viernes, 7 de junio de 2019

Cómo se ilustra un personaje, por Stefano Di Cristofaro


Stefano Di Cristofaro, ilustrador de La Sayona y otros cuentos de espantos y Guachipira va de viaje explica cómo fue su proceso de creación de los personajes en el libro Conejo y Conejo, escrito por Isa Saturno.


Ilustrar Conejo y Conejo fue todo un reto. Para empezar, los personajes se llamaban igual, pero el texto sugería que eran distintos.

… Pero distintos, ¿cómo?

Lo primero que hice fue imaginármelos como un espejo, igualitos, igualitos.



Lo siguiente era encontrar la forma de los personajes. Traté de hacer un dibujo que fuera capaz de tener muchas expresiones. 




De allí partí hacia la diferencia entre Conejo y Conejo. Diferencias “pequeñitas”.



Luego teníamos que encontrar la técnica para esta historia de buenos amigos que se pelean. Hice muchas pruebas.







Finalmente teníamos la línea y técnica para nuestro libro.

Lo único que faltaba ahora era una buena paleta de colores.



¡Y voilá! Aquí están Conejo y Conejo. Ahora sí, ¿puedes encontrar todas las diferencias? 



jueves, 2 de mayo de 2019

Conejo y Conejo: espejos y alteridad


Lo que vemos en el reflejo del espejo, ¿parece ser o es? Martha Riva Palacio Obón, escritora, poeta y especialista mexicana cuya obra ha sido reconocida con el Premio Hispanoamericano de poesía para niños 2014 y el XVI Premio de Literatura Infantil 2011; comparte con nosotros su mirada analítica de la historia y los personajes de Conejo y Conejo.


"Conejo y Conejo son buenos amigos. 

Se conocieron por casualidad 

en un huerto cerca de un río."

En Conejo y Conejo, el texto de Isa Saturno y las ilustraciones de Stefano Di Cristofaro nos introducen en un salón de espejos donde es necesario reajustar constantemente la mirada. El yo se vuelve tú cada vez que cambiamos de página y al final, descubrimos que siempre somos otros. Es un libro que permite varias lecturas, donde la tensión entre lo simétrico y lo asimétrico desempeña un papel determinante.

Conejo y Conejo son exactamente lo que parecen ser y no. 

Ilustración de Mjallhvít (Blancanieves) de los Hermanos Grimm. Islandia, 1852.

En nuestra imaginación, los espejos funcionan como umbrales que nos conducen a la región de las sombras: revelan lo que somos pero de forma diferente. Revelación que, como nos muestran mitos y cuentos de hadas, puede ser tanto bendición como maleficio. En su ensayo sobre lo ominoso, Freud establece un juego de palabras entre lo conocido (heimlich) y lo desconocido (unheimlich); lo conocido de lo (des)conocido. Las similitudes entre Conejo y Conejo resultan ominosas, nos producen cierta sensación de déjà vu. Somos cómplices, gozamos con esos pequeños detalles que trastocan el curso del relato haciéndonos sospechar que están pasando más cosas de las que parece a simple vista. 

Fotograma de The Circus, de Charles Chaplin, 1928.

El otro es también un lienzo en el que proyectamos nuestros impulsos, temores y deseos inconscientes. Nos sentimos simultáneamente fascinados y amenazados por esa mirada ajena que rompe nuestra ilusión de omnipotencia y nos recuerda nuestra propia mortalidad. Por eso es que el poder no tolera discursos que se contraponen al suyo, son un recordatorio de que no se puede saberlo ni controlarlo todo. Conejo y Conejo discuten por las guayabas, juran por las montañas del este y del oeste no volverse a ver. Pero sustraerse de la mirada del otro implica perder el vínculo con el mundo y quedar atrapados en nuestro propio discurso; el hastío de esa historia única que se repite hasta la náusea: 

"Una noche oscura y sin estrellas, 
Conejo se sentó sobre una de las auyamas del huerto. 
Ya no esperaba nada. 

