nos sitúa en ese punto de vista narrativo. Es un libro sobre Nani, pero es un libro contado desde el punto de vista de otra persona, a la que visita. Y el libro también nos cuenta mucho sobre esa otra persona, la primera, que nos lo cuenta y que nos presta sus ojos, sus oídos y sus recuerdos. 


Es una reconstrucción a partir de la evidencia de que en ningún momento pretende ser la reconstrucción de los hechos, sino muy marcadamente una reconstrucción de una mujer, de una presencia, por parte de otra mujer: su nieta, Karishma. Pero el enfoque de esa reconstrucción particular es riguroso. Pregunta a los primos si ellos recuerdan lo mismo, qué recuerdan ellos. Toma notas de lo que cuenta la propia Nani, su madre, sus tías. Pero nos advierte: “Esta es mi versión de la vida de Nani”. 

“Esta es mi Nani y yo soy su Karish.” Son las primeras palabras de Las visitas de Nani. 

La tercera persona y la primera persona aparecen de la mano. Y ese punto de vista durante todo el libro nos da al mismo tiempo una cercanía y una lejanía que, creo, es uno de los aciertos de cómo abordó Karishma la narración en este libro. 

El resultado es una combinación extraña, poderosa, algo hipnótica también, de la tradición oral y de la primera persona. 

El relato oral, transmitido de generación en generación se nos narra no como algo que contó una vez una tatarabuela a una bisabuela, sino como algo que le contaron a Karishma, y ella nos lo cuenta a los lectores, “tal y como fue”. La mitología se incorpora en la cotidianeidad también, se cuela en las páginas y cobra vida, no como leyendas y mitos, sino como algo que está ahí. Algo que forma parte de la vida que nos están contando. 

En la página 22 del libro, dice Karishma: “Mientras crecían, Nani les fue transmitiendo a sus hijos sus orígenes Sindhis a través de mantras, historias, música y, también, a través de su cocina.” Y eso es justo lo que nos regala Karishma a los lectores. Un relato de la cultura Sindhi a través de mantras, historias, música y cocina. 

Y nos contagia una morriña de un sitio que no conocemos. Consigue que, tras leerlo, tengamos morriña de Nani, que es una persona, pero también un sentido del lugar, unas raíces, unos aromas, una tradición que se puede llevar y materializar a partir de una maleta. 

Al final del libro, Karishma se ha convertido en nuestra Nani. 



—Raquel Martínez Uña

Nani es una historia de mujeres. Habla de las cocinas, de los sofás abarrotados de primos, de las tardes al sol en la piscina y el interior de una maleta, de espacios que tradicionalmente no se han considerado universales, dignos de la gran literatura, sino propios de la intimidad y lo anecdóticamente cotidiano, interesante solo para quien tuviera cerca esas circunstancias en particular. Y sin embargo, como decía Ellen, Las visitas de Nani logra hacerte partícipe de una vivencia del exilio y la añoranza que para mí es profundamente universal. 

Yo me voy a centrar en el estilo visual de Las visitas de Nani, un libro para leer con lupa y no solo una vez. 

El estilo de Karishma se acerca al de la miniatura, pero además, dentro de la miniatura, cada momento, cada detalle, ofrece infinitas lecturas. Por ejemplo, os invito a leer el libro mirando únicamente los árboles. O los vestidos, o fijándoos solo en los dioses que se pasean por las páginas, como si fuera el Mahabaratha, o leerlo incluso por colores: pasar las páginas y seguir el rojo con la vista. 



Cuando estábamos pensando conjuntamente en el libro, Ellen sugirió que, paralelamente a la historia de exilio de Nani, Karishma, como ilustradora de origen indio en el exilio, tal vez también había tenido que encontrar su “estilo” indio, su identidad visual india, pasando por todas las otras identidades con las que ha convivido a lo largo de su aventurera vida. Karishma cuenta que Nani fue muy flexible en la incorporación de las tradiciones culturales de Sind. Fueron su forma de mantenerse unida a sí misma en este viaje incansable que fue su vida, y de mantener unida a una familia dispersa en un mundo cambiante. Convocaba todas estas tradiciones con alegría y espíritu de celebración. 



Por eso, la Nani que nos cuenta Karishma elige todos aquellos rituales que celebran la vida, que la amplían, más que aquellos que la limitan o coartan. Y llevando el paralelismo entre abuela y nieta al estilo visual, me atrevo a decir lo siguiente: igual que la Nani de Karishma escoge con mucha libertad las tradiciones, rituales y normas de su cultura para darles un nuevo sentido en su nueva realidad, Karishma toma con flexibilidad y alegría el estilo de las miniaturas indias, pero también la tradición persa, presente en Sind, la tradición de los adornos musulmanes, las exploraciones de los artistas naifs occidentales, la levedad de trazo de muchos cómics. Convoca todo aquello que le viene bien para narrar esta biografía, autobiografía, ¿existe familiografía? o incluso road movie con un estilo entre minuciosamente documental y también detallista y fantasioso. 