Una noche oscura y sin luna, 
Conejo se sentó sobre una de las auyamas del huerto. 
Tampoco esperaba nada." 

En Las historias de una idea, Marina Garcés nos recuerda que el conocimiento surge a partir del diálogo con lo desconocido: “Cada historia ilumina un sendero dentro de lo que no sabemos al tiempo que amplía los márgenes de lo que nos queda por saber. Cuantas más historias se saben, más historias quedan por escuchar y por contar. Cuantas más ideas se han pensado, más profundo es el no saber que las acoge…” Esas variables extrañas que nos humanizan y liberan. 


"Entonces, Conejo vio a Conejo sentado frente a él 

y abrió mucho los ojos. 


Entonces, Conejo vio a Conejo sentado frente a él 

y no pudo contener una sonrisa." 

Patas cortas, orejas largas, amar o no las cumbias, ser tímido, preocuparse por el imperio de las ratas… La mirada de Conejo es testigo de Conejo, lo complementa, lo trae de vuelta al mundo.

miércoles, 10 de abril de 2019

El arte de Socorro Salinas: paralelismo entre la obra y la vida

Linsabel Noguera, especialista en promoción de lectura, narradora oral, y fundadora de  La rana encantada, nos cuenta su experiencia con Veo veo. El arte de Socorro Salinas.

Socorro Salinas hizo una obra tan viva y simpática que se convirtió en una referencia para nuestros talleres en La rana encantada, por lo que nos entusiasmó la idea de replicar la experiencia en Tres paraguas, librería en Gavá.






El detalle de la vida cotidiana, con sus picardías y ternuras, está tan presente que podemos descubrir personajes muy similares a los que conocemos: la señora que va de compras y pide rebajas, el muchacho cansado de cargar peso que se sienta a descansar, los enamorados que se besan en la plaza, el niño que trata de evitar que su cometa se enrede en una rama y hasta un vecino fisgón que —con binoculares en mano— mira la vida de todos en su vecindario. 

Cada personaje vive en un escenario que guarda similitudes con cualquier barrio en otras ciudades. Así, los niños reconocen las dinámicas en la playa, en el mercado, en la avenida, como si fueran suyas. 


















Eso nos permite establecer relaciones de paralelismo entre la obra y la vida. Relaciones que favorecen el reconocimiento tanto de la propia localidad como del trabajo plástico de Socorro Salinas. Y lo mejor, al ser una artista ingenua su lenguaje está tan cercano al del niño que los estimula a dibujar con libertad y crear sus aproximaciones a la comunidad a la cual pertenecen para contarla desde sus dibujos. 

Disfrutamos juntos del juego que propone Veo veo, de la rima que entre texto e imágenes leemos antes de cada obra presentada y de compartir el hallazgo de detalles fuera de las pistas dadas.


Como mediadores en talleres de ciudadanía, aprovechamos esta empatía con el libro para generar dinámicas que nos ayudan a crear reconocimiento del entorno, sentido de pertenencia y a mirar cómo convivimos todos los que participamos. 

Veo veo. El arte de Socorro Salinas, nos encanta porque presenta la obra de esta extraordinaria artista de una manera lúdica, cálida y con él agradecemos tener un poquito de un museo en casa. 

jueves, 28 de marzo de 2019

Tan lejos, tan cerca: sobre cómo nació Veo, veo. ¿Qué ves?

La colección de libros de arte Veo, veo. ¿Qué ves? invita a explorar imaginarios que muchas veces se dan por sentado porque están en nuestro día a día, presentes y a la vista, pero no siempre se registran en libros de arte ni en los libros para niños y jóvenes. María Francisca Mayobre, editora y directora de Ekaré durante diecinueve años, nos cuenta el desarrollo de esta colección.

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie en "El peligro de la historia única" (Random, 2018) nos cuenta acerca de su proceso creativo y de cómo descubrió su voz autoral:
“Cuando hacia los siete años empecé a escribir cuentos, que ilustraba con lápices de cera, escribía exactamente el mismo tipo de historias que leía: todos mis personajes eran blancos de ojos azules, jugaban en la nieve, comían manzanas, hablaban mucho del tiempo y de lo delicioso que era que saliera el sol. Ahora bien, eso sucedía a pesar de vivir en Nigeria y nunca había salido de allí. Nosotros no teníamos nieve, comíamos mangos y nunca hablábamos del tiempo porque no hacía falta. Lo que esto demuestra, creo yo, es lo impresionables y vulnerables que somos ante una historia, sobre todo de niños. Como solo había leído libros con personajes extranjeros para mí, me había convencido de que los libros, por naturaleza, debían estar protagonizados por niños extranjeros y tratar de cosas con las que no podía identificarme. Todo cambió cuando descubrí los libros africanos.”
Es curioso, o quizás no tanto, que estas palabras de la autora nigeriana me puedan sonar tan familiares, a mí que soy venezolana. Tan lejos, tan cerca: África-Nigeria y América Latina-Venezuela y Colombia. Las similitudes y diferencias entre estos países y continentes son a veces obvias, y a veces no tanto, pero no es el momento de ahondar en eso.

Chimamanda Ngozi Adichie justo comenzaba a leer y a escribir precozmente en los años 80 al mismo tiempo que Ediciones Ekaré se constituía como editorial y comenzaba a publicar sus primeros libros. En la pujante Venezuela petrolera de las décadas de los 70 y 80 las mismas inquietudes que plantea la autora nigeriana en su conferencia fueron un motor para muchos proyectos culturales, entre ellos la línea editorial de Ediciones Ekaré. Mi hermana y yo tuvimos la suerte de crecer con libros de Ekaré y, por ende, desde niñas nuestras referencias textuales y visuales fueron, en cierta medida, venezolanas y latinoamericanas. Margarita, el rey y hasta Jesucristo eran imágenes cercanas y afines en medio de los versos modernistas de Rubén Darío, que desde Nicaragua proyectaba su voz a París.

Los libros de la colección Narraciones Indígenas, con sus leyendas, zamuros, tepuyes, pemones y jaguares se inmortalizaron en los libros de Ekaré, se distribuyeron a nivel masivo primero en Venezuela y después en el resto de América y así pasaron a formar parte de nuestro imaginario. No hay discusión: estos libros, sus historias y sus imágenes han sido transmitidas de generación en generación y, hoy en día, forman parte de nuestro inconsciente colectivo como nación y como región. Se ha logrado una sólida transmisión cultural a partir de ellos y, sin duda, nos han permitido reconocernos en nuestras historias, contarlas y contar a partir de ellas una parte de lo que somos.

Ya de "grande", trabajando como editora de Ediciones Ekaré, me tocó enfrentarme a una extraordinaria crisis en Venezuela, una situación que poco a poco fue mellando todas las áreas. La educación y la cultura no han estado exentas. La creciente conflictividad política y la avasalladora problemática socioeconómica fue corroyendo todo. El equipo de Ekaré del siglo XXI tuvo que hacerse cargo de la resistencia y convertirse en cancerbero de un legado cultural. La economía y la emigración masiva fueron los peores enemigos. Ekaré tuvo el don de la transformación para lograr convertir esas vicisitudes y contradicciones en fortalezas encarnadas en equipos editoriales en España y Chile, así como otros aliados incondicionales en otras ciudades del mundo. La solidez de un catálogo consistente, de gran calidad y con una voz auténtica, así como un equipo temerario y comprometido, lograron consolidar (y, por qué no, salvar) a Ekaré fuera de Venezuela.

Mientras, desde Caracas, partía una nueva diáspora. Muchos de los escritores e ilustradores optaban por irse del país, otros quedaban sujetos a una precaria supervivencia económica que dificultaba e impedía el desarrollo de su trabajo y, más aún, la formación. Ekaré siguió realizando proyectos con aquellos que iban quedando y a la vez buscando nuevas ideas. Entonces, cerca de 2010, volcamos nuestra mirada hacia las artes plásticas.