Yo tenía que hablar de la vista, de las imágenes, pero inevitablemente las imágenes me llevan a hablar también del olfato. Este libro huele, no solo por la preciosa edición que le han hecho en Ekaré y los hilos de colores que parecen caramelos, sino por la paleta de colores que ha empleado Karishma y que me lleva a mercados en los que jamás he puesto un pie, a casas en las que entras y te recibe una nube de aromas entremezclados que se te archivan en esa parte reptiliana del cerebro bajo la etiqueta de “pero qué a gustito”, a rincones de la despensa donde se almacena la posibilidad de unas recetas milenarias. 

Quiero acabar leyendo un texto, que pertenece a varias de las recetas del libro. Ojo, que es muy breve e igual se nos escapa:
5 cardamomos verdes 
molidos con su vaina 
y pasados por un colador 


¿No se os acaba de llenar la nariz de cardamomo? 


miércoles, 23 de enero de 2019

Una mirada particular a partir de la cestería ye’kuana


Ana Palmero Cáceres, autora de los libros de la serie Kanwa, nos cuenta cómo el acercamiento a la cultura ye’kuana –sus cestas y su mundo en la selva amazónica– le abrió la mirada hacia un mundo insondable que la ha llevado a emprender nuevos caminos.

El mundo de los ye’kuana se me abrió tras la primera aproximación que María Francisca Mayobre (editora del proyecto) y yo tuvimos al adentrarnos en la cultura de esta etnia y específicamente de su cestería. Las complejas geometrías de sus tejidos despertaron en mí un afán por reinterpretar a través de mi propio lenguaje, como diseñadora e ilustradora, sus diseños y adaptarlos a una serie de libros que fueron “apareciendo” mientras el proyecto se iba desarrollando.

Primero fue Cuéntame del 1 al 10, después, casi sin pensarlo, Búscame y Opuestos, los tres libros que conforman la serie Kanwa.
Realizar estos libros fue un proceso de ensayo y error. En el camino fueron quedando algunas ideas iniciales y otras las fui transformando. Por ejemplo, algunos de los animales del imaginario de la cestería ye’kuana no llegaron a formar parte de estos tres libros. Los colores también cambiaron a lo largo del proceso. Hice muchas pruebas, muchas de ellas fallidas hasta encontrar el registro ideal.

La tortuga, el venado y el ciempiés fueron tres de los animales que no incluí en los libros
porque no me parecía que funcionaban bien de forma autónoma.

Cuéntame y Opuestos tuvieron muchas versiones que fueron quedando por el camino.

Dos ejemplos de los mismos conceptos del libro Opuestos tratados de forma diferente en cada una de las versiones.
Las de la derecha son las que aparecen en el libro publicado.

El tema de los colores fue bastante complejo y controversial. Quería trabajar con tonos brillantes como el amarillo y el magenta, pero después de darle muchas vueltas, pensé que las tonalidades de los libros debían mantener una conexión cromática con el mundo de la etnia ye’kuana, así que utilizamos colores afines a su paisaje y cultura: el rojo y el marrón de sus cestas, el verde por el hábitat que los rodea y el azul por el cielo y el agua de los ríos que navegan.

Versión de colores brillantes | Versión final

A la hora de imprimir, el papel kraft fue la primera escogencia porque su textura y color refería más a las materias terrosas y orgánicas tan propias del mundo de los ye’kuana, pero las pruebas de imprenta no fueron las esperadas porque los colores se desvirtuaban mucho del tono puro que se quería. Finalmente optamos por simular el aspecto del kraft sobre un papel de similar textura para mantener esa sensación orgánica que buscábamos.

Primeras pruebas de impresión sobre papel kraft.

Si hay algo que descubrí con todo el proceso de investigación y edición de la serie Kanwa es que tejer una cesta y dibujar sus patrones geométricos es un arte de gran complejidad que merece respeto y admiración. Quise trasmitir esto a niños, jóvenes y adultos convocándolos a diversas actividades donde tuvieran que aproximarse a la labor y al arte de un tejedor, en este caso del tejedor ye’kuana. Ha sido muy interesante ver como las personas se relacionan con una cultura ajena y aparentemente remota al tomar contacto con uno de sus oficios tradicionales.



La investigación realizada en torno a estos libros me ha llevado a realizar un proceso muy personal a través de la técnica del grabado. Para ello me he inspirado en sus retículas abstractas y grafismos, volviendo a interpretar sus formas y adaptándolas a un nuevo lenguaje. Es un camino que todavía transito y que sigo explorando.