Primero fueron los libros de la colección Imágenes de mi ciudad, que nos abrieron todo un mundo de posibilidades e imaginarios a partir de las artes plásticas: los grabados de los cronistas, los pintores viajeros, los pintores del Círculo de Bellas Artes, los caricaturistas, los fotógrafos, los artistas renombrados de finales del siglo XX y los pintores naíf o primitivistas desconocidos. Luego, al editar el libro de Gego, Ana Palmero y yo constatamos que a partir de las imágenes de los artistas venezolanos había muchas historias que contar y mirar. Se nos había abierto un camino en torno a un imaginario muy diferente al del arte occidental que estamos tan acostumbrados a encontrar en los libros y las aulas como referencia.

Más por probabilidad que por azar, nos topamos con Socorro Salinas. El trabajo de esta artista autodidacta nos cautivó de inmediato. Cuando la descubrimos ya había fallecido. Solo nos quedaba su obra para elaborar un proyecto.


Queríamos publicar un libro para el catálogo de Ekaré, pero no sabíamos qué vuelta darle. Nos tomó mucho tiempo encontrar un camino. Sabíamos que trabajar con obras de arte supone un esfuerzo titánico: permisos, derechos, herederos, fotografías de alta calidad, acervos, altos costos y limitaciones inherentes a las características y uso de las obras. Felizmente, la obra de Socorro había sido debidamente cuidada, conservada y fotografiada por la directora del Museo de Arte Popular Bárbaro Rivas, Carmen Sofía Leoni, y por la Fundación Bigott, instituciones pilares de la conservación y desarrollo del arte popular en Venezuela. Ambos nos dieron todo su apoyo. Entusiasmados con el proyecto, nos ayudaron con mucho más de lo que hubiésemos soñado.

Luego de muchas vueltas e intentos de consolidar un proyecto editorial, siempre obsesionadas con la mirada y la apreciación de las obras de forma profunda y lúdica, optamos por el juego del veo, veo. Esta aproximación nos facilitaba la excusa para exponer las obras en un libro. Veo, veo era el artificio que nos permitía desarrollar una curaduría coherente en torno a las obras y convertir el libro en un museo ambulante y accesible para muchos. También daba la oportunidad de que el lector-espectador pudiese asomarse a la obra desde su totalidad (tan lejos) hasta atisbar el más mínimo detalle (tan cerca).



Los cuadros de Socorro se exhiben en el libro, desplegados a doble página, antecedidos por unos sencillos versos y pictogramas que nos anticipan lo que vamos a encontrar (o buscar) en las obras. En cada una de esas imágenes también nos encontramos con nosotros mismos, con lo que somos y lo que nos rodea; o en su defecto, reconocemos al otro, viajamos por un país llamado Venezuela descubriendo nuevos imaginarios donde habitan el mesonero guapachoso, los enamorados, la guapetona, la sifrina, el chamito y el cara e’ tabla.

Veo, Veo. El arte de Socorro Salinas tuvo una gran acogida en Venezuela, y sorpresivamente para la editorial, también en España. De lo global a lo local, una vez más nos asombraba. Cuando presentamos el libro en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara la reacción de muchos fue inesperada y sobrecogedora. Todos aquellos que se fascinaban por el libro tenían su propio referente. Todos querían tener su propio Veo, Veo local con su artista entrañable y preferido, y de referentes propios. Han sido muchos los artistas de diversos países que se nos han descubierto a partir de Socorro Salinas. Las dificultades de poder acceder, reunir y reproducir las obras son inmensas. En América Latina muchos de los acervos de artistas plásticos, más aún de pintores populares, todavía deben ser conservados, ordenados y clasificados debidamente. Es una suerte poder reproducir la obra de alguno de estos artistas.

El azar nos llevó a que Catalina Holguín nos contara acerca de varios pintores primitivistas de Colombia. Noe León fue uno de ellos. Investigamos acerca de él y nos dejó absolutamente fascinadas.


La suerte estuvo nuevamente de nuestro lado y nos abrió el camino a su obra. El Banco de la República de Colombia acababa de hacer una imprevista adquisición de la obra de este pintor, así como un importantísimo trabajo de conservaduría, catalogación y registro. Angela María Pérez, Sigrid Castañeda y el equipo del Banco nos facilitaron el camino al libro, y fueron mucho más allá de lo que nos imaginamos. Su ayuda fue inconmensurable. Las obras del pintor Noe León estuvieron listas para una curaduría en papel en torno a un viaje por Barranquilla y Colombia. Un nuevo Veo, Veo para descubrir de lejos y a cabalidad paisajes insondables, los hombres y mujeres que somos retratados con cariño y asertividad y de cerca miles de detalles casi imperceptibles como las cucharas de palo, los mangos, las piñas y las iguanas que conforman nuestra región e identidad.



miércoles, 13 de marzo de 2019

El arte cuenta: un viaje con Noé León


Carolina Lesa Brown, especialista en LIJ, se desempeña en diversas áreas de la comunicación, la creación de contenidos y la edición para el sector editorial e instituciones vinculadas a la infancia. También, es docente y ha colaborado en diversas terapias que incorporan la literatura a tratamientos de niños con necesidades educativas especiales. Es autora del blog Cuando te presento el mundo, donde relata algunas de esas experiencias. En esta ocasión, comparte con nosotros su reseña sobre Un viaje con Noé León.

Pensemos, por un momento, en ese libro capaz de suprimir el tiempo, en esa película con el poder de moldear el corazón, o en esa pintura que obliga a las lágrimas a migrar desde el fondo de nosotros mismos hasta la orilla de los ojos. ¿Podemos decir que hemos estado ahí, dentro de la escena? ¿Cuánto de realidad hay en ese espacio imaginado abierto por la obra? ¿Conmoverse es sinónimo de desplazamiento o tal vez una paradoja de estar sin estar?


Leer Veo Veo. Un viaje con Noé León es cuestionarse la delicada línea entre lo real y la ficción. Las imágenes absorben al lector hasta hacerlo caminar por una maravillosa versión de las costas colombianas. La fuerza de la vida se dibuja en selvas tupidas, pueblos luminosos, colores intensos y una atmósfera inocente donde convive la gente de pueblo con la fauna más autóctona. Cada página, un cuadro; y en cada cuadro, los rasgos más pronunciados de la cultura colombiana se unen a un paisaje único, para crear caminos donde se topan la alegría y la esperanza.

Un viaje con Noé León se sitúa del lado de la infancia. Desde ahí, propone una lectura donde cabe el juego, el arte, el aprendizaje y la diversión. Un pequeño texto recrea la sonoridad de la escena, luego surge la pregunta: Veo veo. ¿Qué ves? Y aparece una cantidad de elementos para buscar y encontrar:

1 capitán de traje blanco
2 pájaros de alas negras
20 flores moradas… 


De lo particular a lo general, del detalle al conjunto; el libro invita a recorrer por diferentes caminos la obra de uno de los artistas naíf más importantes de Latinoamérica. Las preguntas siguen: ¿qué estrecho vínculo existe entre los colores y los números? ¿Qué historias se cuentan en la imagen? ¿Cuántas cosas quedan por descubrir?



En este álbum leer es compartir: con los demás, pues reúne todas las condiciones para una sorprendente lectura en grupo; y con uno mismo, porque sus imágenes permiten perderse para escuchar la propia voz.



Noé León nació en 1907 en Ocaña. Heredero de Henri Rousseau, es el precursor del primitivismo colombiano y uno de los mayores representantes del arte naíf. Este nuevo libro de la colección Veo Veo propone acercar su obra a los niños y niñas, pero va más allá: cada página es un portal hacia una hermosa visión del mundo. Solo falta tomar el libro entre las manos y saltar hacia ella.