“Ahora voy a tejer el tejido de mi vida”
Canto kogi



miércoles, 16 de enero de 2019

Serie Kanwa: Referencias gráficas y conceptuales


Una serie que invita al juego a partir de la ingeniosa reinterpretación de los patrones geométricos presentes en la cestería de la etnia ye'kuana, habitantes del corazón de la selva amazónica. Ana Palmero Cáceres, creadora de la serie Kanwa, habla sobre las referencias que utilizó para desarrollar los tres libros que la conforman: Cuéntame del 1 al 10Búscame y Opuestos.





Comencemos por su nombre: la editora de esta serie, María Francisca Mayobre, estuvo tanteando posibilidades con palabras de la etnia ye'kuana: ku-diada (curiara), wadenga (palabra), tlkáhede (tejer), tuna (una de las formas de decir agua), wesykitoho (juguete). Finalmente nos quedamos con kanwa, que significa cesta y encajaba perfecto con la propuesta editorial.




Los ye’kuana es una comunidad indígena que habita a las orillas y los márgenes de una serie de ríos tributarios del Orinoco, que abarcan unos 30.000 kilómetros cuadrados del territorio venezolano entre los estados Bolívar y Amazonas. Este pueblo se llama a sí mismo ye’kuana, que significa “gente de curiara”, de ye, “madera”, cu, “agua”, y ana, “gente”, aunque también se les conoce como maquiritare, de’cuana, mainongkong o mayongong. Los ríos son los que configuran y moldean su cultura y su economía. Su talento para la navegación les permitió establecerse en un amplio territorio fluvial. 


Para los ye’kuana la cultura material está estrechamente vinculada a la vida sagrada. Los utensilios que usan para la navegación, la caza y la pesca, la agricultura o los rituales, también son expresión de su compleja organización social y espiritual.



Pongamos por ejemplo, la construcción de la casa comunal, llamada atta, tiene un significado sagrado. Los atta son circulares y de techo cónico y, vistos a la distancia, parecen una gran cesta cubierta de hojas de palma tejidas. Edificar un atta equivale simbólicamente a volver a crear la gran casa cósmica, como lo hizo el creador, llamado Wanadi


Los ye’kuanas son excelentes tejedores de cestas. Las guapas son cestas que se fabrican, como el atta, desde el centro hacia los bordes. Los diseños varían según el tejedor, pero siempre se caracterizan por una geometría compleja. El color en la guapa es igualmente simbólico, y yuxtapone el rojo y el negro combinados con los tonos de la fibra natural. Esto crea un efecto de cierto cinetismo policromo. Destacan la claridad y equilibrio de sus composiciones, y la simplicidad y precisión en el tratamiento de los motivos. Esto contribuye al proceso de sintetización de lo visible.


Algunos motivos representan animales sagrados como la anaconda, el mono, los picures, los báquiros o la rana, que aparecen como personajes en sus mitos.


Los ye’kuanas han comerciado con sus cestas desde el siglo XVIII. Hoy en día venden y distribuyen directamente sus propios productos. La diversidad de los tejidos en fibras vegetales alcanza su mayor 
expresión técnica, estética y simbólica en la confección de cestas, actividad de gran importancia en el contexto sociocultural ye’kuana. 

El hilado y la textilería son tareas femeninas y el tejido de cestas, salvo las wuwas, es una actividad masculina. Los niños aprenden a tejer observando a los mayores.



Mientras revisábamos la colección de arte indígena de la Fundación Cisneros durante la investigación, hicimos una selección de grafismos, algunos quedaron tal cual los realizaban los ye'kuana y en otros casos se tomaron licencias y se reinterpretaron. 






miércoles, 9 de enero de 2019

Tradición y sabiduría: Una mirada a la cultura ye'kuana

En esta oportunidad, Ocarina Castillo D'Imperio, antropóloga, profesora titular de la Universidad Central de Venezuela, investigadora y docente en temas históricos, culturales y gastronómicos, nos lleva a conocer un poco sobre la cultura ye'kuana, etnia en la que se inspira nuestra Serie Kanwa. Un texto que nos acerca, en tono familiar, a la sabiduría y tradición de esta cultura. 


Juan Andrés casi tiene cinco años. Hijo de padres venezolanos, vive en Brickel (Florida). Con ojos de pura emoción me dice, “Abue, ¡ahora leamos Búscame!” y comienza el juego de encontrar a todos los animalitos en ese despliegue de dibujos y colores que aparece en cada página. Pero esta no es cualquier aventura, se trata de encontrar al jaguar, o la iguana, al tapir o el armadillo, esos animales propios del Amazonas que gracias a la cultura ye’kuana y a Ana Palmero Cáceres hoy pueden deleitar a nuestros niños en cualquier parte del mundo.



No es fácil conocer a los ye’kuanas, como no lo es familiarizarnos con las etnias que componen nuestra heterogénea población originaria. Son muchos años de distancia y silencio que se interponen entre ellos y nuestros niños, eventualmente interrumpidos por las fotografías maravillosas de Thea Segall y Bárbara Brändli, o por libros que nos ofrecen recopilación de mitos, cuentos y leyendas, o exposiciones etnográficas en las que algunos museos o galerías muestran su vida cotidiana, su cestería o el proceso siempre mágico, de convertir la yuca amarga y venenosa en el más noble pan: el casabe.

Área aproximada del territorio Maquiritare (ye'kuana). Mapa por Rafael Santana  |  Fotografía de María Alexandra Ocque

Durante años conocimos a esta etnia con el nombre de “Maquiritares”, la designación de “ye’kuanas” en lengua de origen Caribe, quiere decir gente de curiara, quienes habitan parte de los estados Amazonas y Bolívar donde, se dice, existen alrededor de 48 comunidades. Viven en la selva en una relación íntima con la naturaleza: con sus potencialidades, riesgos, secretos. En sus comunidades cuidan el respeto a los ancianos, fuente de la memoria y la sabiduría. Cultivan sus tradiciones y mitologías, al recrear su canto ‘Watunna’ y reencontrar en cada nuevo día el sentido de la vida de acuerdo a sus principios ancestrales y a su complejo sistema de creencias.

Conocen la naturaleza, los ríos, las plantas, los animales, las piedras. El ciclo de rozar, sembrar, cuidar, abandonar, reponer, de acuerdo a la antigua tecnología del conuco que les ofrece cultivos mixtos para su subsistencia, yuca, plátanos, maíz, piña y otras frutas. Recolectan frutos y miel, cazan aves y otros tipos de animales, como danta, lapa, báquiro, chigüire, reptiles, entre otros, y pescan utilizando arco, flecha y cerbatana, redes y una técnica muy antigua que se llama ‘barbasco’. Conocen muy bien las palmeras propias de su ambiente, de algunas de ellas utilizan los frutos y tallos en la alimentación, pero de todas aprovechan las fibras para confeccionar su hermosísima artesanía. Conocen los secretos de las plantas medicinales, buenas para el cuerpo y para el alma y son hábiles navegantes y excelentes constructores de curiaras.

Fotografías de Thea Segall
Viven en poblados pequeños y en casas comunales de forma redonda y techo de palma llamadas ‘Ette’, que en su forma y simbología recuerdan el árbol de la vida. En el calor de la intimidad se con-vive, se protege a las familias, se socializa con los hijos, se cocina y come, se juega, se canta y se hace música con flautas, caracoles, pitos y tambores. En la vida cotidiana, las mujeres se ocupan de los conucos, la cosecha, el acarreo de los frutos, la cocina, el hilado, la elaboración de textiles y la atención a los niños; mientras que los hombres se dedican a la caza, pesca, construcción de curiaras, viviendas y objetos ceremoniales.

La cultura ye’kuana está marcada por la existencia de entrañables vínculos entre lo sagrado y lo profano, la realidad y el mito, que, aún en la actualidad, se expresan en todos los órdenes de la vida y muy especialmente en la cestería, que constituye su forma artística más identitaria y acabada. De allí que la elaboración del casabe, pan ancestral de nuestras comunidades amazónicas, no reúne solamente una serie de pasos tecnológicos, sino que encierra una secuencia ritual, según la cual hay papeles claramente especificados. De esta forma, las cestas que se utilizan para la elaboración del casabe son tejidas por los hombres, quienes desde muy temprana edad son formados para tal oficio.

Fotos tomadas del artículo de Charles Brewer Carías para la Fundación Cisneros   |  El Casabe, Thea Segall 
Las cestas ye’kuanas exhiben diferentes diseños que expresan las historias y personajes propios de su cosmovisión a través de tejidos bicolores y multicolores, que pueden ser figurativos como la anaconda, el picure, el báquiro, las ranas, el jaguar o la tortuga, o motivos geométricos que se repiten, jugando con colores como el rojo, negro y la fibra natural.

De allí la pasión y la búsqueda de Ana Palmero Cáceres, quien es sus tres libros “Cuéntame”, “Opuestos” y “Búscame”, nos confiesa que cuando vio por primera vez las cestas, pensó en hacer algún juego con esos dibujos, con sus animales geometrizados. Sus álbumes nos invitan a acercarnos a mitos y animales sagrados, a jugar con personajes de la selva y del sueño como la culebra de agua, el mono, el jaguar o las ranas. A comprender a través de formas y colores la recreación de la vida, con sus opuestos y diferencias.

Vamos Juan Andrés … “Busquemos, ¿donde se metió el tapir?”




Ocarina Castillo D’Imperio Septiembre 2018